Sin embargo, la señal reciente parece ir en otra dirección. En lugar de observar avances sistemáticos en los indicadores comprometidos, el debate público se ha desplazado hacia anuncios, medidas administrativas y promesas de ejecución futura. El problema no es comunicar. El problema ocurre cuando la lógica del anuncio sustituye a la del resultado.
Un ejemplo ilustrativo es la promesa de dotar a todos los docentes de computadoras. Más allá de su aparente pertinencia, se trata de una iniciativa condicionada a la aprobación de financiamiento externo o, en su defecto, a compras escalonadas entre el 2027 y el 2029. No es, por tanto, un resultado de gestión ni una ejecución asegurada dentro del horizonte del plan vigente. Es una promesa, y esto contradice incluso lo dicho por el MEP: “El objetivo de este plan no es presentar más promesas, sino activar soluciones. Más que un documento, este es un plan de compromiso”.
Ese tipo de desplazamiento importa. Cuando existe un plan con metas definidas para cumplirse en el mes entrante, la discusión debería centrarse en preguntas básicas: ¿qué porcentaje de avance registra cada indicador?, ¿qué metas están en riesgo?, ¿qué decisiones se han tomado para corregir desvíos? Esa es la lógica de una gestión orientada a resultados.
La educación enfrenta desafíos estructurales que no admiten dispersión: la recuperación de aprendizajes, las brechas de conectividad y la cobertura en áreas clave como la informática educativa y la formación docente, entre otros. En ese contexto, sustituir la rendición de cuentas por una sucesión de anuncios debilita la capacidad de conducción del sistema. La diferencia es clara. Gobernar implica priorizar, medir y corregir. Anunciar implica proyectar. Cuando ambas cosas se confunden, la gestión pierde el foco. Y en educación, perder el foco tiene costos que no se corrigen con el siguiente titular.
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Andrés Fernández Arauz es economista.