Maria Neira. 6 diciembre, 2019

GINEBRA– Las mismas emisiones que causan el calentamiento global son, en gran medida, responsables de contaminar el aire que respiramos, lo cual genera enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, cáncer de pulmón, infecciones y daños a los órganos del cuerpo.

La contaminación del aire es el nuevo tabaco, y causa tantas muertes como los cigarrillos. Aunque es una amenaza para todos, el mayor riesgo es para los niños, los ancianos, las mujeres embarazadas y los adultos cuyo sistema inmunitario se ha debilitado.

Ya es bien sabido que el tabaquismo es el responsable de graves daños al fumador y a quienes lo rodean. Por eso, la publicidad de la industria del tabaco y su influencia sobre las autoridades están estrictamente reguladas en el mundo, y se han tomado medidas para proteger las políticas sanitarias y obligar a las empresas productoras a decir la verdad: el producto que venden mata.

Pero nuestra respuesta a la contaminación del aire y el cambio climático derivados de los combustibles fósiles, aunque son igualmente letales, no es la misma.

¿Dónde están las políticas para impedir presiones de la industria de los combustibles fósiles a los Gobiernos o para poner fin a los $370.000 millones en subsidios que se regalan cada año a empresas del carbón, el gas y el petróleo? ¿Por qué seguimos pagando por un producto que nos mata?

Abandonar los combustibles fósiles. Igual que la fuerte respuesta mundial al tabaco, el abandono del nocivo uso de combustibles fósiles demanda intensificar las intervenciones políticas actuales y los esfuerzos de movilización social.

Felizmente, algunos organismos financieros multilaterales ya se dieron cuenta de la oportunidad implícita en ese cambio.

Hace poco, el Banco Europeo de Inversiones anunció que dejará de financiar proyectos de explotación de combustibles fósiles sin reducción de daños ambientales y que usará su posición para canalizar capitales públicos y privados hacia las energías renovables.

La elección entre abandonar los combustibles fósiles o continuar por la senda actual es clarísima: es una cuestión de vida o muerte. Se trata de decidir entre depurar el aire y proveer fuentes de energía limpias para evitar 7 millones de muertes prematuras al año o no hacerlo; entre evitar 4 millones de casos de asma infantil al año derivados del humo de los motores o no hacerlo.

En cualquier caso, la salud durante la vida de un niño que nazca hoy resultará profundamente afectada por las decisiones que tomemos en relación con el cambio climático ahora y en los próximos años. Por eso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) adoptó el cambio climático como una prioridad institucional de primer nivel.

Mantener el planeta habitable. También debe ser prioridad para las empresas, los Gobiernos y los organismos multilaterales. Mantener la cuestión bien alta en la agenda creará la motivación necesaria para tomar decisiones difíciles.

Actuar ahora para reducir las emisiones de dióxido de carbono y limitar el calentamiento global a no más de 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales no solo es necesario para que el planeta siga siendo habitable para las generaciones futuras; también salvará, cuando menos, un millón de vidas al año, según cálculos de la OMS.

Además, en países como Estados Unidos y el Reino Unido, eliminar la contaminación del aire le ahorrará a la economía costos sanitarios por un valor del 4 % del PIB al año.

En China y la India, los beneficios sanitarios de reducir las emisiones lo bastante para limitar el calentamiento global a 1,5 °C alcanzan para compensar el costo. Asimismo, transformar los sistemas de alimentación y transporte salvará todavía más vidas, al hacer posible una dieta más sana y alentar más actividad física, conjuntamente con la depuración del aire y la estabilización del clima.

El derecho humano a una vida sana y a un futuro sostenible genera cada vez más demandas legales para obligar a los funcionarios que no lo promueven a rendir cuentas. Por ejemplo, en Francia, un tribunal determinó que el gobierno no había hecho suficientes esfuerzos para reducir la contaminación del aire en los alrededores de París; por la misma razón, residentes de Yakarta, en Indonesia, también emprendieron acciones legales contra las autoridades.

Compromiso inicial. En la Asamblea General de las Naciones Unidas de este año, muchos Gobiernos respondieron el pedido de la OMS de “una calidad del aire que sea segura para la ciudadanía y compatibilizar las políticas referidas al cambio climático y a la contaminación del aire de aquí a 2030”.

Es un primer paso alentador. Ahora es necesario que los países con la mayor carga sanitaria derivada de la contaminación del aire comiencen a abandonar el uso de sus fuentes de energía más contaminantes.

La OMS seguirá promoviendo la lucha y colaborará con otros actores que trabajan por lo mismo. Hoy, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25) en Madrid, la OMS y la Alianza Mundial para el Clima y la Salud celebrarán una cumbre de un día sobre el clima y la salud, donde representantes de la sociedad civil, del sector sanitario y de todas las partes interesadas podrán manifestar la trascendencia de esta cuestión crítica.

Como la contaminación que lo causa, el cambio climático no respeta fronteras nacionales ni reserva sus efectos a los que contaminan. Por el contrario, un aspecto fundamental de la crisis climática es la desigualdad: los que menos responsabilidad tienen por el problema (niños, comunidades desfavorecidas y el sur global) soportan una cuota desproporcionada de la carga sanitaria.

Un nuevo estudio mundial de la OMS muestra que muchos países están muy expuestos, son vulnerables y carecen de apoyo para enfrentar los riesgos sanitarios del cambio climático y de la contaminación del aire.

Ayuda para los afectados. Evidentemente necesitamos una respuesta internacional y justa a la presión creciente sobre la salud pública. Las acciones futuras deben reflejar los costos reales de la economía basada en combustibles fósiles y dar ayuda a los más afectados.

Para lograrlo, es necesario que los firmantes del Acuerdo de París se comprometan a intensificar sus planes nacionales de acción climática de aquí al 2020. También es urgente crear mecanismos eficaces para la protección de los más vulnerables y ayudar a las comunidades a adaptarse a las realidades del cambio climático.

La salud debe ser un aspecto central en nuestros compromisos conforme al Acuerdo de París. La contaminación que nos asfixia y calienta el planeta lleva generaciones acumulándose. No podemos darnos el lujo de tardar tanto para arreglar el problema.

María Neira: directora del Departamento de Salud Pública, Medio Ambiente y Determinantes Sociales de la Salud en la Organización Mundial de la Salud.

© Project Syndicate 1995–2019