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¿Necesita Occidente a los autócratas para combatir a Putin?

Si vamos a transigir moralmente con actores malvados, debemos centrarnos en las negociaciones que puedan solucionar la crisis más que en acuerdos paralelos que crearán problemas en el futuro

En su apuro por contrarrestar el revanchismo asesino del presidente ruso, Vladímir Putin, los líderes de Occidente parecen cada vez más dispuestos a llegar a acuerdos faustianos con otros regímenes autoritarios.

Así, el 16 de marzo, el primer ministro británico, Boris Johnson, viajó a Arabia Saudita para reunirse con su gobernante de facto, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán, convirtiéndose así en uno de los pocos líderes occidentales que lo hicieron desde el truculento asesinato del periodista saudita Jamal Khashoggi en el 2018.

Centrado en la búsqueda de alternativas al petróleo ruso, el viaje de Johnson se pareció a otro que realizó previamente uno de los principales funcionarios latinoamericanos del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU., Juan González, quien visitó Venezuela para mantener conversaciones con el régimen de Nicolás Maduro.

EE. UU. también dio su bendición a Turquía —miembro de la OTAN con un pésimo historial democrático— mientras ese país actúa como mediador en las conversaciones entre Ucrania y Rusia.

Lo más alarmante ha sido la predisposición de la Unión Europea y la OTAN a otorgar un papel desmedido al gobierno iliberal de Polonia. El líder de facto de Polonia, Jaroslaw Kaczynski —líder del partido Ley y Justicia (PiS, por sus siglas en polonés)—, apareció recientemente en los titulares mundiales como parte de una delegación de líderes gubernamentales de Polonia, la República Checa y Eslovenia que viajaron a la devastada ciudad de Kiev, y su “valiente gesto” fue alabado por la prensa occidental.

Sin embargo, ver a Kaczynski pronunciarse a favor de una democracia occidental resulta surrealista. Este es un hombre que durante toda su vida política, desde 1989, combatió el orden democrático europeo.

En los últimos siete años, su gobierno transformó a Polonia de una de las democracias vanguardistas de Europa Central y Oriental en uno de los países que “más rápidamente adoptaron la autocracia” en el mundo.

Esta nueva dependencia occidental de Polonia nos recuerda inquietantemente la dependencia de Turquía durante la crisis de refugiados del 2015. Al igual que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, que aceptó evitar que los refugiados sirios viajaran a Europa a cambio de una asistencia financiera de 6.000 millones de euros ($6.600 millones), Kaczynski se convirtió en el último autócrata de Occidente a cargo de arreglar las cosas.

El motivo subyacente es el mismo: la irreconciliable contradicción entre la retórica de Occidente, basada en principios, y lo que está dispuesto a hacer.

En el 2015, la paciencia de los europeos para recibir a quienes buscaban asilo se estaba agotando, pero el claro lenguaje de la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados los obligaba a aceptar a todos los que “enfrentaran graves amenazas a su vida o libertad”.

El acuerdo con Turquía pareció solucionar el enredo. En vez de desobedecer abiertamente la Convención, los europeos dejarían que Turquía se ocupara del trabajo sucio de mantener a los refugiados donde estaban.

Una “interpretación extraordinaria” similar de los compromisos morales tiene lugar ahora en Polonia. Inquebrantable en su apoyo a la integridad territorial ucraniana, Occidente percibe el ataque ruso como una amenaza a la totalidad del orden europeo, pero no está dispuesto a poner tropas en terreno para defenderlo.

Debido a que Hungría, otro Estado miembro cuasi autoritario de la OTAN, se negó a que su territorio se use para el transporte de asistencia militar a Ucrania, la única ruta factible es un estrecho tramo de la frontera polonesa.

Al ofrecer este servicio, Polonia enfrenta un riesgo sustancial, ya que Rusia decidió que los convoyes de asistencia militar son blancos legítimos. Y, al igual que Turquía en el 2016, se espera que Polonia aloje a una gran proporción de los millones de refugiados ucranianos que huyen de la guerra.

