
Han sido muchas las ocasiones en las que, en la mitad de una reunión, volteo a ver y soy la única mujer, o la única latina en la sala. Lo noto en cómo se ocupan los espacios, en quién decide o en quién da por sentado que pertenece. Y es exactamente ahí cuando me doy cuenta de que haber luchado por mi sueño no fue solo un acto de ambición. También fue un acto feminista.
Si usted está en el colegio preguntándose si la ciencia o la ingeniería son para usted, en la universidad sintiéndose fuera de lugar, o en la industria dudando de si quedarse: este artículo es para usted. No vengo a hablarle de lo difícil que es el camino. Vengo a contarle que el lograrlo no está en esperar que el mundo cambie, sino en cambiar cómo usted ve el mundo.
Pensando en cómo he podido desafiar las estadísticas, me di cuenta de algo: mi cabeza nunca está preguntándose “¿merezco estar aquí?” ni esperando que alguien me lo confirme. Mi cabeza está enfocada en: “¿cómo contribuyo al avance de este proyecto?”. Ese giro, de cuestionar nuestro valor a enfocarnos en nuestra contribución, es lo que me ha permitido quedarme y poder crecer como profesional.
Y ese giro tiene nombre y apellido: David García, mi profesor en el Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC). En su laboratorio de biología sintética, nunca hubo etiquetas ni géneros que definieran quién podía aportar. Había un grupo de estudiantes con hambre de ciencia y David nos empujaba a todos por igual: a liderar, a proponer el siguiente experimento, a idear el siguiente proyecto. A creer que éramos capaces de hacerlo.

Cuando salí de ese laboratorio a la vida real, descubrí que no todos los espacios eran como el de David. Hubo situaciones en las que mi aporte era cuestionado por predisposiciones que no tenían nada que ver con mi trabajo. Lo que no sabía en ese momento es que David me había dado una ventaja sin decirme que lo hacía: como siempre consideré mi capacidad independiente de mi género, los prejuicios de otros simplemente no cabían en mí. No consideraba el ser mujer como una debilidad en la ciencia, ni siquiera le daba importancia a ello.
Yo sé que tener este profesor fue un privilegio. Pero la perspectiva que él me dio no es exclusiva de quienes tuvieron un David; es una que podemos elegir. El fuego interno, las ganas de mejorar el mundo: eso es real e incuestionable.
No lo digo en teoría. Una noche en Silicon Valley, organicé un evento, por el Día Internacional de las Mujeres, donde ese cambio de perspectiva se volvió tangible: empresarias, inversionistas y académicas estábamos allí, juntas, construyendo una red de apoyo profesional. No desde la lucha que compartimos, sino desde los sueños que cada una estaba persiguiendo.

La discriminación existe. Las salas siguen siendo desiguales. Nada de lo que he contado hoy cambia eso. Pero lo que sí podemos cambiar es cómo entramos a ellas. No esperando a que nos den permiso, no midiendo si merecemos estar ahí, sino listas para empezar a trabajar. Ese cambio no es pequeño. Ese cambio, también, es un acto feminista.
María José Durán es la primera costarricense que cursa un doctorado en Bioingeniería en el MIT.