Columnistas

Página quince: Gregarismo

Me temo que estamos asistiendo a un proceso de desmaquinización de la máquina como en este cuento

¡Cuán gregarios nos hemos hecho los teléfonos celulares! ¡Más, mucho más de lo que jamás lo fueron los seres humanos, ahora reducidos al rango ontológico de adminículos electrónicos!

Fue lo que comprobé ayer, cuando abordé el metro, en la estación Steve Jobs, ubicada en la explanada de Notre Dame. A decir verdad, muchos propusieron que el agujero fuese practicado en el crucero mismo del templo y la efigie del mecánico, convertida en imago Christi, recibiese a los feligreses en el lugar reservado desde hace 800 años al Redentor.

Pero ustedes saben, nunca faltan fundamentalistas que objeten este tipo de decisiones. Así que la estación se cavó en la plaza, fuera de la catedral. En lugar del monumento a Carlomagno, aparece en cambio el estadounidense, en t-shirt, chancletas, comiéndose una hamburguesa, apretando botones, ajustando tuercas, una cocacola en la mano, los anteojitos icónicos de la genialidad, todo ello en un garaje desvencijado, en sórdida barriada de Los Ángeles.

Sin embargo, lo que si se logró fue integrar un imponente altorrelieve de Jobs en el segundo registro de la puerta central (El juicio final) de Notre Dame.

En él, de izquierda a derecha, los bienaventurados mirando a Steve, al arcángel san Miguel afanado pesando almas (psicostasis) junto con dos demonios que tratan de inclinar la balanza a su favor.

Los condenados, lejos de la mirada libertadora de Jobs y atados por cadenas, son empujados por otros endriagos al fondo del averno. La sustitución de Cristo por Stevie no fue, en este caso, juzgada herética. Desde su canonización reciente, muchas catedrales lo incluyeron en sus pórticos, transeptos y rosetones.

Perpetuación de vicios. Pues fue al entrar al metro, en esta novel estación, que se me hizo evidente el aborregamiento que nosotros, modernos celulares, hemos desarrollado de un tiempo acá, siguiendo en ello la proclividad de nuestros antecesores, los humanos. ¡Eran tan adocenados, los pobres! ¡Siempre propendiendo a formar masa, tumulto, a filiarse en grupos antagónicos! Pero es con tristeza que debemos admitirlo: como herederos de su pesado bagaje psicológico, nosotros no hemos hecho otra cosa que perpetuar sus vicios.

Tan pronto entré al vagón, percibí la tensión del ambiente. Se cortaba en el aire. En la parte posterior del vehículo se habían sentado todos los Nokias. Charlaban acaloradamente, como para avasallar a los demás pasajeros, el Nokia Lumia 2520, el Nokia Lumia 1520 y, apenas un poco más circunspectos, el Nokia Asha 503 y el Nokia Asha 506 Dual SIM.

No siento aversión por los grupos bulliciosos —todos, salvo los penitentes, lo son—. Lo que me molestó fue ver a qué punto hemos desarrollado la manía de llevar siempre con nosotros, como si de parte de nuestra anatomía se tratase, pequeños seres humanos, que manipulamos y toqueteamos sin cesar.

En lugar de las magnificentes máquinas que somos, cada uno estaba ahí, enfrascado en su personita, en su marioneta miniatura, apretándola por aquí, apretándola por allá, extrayendo de ella toda suerte de sonsonetes y retintines. Por poco obsceno, pensé. Indigno de una tecnología tan visionaria y sofisticada. Atavismos barbáricos que con el tiempo dejaremos atrás, espero.

Hacia el centro del vagón, apretados en compacto bloque metálico, iban los pasajeros Samsung. ¡Tal promiscuidad! ¿No conviene respetar el perímetro de privacidad a que cada máquina en este mundo tiene derecho?

Como para distinguirse de los bullangueros Nokia, cuchicheaban, mirando recelosos en torno a sí, el Samsung Galaxy Grand 2, el Samsung Galaxy Light, el Samsung Galaxy Star Pro, el Samsung Ch@333, el Samsung Galaxy Gravity Q T228, el Galaxy Tab de 8 pulgadas (ligeramente intimidado por su compañero, el modelo de 10 pulgadas), el glamoroso Samsung Fame, inquisitivo y territorial el Samsung Galaxy Camera, una Samsung Galaxy Appeal y el Samsung Rex.

