Columnistas

Orgullosos de Adam Smith

No puede uno más que reconocer la visión de este profesor escocés que hace unos 250 años supo leer su entorno

Mi amigo Xavier Zavala, entonces director de la editorial Libro Libre, me pidió hace más de tres décadas una selección de lo que serían los principales pasajes de dos libros de Adam Smith, liberal escocés considerado el padre de la economía, Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, el más conocido y publicado en 1776, y La teoría de los sentimientos morales, escrito antes.

El primero describe lo que la gente en efecto hace y el segundo, lo que debería hacer. Si Smith, que entre otras labores se desempeñó como profesor de Filosofía y Moral en la Universidad de Glasgow, cátedra que incluía ética, teología natural, jurisprudencia y política, solo hubiera escrito el segundo libro, también habría pasado a la historia.

Atendí el encargo y en 1988 la editorial publicó el trabajo, bajo el nombre Adam Smith: de economía y moral, en el que mi aporte fue la selección de pasajes y la producción de un prólogo que unió en lo posible todo lo tratado.

Obtención de utilidad. «No es de la benevolencia del carnicero, del vinatero ni del panadero, de quien esperamos y debemos esperar nuestro alimento, sino de sus miras al interés propio», escribió Smith.

En efecto, el empresario al producir no busca llenar sentidas necesidades sociales (como dicen los enunciados de «la misión» de muchas empresas), sino obtener una utilidad. Si de satisfacer necesidades se tratara, los mercados meta serían Níger o Haití, no Alemania o Estados Unidos.

«Rara vez se verán juntarse los de una misma profesión u oficio, aunque sea con motivo de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y sus conversaciones en alguna combinación y concierto contra el beneficio común, conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías». Smith era consciente del interés de las cámaras y de los sindicatos.

Pero, como el que más, defendió el sistema de libre empresa, porque en él «ninguno se propone originariamente promover el interés público, y acaso ni conoce siquiera cómo lo fomenta cuando no abriga tal propósito. Cuando actúa solo busca su propia ganancia; pero en este y en muchos otros casos es conducido, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte de su intención (…). Siguiendo cada particular por un camino justo y bien dirigido, las miras de su propio interés, promueve el común con más eficacia, a veces, que cuando intenta promoverlo directamente». Y agrega, para rematar, que «no son muchas las cosas buenas que vemos ejecutadas por aquellos que presuponen de obrar solamente por el bien público».

Cuando hoy nos enteramos de la investigación contra grandes empresarios locales para determinar si habrían olvidado seguir «un camino justo» y no habrían tenido reparo en «levantar los precios de sus artefactos o mercancías» y que presuntamente con la colaboración de algunos empleados de gobierno que están llamados a «obrar solamente por el bien público» pudo ser posible lograr su propósito, no puede uno más que reconocer la visión de Smith al analizar, hace unos 250 años, lo que ocurría en su entorno.

No todos los servidores públicos ni todos los empresarios son corruptos. Al contrario, la mayoría no lo es, pero basta con que un pequeño grupo lo sea para que se produzcan grandes daños.

Admiración por unos y desprecio por otros. La búsqueda de dinero por cualquier medio, no solo por caminos justos, es mala consejera. «La disposición a admirar, y casi a adorar, al rico y al poderoso, y a despreciar, o al menos menospreciar a las personas pobres y de medios limitados (…) es la mayor causa de corrupción de los valores morales», escribió, en 1759, Smith, en su Teoría de los sentimientos morales.

Los liberales (y los neoliberales) no defendemos a la empresa privada como tal. No. Lo que defendemos, por el bien que procura a la sociedad, es el sistema de libre empresa, que implica máxima competencia entre los actores y comportamiento responsable y justo de ellos. La búsqueda de plata por cualquier vía no forma parte de nuestra propuesta.

Con Smith, podemos decir que quien busca la riqueza material siguiendo caminos indebidos «le hace la corte a todo el mundo, sirve a los que odia y es obsequioso con los que desprecia. Durante toda su vida persigue la idea de una holgura artificiosa y galana, que quizá jamás logre, y por lo que sacrifica una tranquilidad verdadera que en todo tiempo está a su alcance».

Las personas reflexivas notarán que a fin de cuentas «las riquezas y los honores son meras chucherías de frívola utilidad (…) que los defienden del chubasco veraniego, no de la borrasca invernal; pero que en todo tiempo lo dejan igualmente y a veces más expuesto que antes, a la ansiedad, al temor y al infortunio». Los liberales no podíamos estar más orgullosos de Adam Smith.

tvargasm@yahoo.com

El autor es economista.