Los lectores acuciosos avanzan despacio en sus lecturas y de vez en cuando se detienen sobre una frase como sobre un obstáculo que hay que superar para seguir, con la misma incertidumbre de los caracoles cuando se desplazan por la arena de la playa.
A esa clase de lectores no les pasará inadvertida esta frase, que se habrá perdido para los demás en el fárrago de un libro: “Era esa hora de la noche en que la muerte entra en el mundo…”.
¿A qué se refiere el escritor, por qué la emplea? Hay varias posibilidades, pero todas quedan en manos del lector porque el contexto no lo precisa. De hecho, me parece que la frase no viene al caso. Pero se trata de una manera de expresar una idea que quizá distrajo al autor cuando se le vino a la cabeza, aunque poco o nada tuviera que ver con el relato. Desecharla por inatinente era un desperdicio. Lo curioso es que a mí la frase me robó el libro, al punto que no he podido pensar en otra cosa.
La relación entre la muerte y la noche, entre la oscuridad y lo inefable, tiene –que yo sepa– una larga tradición que se manifiesta de muchas maneras. Son fenómenos y categorías que pertenecen al ámbito de lo invisible, de lo indescifrable, de lo inexplicable, un espacio que se ilustra, por ejemplo, con lo que alguien decía de los relatos sobre gigantes, que surgieron cuando los primeros humanos que moraron en cuevas profundas descubrieron osamentas de grandes animales desaparecidos.
La erradicación de las sombras, la sustitución de la oscuridad por la luz, que es un fenómeno más bien moderno, nos ha alejado paulatinamente de esa ambigua relación. Pero todavía prevalece y es útil en otros campos, como he oído que sucede con ciertas operaciones de la guerra, que es mejor practicarlas con la complicidad de la noche, a la hora en que se logra más eficazmente que la muerte entre en el mundo.
En fin, la guerra. Con qué desaprensión y crueldad se habla hoy día de la guerra. En ocasiones, la frivolidad de salón del lenguaje llega hasta a hacer chiste de ella. Como el que decía preferir la guerra civil a otras clases de guerra, porque aquella le permitía ir cada día a comer a casa.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
