Amalia Chaverri. 7 diciembre, 2019

Con el título El año de la ira y el subtítulo “Ensayo sobre un crimen”, Carlos Cortés ofrece al público una exhaustiva saga sobre los acontecimientos que rodearon el asesinato de Joaquín Tinoco. Se trata de una tarea de titanes, pues fueron cinco años de investigaciones, de lo cual se percatarán los lectores.

El título y el subtítulo, como elementos para un primer acercamiento al texto, se complementan. Además, la obra le hace honor a una de las características del género ensayístico: la calidad literaria, prueba fehaciente del compromiso del escritor con la escritura.

Lo siguiente que recibe el lector son cuatro epígrafes. Estos elementos son intermediarios e introductorios y se manifiestan en dos formas: la más directa es la que establece una relación con el título principal en un afán de esclarecerlo o justificarlo; la otra implica adelantar un comentario congruente con la propuesta textual.

De los cuatro epígrafes, que cumplen con lo expuesto y que hablan por sí solos, rescato el del siempre certero Jorge Luis Borges: “Así habrán ocurrido los hechos, aunque de un modo más complejo; así puedo soñar que ocurrieron”; y el de Federico Tinoco (1928): “Sépase, pues, que no solo no lamento el pasado, sino que si tuviera que recorrer nuevamente el camino no trataría de variarlo un ápice”.

Detalles. Continúan otros dos textos introductorios. Bajo el subtítulo Dramatis personae, ofrece un listado de los involucrados en la historia, con datos sobre la función de cada uno dentro de la historia. Algunos ejemplos: el círculo íntimo de los Tinoco, los presuntos asesinos, los esbirros, los políticos de turno, los testigos, etc. Terminan los textos introductorios con una esclarecedora cronología que va de 1914 a 1975.

Al inicio del texto, surge la pregunta “¿Quién mató a Joaquín Tinoco?”, la cual introduce el móvil de la acción y se repetirá en varias ocasiones.

De ahí en adelante, desfilarán ante los lectores las fechas, el día tras día, el paso a paso, el hora a hora e, incluso, el minuto a minuto —no exagero— de la cadena de acontecimientos que van construyendo la historia.

Detallados con sobrado rigor, se conocerán en todo momento conspiraciones, sobornos, traiciones, intervenciones, artilugios, desparpajos, envidias, odios, duelos, espionajes, canibalismo, todo lo cual colmó aquellos tiempos muy lamentables para unos, tormentosos para otros y en extremo violentos para muchos.

Novela histórica. El texto también detalla, con ironía, sobre costumbres de la vida doméstica y cotidiana, del diario vivir: desaires amorosos, celos, vestimentas, uniformes, casacas, botas federicas, peinados, espadas, comidas, chismografías. No podían faltar las descripciones macabras de crímenes, muertes, cadáveres y demás.

El texto se cierra con unas fotografías de las honras fúnebres de Joaquín, tomadas por Gómez Miralles, reconocido fotógrafo de la época.

Para concluir, retomo los postulados del teórico Noé Jitrik (1995) sobre las características del género de la novela histórica. Estamos ante lo que él define como novela histórica arqueológica, es decir, “el intento estético de hacerse cargo de documentación histórica alejada en el tiempo y desde los medios en que se dispone de ese momento alejado”.

Está claro que el escritor sintió la necesidad de sacar a la luz un conocimiento incompleto, muchas veces olvidado, de nuestra historia.

Mucho más se podría añadir. No cabe duda de que El año de la ira será de interés tanto para historiadores como para lectores entusiastas por los temas históricos. Su lectura los hará incursionar, tal y como lo expresé, en momentos lamentables, tormentosos y violentos de la historia nacional.

La autora es filóloga.