Abril Gordienko. 12 enero
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El anuncio de la llegada de las primeras vacunas a Costa Rica fue luz al final del túnel del 2020. Pero es iluso pensar que la vacuna o los tratamientos contra el virus resolverán nuestros problemas.

Para empezar, la inoculación probablemente tomará todo el 2021 y durante ese proceso habrá que lidiar con las nuevas cepas, mucho más contagiosas.

Además, la pandemia desnudó las fortalezas y debilidades de cada sociedad y gobierno del mundo para lidiar con grandes crisis, profundizó los problemas estructurales que ya se arrastraban y puso a prueba el grado de resiliencia de los países, independientemente del sistema de gobierno.

Naciones democráticas como Nueva Zelanda, Uruguay y Taiwán mostraron buena capacidad de gestión, mientras otras, como Estados Unidos y México, fallaron vergonzosamente. Países autoritarios, como China, controlaron la situación bastante bien —en gran medida a costa de las libertades individuales—, mientras otros empeoraron la ya trágica situación de sus pueblos, como Venezuela o Cuba.

Como bien apuntó el reconocido científico William Haseltine, es un desafío no solo para el sistema sanitario, sino también para otras tres áreas fundamentales para la estabilidad y el crecimiento de las naciones: el liderazgo, la gobernanza y la solidaridad social. El balance general en el mundo entero es negativo y la recuperación tomará años.

Diagnóstico. En Costa Rica, la ya frágil situación fiscal y financiera más el impacto multisistémico de la pandemia desbordaron la capacidad de gestión del gobierno, que de por sí daba muestras de desgaste y desorientación al inicio del 2020. La atracción y desarrollo de la inversión extranjera fue prácticamente la única actividad que resistió la crisis del coronavirus, creció y generó miles de empleos.

Hasta ahora, nuestro aparato de salud enfrenta la emergencia con relativo éxito, gracias a la capacidad instalada de la Caja Costarricense de Seguro Social y al excelente personal sanitario, pero en detrimento de la atención primaria, las emergencias, las cirugías, la fundamental intervención que se hace anualmente en las escuelas y otras actividades primordiales.

Esa factura la pagaremos inevitablemente en los próximos años, tal vez hasta con la caída en indicadores de desarrollo humano.

Los graves indicios de presunta corrupción en la compra de mascarillas para el personal de salud exhibió lo peor de nuestra dimensión ética —por dicha los inescrupulosos siguen siendo minoría— y las debilidades arraigadas en el sistema de compras públicas, que son harto conocidas desde hace años, pero no ha habido voluntad política para resolverlas.

Aquello en lo que nos enfocamos determina lo que dejamos de atender, dice Brian McLaren. Es entendible el enfoque concentrado en el aspecto sanitario durante la fase de emergencia de la pandemia. Haberlo mantenido a lo largo de la fase de adaptación produjo efectos multidimensionales de largo impacto. Por ejemplo, se profundizaron las desigualdades: el desempleo femenino se disparó mucho más que el masculino y las mujeres vieron sus días recargados aún más con labores no remuneradas (principalmente debido al cierre de escuelas); por la dispar conectividad y tenencia de tecnología apropiada, los estudiantes de centros privados tuvieron más y mejor acceso a contenidos educativos que los de los públicos; el desempleo y subempleo fueron mayores en las franjas de población menos calificadas y de bajos ingresos; por la caída del turismo, las regiones costeras se empobrecieron más que la región central; las empresas grandes resistieron mejor que las pequeñas, muchas de las cuales cerraron; y así podría seguir enumerando situaciones.

Sin rumbo. La experiencia vivida en el 2020 es lo más parecido a una guerra o a una devastación natural. Como tal, demandaba capacidad de liderazgo adaptativo a cada persona, especialmente, a los jerarcas gubernamentales, así como elevadas dosis de destrezas técnicas y habilidades para amalgamar a la nación en torno al propósito común de resistir la calamidad y seguir adelante, preservando el tejido social y fortaleciendo los vínculos de confianza entre el pueblo y la institucionalidad. Mi percepción es que la administración Alvarado no lo logró.

