Columnistas

Nicaragua es el reino del silencio

Las palabras y la imaginación fueron declaradas subversivas en Nicaragua

Uno de estos días me encontré en Madrid con el joven músico nicaragüense Jandir Rodríguez, cuya canción Héroes de abril se volvió un verdadero himno en contra de la represión que tantos muertos, encarcelados y exiliados produjo a partir del 2018, hace ya cuatro años.

Esa canción, que se volvió viral en las redes, fue el motivo para que ahora se encuentre desterrado, como tantos otros músicos, compositores e intérpretes, que ahora mismo están siendo obligados a dejar su país por la fuerza después de ser llevados a la cárcel, y sus casas y estudios de grabación son allanados y sus instrumentos musicales, confiscados, como armas de alta potencia letal.

La música se encuentra bajo implacable persecución en Nicaragua, bajo el designio de someter al país al más absoluto silencio. Un silencio donde solo se oiga la voz oficial en los altoparlantes.

Los artistas que figuran en la lista negra tienen prohibición de actuar en público, y los dueños de los locales, donde usualmente se presentan —bares, restaurantes, lugares de diversión—, han sido amenazados con el cierre si los dejan ocupar los escenarios.

Jandir me cuenta la historia de su exilio, las vicisitudes que tuvo que pasar para eludir la persecución policial, cómo tuvo que huir de Nicaragua hacia Guatemala, donde grabó su último disco, que se llama Volar, y como ahora busca la manera de quedarse en España.

Estudiaba cuarto año de medicina en Nicaragua, pero en la Universidad Nacional las autoridades académicas, fieles a la dictadura, hicieron desaparecer su expediente académico, de manera que ya no pudo continuar su carrera.

La semana pasada, en una comparecencia en la Universidad Loyola en Sevilla, antes de que yo empezara a hablar, pasó al estrado un adolescente, estudiante de violín en la escuela oficial de música en Managua, para interpretar unas piezas de Carlos Mejía Godoy.

Y luego me contó su historia. Su hermana, que estudia ahora en Sevilla, huyó del país después de la represión del mes de abril hace cuatro años, y al muchacho, debido a este vínculo familiar, le hicieron la vida imposible en la escuela. Ahora ha sido acogido en un conservatorio en España.

La revolución de los años ochenta en Nicaragua no se explicaría sin Ernesto Cardenal, que le dio una voz profética con su poesía, y sin Carlos, quien le puso la banda sonora. Ambos le dieron relieve mundial a aquella gesta.

Hoy Ernesto está muerto, y su funeral se convirtió en el peor de los escarnios contra su memoria, cuando las turbas oficialistas asaltaron a gritos la misa de cuerpo presente que se celebraba en la catedral de Managua; y para que se sepa que la venganza contra él no ha terminado, la Asamblea Nacional, obediente a los designios de la dictadura, ha cancelado hace unos días la personería jurídica de la Asociación para el Desarrollo de Solentiname, que amparaba la comunidad fundada por él en 1982, en el archipiélago del Gran Lago de Nicaragua.

Carlos vive en el exilio en California, y sus canciones han sido confiscadas, pues las usan en los actos oficiales de la dictadura en contra de su voluntad, y de sus derechos como autor, mientras él atraviesa a diario grandes dificultades para sobrevivir lejos de Nicaragua, alcanzado por la edad y por las penurias.

Lo mismo pasa con su hermano, Luis Enrique Mejía Godoy, otro músico de los grandes en la historia del país, quien vive ahora exiliado en Costa Rica. Los Mejía Godoy, un clan numeroso, son todos músicos, creativos y diversos. Uno de ellos, Luis Enrique el Salsero, que vive en Miami, ha sido cuatro veces ganador de los Premios Grammy.

Días atrás, Carlos Luis Mejía, uno de los hijos de Carlos, fundador de La Cuneta Sound Machine, venía en viaje de regreso a Nicaragua desde Estados Unidos, y cuando hizo escala en San Salvador la compañía aérea le notificó que, por órdenes de las autoridades en Managua, no podía embarcar. Lo dejaron también en el exilio.

Monroy & Surmenage es una banda de rock alternativo, que este abril celebró sus quince años de haber sido fundada con un concierto, en el que participaron más de cuarenta músicos.

El director de la banda, Josué Monroy, estrenó esa noche una canción en recuerdo de los jóvenes caídos bajo las balas en aquel otro abril, y al día siguiente la policía rompió los portones de su casa y se lo llevó preso, al mismo tiempo que eran capturados también Salvador Espinoza y Xóchitl Tapia, dueños de SaXo Producciones, organizadores del concierto, y Leonardo Canales, otro productor.

Todos ellos, tras ser interrogados durante días y noches, fueron expulsados del país, no importa que la Constitución prohíba obligar a un ciudadano nicaragüense a salir por la fuerza de su país.

Les dijeron que si sus familiares presentaban los boletos aéreos serían llevados directamente al aeropuerto. Si no, serían procesados por lavado de dinero. También fue expulsada la cantautora Emilia Arienti, de nacionalidad italiana.

En la narrativa oficial, paralela a la realidad y que se busca imponer por medio del silencio, la despiadada represión de abril del 2018 nunca existió, ni existieron los más de trescientos muertos caídos bajo las balas de los paramilitares. Cualquiera que contradiga este discurso es reo por traición a la patria o es acusado de lavado de dinero.

Me he despedido de Jandir, que partía esa noche en tren hacia Barcelona con su guitarra en bandolera. Ha sido el encuentro entre un músico y un novelista, los dos en el exilio porque somos parte de la conspiración de las palabras.

Novelistas, poetas, compositores, todos a rodar fortuna lejos de las fronteras porque no tienen cabida en el país del silencio, donde las palabras y la imaginación han sido declaradas subversivas.

Un silencio que nos permitirá un día, tomando prestadas las palabras de la poeta, también en el exilio en España, Gioconda Belli, escuchar los pasos del tirano que se marcha.

El autor es escritor.

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