Occidente necesita favores de Polonia, el acercamiento es el pago inicial. Como bromeó la vicepresidenta estadounidense Kamala Harris con el títere de Kaczynski en la presidencia, Andrzej Duda: “Un amigo en tiempos de necesidad es un amigo verdadero”.

Georgette Mosbacher, exembajadora de Trump en Polonia, fue aún más lejos y sostuvo que Polonia merece una disculpa de la UE y EE. UU. porque anteriormente criticaron su recaída en prácticas poco democráticas.

Se dice que Polonia está recibiendo fondos de la UE que habían sido debidamente congelados por sus flagrantes violaciones al Estado de derecho. Supuestamente, los fondos se habrían liberado a cambio de algunos ajustes cosméticos a la ley polonesa.

Lejos de comprometer más al gobierno polaco con los valores europeos, estas medidas lo envalentonarán y empoderarán (principalmente mediante la provisión de fondos frescos con los que el PiS puede comprar apoyo electoral).

Vale la pena recordar que unos pocos meses después del acuerdo con la UE, Erdogan llevó adelante una purga del poder judicial, los empleados públicos, los medios y las universidades turcos después de un golpe de Estado fallido en el 2016. La UE se mantuvo en gran medida al margen mientras encarcelaban a 40.000 personas.

Una dinámica similar ya se percibe en Polonia. El 10 de marzo, el Tribunal Constitucional de Polonia, una farsa de organismo repleto de personas leales a Kaczynski, declaró inconstitucionales cláusulas de la Convención Europea de Derechos Humanos.

Polonia se convirtió así en el único país europeo —más allá de Rusia— que repudió el tratado de derechos humanos de 1950, señero para el continente. La próxima acción probable del gobierno será convocar a elecciones anticipadas para consolidar su poder hasta el 2026.

Los ciudadanos comunes poloneses, turcos y venezolanos no serán los únicos que paguen el precio de la decisión de Occidente de incluir a desagradables líderes autoritarios en su coalición de la buena voluntad.

Los pactos faustianos suelen tener consecuencias no deseadas y los autócratas no son confiables a la hora de arreglar las cosas. Mientras Kaczynski y su entorno iban camino a Ucrania, los representantes de la UE en Bruselas supuestamente echaban chispas porque la visita implicaba el riesgo de “comenzar la tercera guerra mundial”. Esos temores no desaparecieron con los posteriores comentarios de Kaczynski sobre el envío de tropas de la OTAN a Ucrania.

Los políticos occidentales no necesitan congraciarse con autócratas para lograr unión frente a una crisis. Considerando que el apoyo a Ucrania en Polonia ya era generalizado y orgánico, Kaczynski nunca se atrevería a bloquear la asistencia de la UE o la OTAN. Las alabanzas y generosidad adicionales que se le otorguen son beneficios políticos caídos del cielo, que no se ganó.

Además, casi siempre existen alternativas. En el 2016, figuras prominentes como George Soros ofrecieron propuestas serias para crear un sistema de refugiados sostenible en la UE, que hubiera aliviado la necesidad de llegar a un acuerdo con Erdogan.

Del mismo modo, los europeos no están obligados a aceptar la inevitabilidad de una guerra prolongada en Ucrania. En lugar de eso, Europa y EE. UU. podrían hacer todos los esfuerzos posibles para apoyar al gobierno del presidente ucraniano Volodímir Zelenski en sus reiterados intentos por lograr un acuerdo negociado con Putin.

Si vamos a transigir moralmente con actores malvados, debemos centrarnos en las negociaciones que puedan solucionar la crisis más que en acuerdos paralelos que solo crearán problemas en el futuro.

Maciej Kisilowski es profesor asociado de Derecho y Gestión Pública en la Universidad Europea Central.

© Project Syndicate 1995–2022

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