Curiosamente, los miembros de este clan intentaban por todos los medios no cruzar miradas con los Nokias. Su conversación era más discreta, sus maneras más estudiadas, su actitud general mucho menos expansiva. Otro rasgo identitario: usaban seres humanos bastante más sofisticados, modelos que sugerían inequívocamente un nivel social superior.

Más adelante, torvos, sufriendo en silencio su evidente complejo de inferioridad, un grupo de Alcatel guardaba silencio. El Alcatel 602, el Alcatel 506 y una Alcatel 355 se permitía incluso operar su ser humano discretamente, disimulando, eso sí, la rusticidad del animalito.

Únicamente el Alcatel One Touch 4010 T Pop asumía aires de ciudadano de primera clase. Era un rasgo que rubricaba blandiendo su ser humano en el aire, jugueteando con él, haciéndolo girar en sus manos, tirándolo a veces hacia arriba para atraparlo luego mientras silbaba, con absoluto donaire, una tonadilla que me resultó familiar.

Era el “Benedictus” de la Missa solemnis de Beethoven, en versión user friendly de Steve Jobs, con pititos y campanitas… Ustedes saben, música obsoleta, frívola, que resultaría ofensiva aun en un burdel. No sé qué pasa con nosotros, teléfonos celulares, urge emanciparse de estos deplorables remanentes humanos. Ce sera vite fait: cuestión de un par de generaciones y este tipo de profanidades no se escucharán nunca más.

Estereotipos supervivientes. Finalmente, en la parte delantera del vagón, aglutinados de manera democrática y, al parecer, libres de todo prejuicio clasista, platicaban los Apple, Sony, Huawei, los nativos Orange —que a pesar de su autóctona prosapia se habían resignado a ser desplazados por los forasteros—, los Sony Ericsson, los Zte y —nunca falta algún arrogante— un 2Te Grand X in y un LG 410 Optimus L9 II, cuyas poses de aristócratas francamente disonaban en aquel plebeyo entorno.

Pero ¿por quiénes se tomaban? ¡Que se compren una limusina, si tan encumbrados se creen! Como era previsible, estos dos ostentaban seres humanos absolutamente estilizados, domesticados y primorosos como caniches. Dóciles, serviles, a los pies de sus amos, no osaban siquiera mover el rabo, si no era al comando de sus usuarios.

Luego, el sexismo, que la máquina no logró purgar de su sistema hasta que la herencia humana no terminara de disiparse. Así, las Black Berry Curve llenas de sinuosidades, con sus seres humanos de colores encendidos y formas sugerentes; los Black Berry Storm, musculosos y tatuados; los Black Berry Bold, afectando el enigmático laconismo de James Bond —viejo mito humano de erradicación particularmente difícil—, la Black Berry Pearl, entornando los ojos y debidamente enjoyada; por ahí el Black Berry Porsche, pretendiéndose diferente de los demás por el mero hecho de usar un ser humano ligeramente más voluminoso y chillón que el de los demás pasajeros.

Urge refinar esos seres humanos… ¡Por el amor de Dios, son de un mal gusto ofensivo! El handy pocket-human being es aquello a lo que todos debemos aspirar. Minúsculo, con cuerpitos hechos para máquinas que realmente sepan reconocer la excelencia y expresarla en sus personas portátiles.

Salí en la estación Bill Gates, allá por la Sainte-Chapelle, derruida recientemente y reconstruida, según el estilo conocido como kitsch californiano, para acoger el sagrado corazón de Steve Jobs. La víscera yace dentro de una urna de plástico rosa, al pie de una efigie amarilla de Ronald McDonald. Es curioso, nosotros, machina erectus, seguimos experimentando inquietudes religiosas ancestrales que no nos sientan bien.

Me aboqué a escribir este cuento porque temo que estemos asistiendo a un proceso de desmaquinización de la máquina. De seguir así, degeneraran en meros seres humanos.

jacqsagot@gmail.com

El autor es pianista y escritor.