Cuando afirmo el retorno al estado natural de la guerra, lo digo en un triple sentido: fáctico, normativo y ético. El fáctico es claro: hoy recrudecen los ataques de un Estado a otro con el cual hay nominalmente paz y los conflictos entre Estados y actores no estatales. En el plano normativo, el conflicto armado es visto por las potencias cada vez no como una última instancia, luego de haber agotado otras opciones, sino como una más de las herramientas legítimas a disposición para ser usada cuando les rasque.
Adicionalmente, se ha ido reinstalando una ética alrededor de la guerra como un acto virtuoso o, cuando menos, uno necesario, inevitable. En el primer caso, la acumulación de más poder por parte de un poderoso, mediante la guerra u otros medios, es parte de lo que debe hacer. Se trataría de un comportamiento prudente y justo, habida cuenta de su posición dominante. En el segundo caso, al poderoso no le queda más que ejercer su poder, incluso despiadadamente, porque de lo contrario otros podrían interpretar su cautela como indecisión y debilidad.
Veo todo esto como un gran retroceso histórico y una tragedia. Vivo en un pequeño país que hizo de la paz el fundamento de su convivencia social. Abolimos el ejército como institución permanente hace casi ochenta años e hicimos de la paz, el desarme, la cooperación internacional y el desarrollo nuestros pilares de política exterior. Hoy estamos, pues, en el lado equivocado de la tormenta. Y, por supuesto, no descarto que voces internas pidan, envalentonadas por los vientos que corren, que sumemos el país a la locura. Pues no y no. Mientras haya un rayo de esperanza por hacer de la paz el “estado natural” de las relaciones internacionales, hagamos oír nuestra voz, busquemos alianzas, no dejemos botados los ámbitos en los que la cooperación sigue. Sobre todo, no renunciemos a nuestra identidad.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.