Entramos al año del bicentenario de la independencia y época preelectoral sin rumbo claro y en situación de grave vulnerabilidad socioeconómica. A la vez, afrontamos la crisis fiscal y la deuda. El gobierno, en conjunto con la sociedad, tiene la monumental tarea de reparar los daños en todas las áreas para ir recuperando la buena calidad de vida. Por lo menos durante este año, el Estado, el sector privado y los segmentos de mayores ingresos deberán mantener las transferencias y esfuerzos solidarios desplegados durante el año pasado.

Por otra parte, Costa Rica debe empezar cuanto antes a cimentar su resiliencia; debemos resetear nuestras prioridades para ser capaces de enfrentar futuras crisis sistémicas, como lo serían otra pandemia o el cambio climático, sin quedar devastados. El reto supera la habilidad, y también el tiempo que queda de este gobierno, por lo que la responsabilidad recae en la nación. Enunciaré algunas áreas que considero preponderantes para transformarnos en una sociedad más resiliente.

En el 2020 adquirimos infinidad de aprendizajes y nuevas capacidades que deben pasar a ser la norma y expandirse. La rápida adaptación que tuvimos que desarrollar debe aprovecharse para mejorar el funcionamiento y evaluar la pertinencia, la eficiencia y eficacia de los entes públicos. En salud es necesario retomar cuanto antes las actividades que fueron suspendidas debido a la atención de la epidemia e invertir en digitalización y telemedicina.

Debemos devolver a la educación su valor como eje central de desarrollo. Regresar a las aulas es parte esencial de la compensación del daño y de la restitución de un derecho humano fundamental, pero no es suficiente. Nuestro sistema educativo requiere una intervención profunda tanto en la forma de organización como en contenidos y en cómo los ofrece. Además, no podemos permitir que el crimen organizado siga captando parte de la población estudiantil. Y, para hoy mismo, debemos invertir urgentemente en alcanzar el 100 % de conectividad y alfabetización digital en centros educativos y hogares.

Problemas de prioritaria resolución. La desigualdad de género debe ser tratada de forma transversal en el sector público y posicionarse como objetivo nacional (ya es uno de los objetivos de desarrollo de la ONU suscritos por el país, pero no ha sido abordado de forma integral). Está probado que las sociedades más equitativas son más resilientes y sus economías crecen a mayor ritmo.

La transformación digital del gobierno debe continuar para expandir la oferta de servicios digitales. Esto debe ir acompañado de la eliminación de trámites ya iniciada. Las alianzas público-privadas son más necesarias que nunca para desarrollo de obra pública y prestación de diversos servicios; debemos dejar atrás los prejuicios ideológicos y crear las condiciones que garanticen su buena ejecución en pos del progreso y la competitividad del país. Es necesario aumentar la exigua inversión en investigación y desarrollo, en conjunto con el sector productivo, para garantizar que la innovación resultante responda a necesidades productivas y sociales reales.

Uno de los mayores retos es mejorar los procesos de toma de decisiones para que sean oportunas, ágiles, pertinentes y que emparejen el desarrollo de las regiones del país. Esto depende de la largamente postergada reforma del Estado, la reorganización de las fuentes de poder dentro de la institucionalidad, la mejora en la coordinación interinstitucional y basar las políticas públicas en datos transparentes y constantemente actualizados.

La Asamblea Legislativa debe adoptar mejores prácticas para que la administración y las elecciones internas no entorpezcan la labor principal del Parlamento, entre otras medidas. Hay que retomar el debate sobre la reforma electoral que permita legislar con visión intertemporal, aprovechar la experiencia y la especialización de los legisladores y mejorar la representación política.

Dejé para el final la que podría ser la más crucial y compleja de las prioridades: restaurar la confianza en las instituciones y la interpersonal (según el Latinobarómetro Costa Rica reporta una de las más bajas tasas de confianza interpersonal del continente).

Los recientes acontecimientos en el Capitolio estadounidense son un ejemplo de lo que sucede cuando se cultivan la desconfianza y la polarización en las sociedades. El riesgo es particularmente peligroso y altamente probable en año preelectoral. La vacuna contra eso no viene en una jeringa. Estamos avisados.

La autora es activista cívica.