
La socióloga franco-israelí Eva Illouz ha señalado que el populismo no es fascismo en sí mismo, sino una tendencia hacia este. Theodor Adorno fue más ilustrativo al afirmar que el fascismo es como un gusano que vive dentro de una manzana y que termina por consumir y descomponer la democracia desde adentro.
Se dice incluso que Fidel Castro comprendió que la lucha armada ya no era la vía para alcanzar el poder, sino que, en el contexto contemporáneo, este debía obtenerse a través de las urnas, diciéndole a la gente lo que esta quiere escuchar, pero con una máxima clara: una vez conseguido, el poder no se entrega nunca.
Existe populismo de izquierda y de derecha; sin embargo, en el hemisferio occidental, está claro que el segundo es el que se encuentra en franco ascenso.
‘Estructuras de sentimiento’
En 1977, el académico galés Raymond Williams acuñó la expresión “estructuras de sentimiento” para referirse a formas compartidas de pensar y sentir que influyen en grupos concretos y, a su vez, son moldeadas por ellos.
No se trata de un fenómeno cognitivo, sino emocional: sentimientos que se depositan en objetos públicos, líderes, símbolos y políticas de Estado. Estas estructuras pueden responder a una coyuntura histórica real o ser fabricadas mediante estrategias de mercadeo y comunicación que busquen conectar con la mayor cantidad posible de personas, otorgándoles un sentido de pertenencia sin necesidad de que ejerzan un pensamiento complejo o crítico.
La fórmula es relativamente simple: asignar culpas y ofrecer soluciones –aunque no sean viables– dentro de una narrativa que no necesita ser verdadera, pero sí atractiva y, sobre todo, percibida como cierta por sus destinatarios. De ahí que el líder deba mostrarse convencido de lo que dice, incluso si luego actúa en sentido contrario.
El populismo ha demostrado ser el recolector más exitoso del malestar social difuso. Lo toma y lo recodifica en sentimientos compartidos que su base adopta sin cuestionamientos, incluso hasta el punto del fanatismo. Esto ocurre porque no apela a la razón, sino a la emoción, generando la creencia de que los vínculos afectivos pueden sustituir los hechos que sostienen la realidad objetiva.
Existen numerosos ejemplos de mandatarios populistas que no verifican los datos que difunden y que han diluido la frontera entre verdad y mentira, sin una pizca de sonrojo. Más aún, saben que esa estrategia les resulta políticamente exitosa entre sus seguidores más fieles y que el mundo sigue girando al ritmo que ellos marcan.
De acuerdo con Eva Illouz, junto con algunas consideraciones adicionales, los líderes populistas hombres suelen compartir ciertos rasgos: proyectan una hipermasculinidad (lo cual no implica nada sobre su orientación sexo-afectiva); mantienen prácticas antidemocráticas, aunque su discurso afirme lo contrario; construyen teorías de conspiración dirigidas, por lo general, contra otros poderes e instituciones del Estado que buscan debilitar; favorecen el enfrentamiento social, ya que la polarización es su entorno natural y un ecosistema político que les provee dividendos; rechazan la supervisión de organismos internacionales; se presentan como representantes del “pueblo” frente a las élites –aunque ellos mismos formen parte de estas–, y aspiran a cooptar todos los poderes del Estado para gobernar sin contrapesos, objetivo que logran en mayor o menor medida según el contexto nacional.
Uno de los enigmas del populismo es que, con frecuencia, implementa políticas neoliberales que perjudican a los sectores más desfavorecidos, quienes, paradójicamente, suelen ser sus principales apoyos. Esto podría explicarse porque el populismo opera como una política de identidad, sostenida por una estructura emocional constantemente activada. En este marco, el autoritarismo no solo acompaña esta forma de gobierno, sino que se exhibe abiertamente, muchas veces vinculado a una agenda neoconservadora. Todo ello se articula a través del miedo a lo diferente: migrantes, extranjeros, minorías, a quienes se responsabiliza de los problemas nacionales.
En este contexto, el populismo tiende a intensificar la falta de urbanidad y el deterioro del debate público, ya que la confrontación permanente resulta funcional a su lógica. Para los populistas, la fogata no debe apagarse nunca.
La división social y la ausencia de concordia se convierten en condiciones deseables, pues la tensión no debe disiparse. Las emociones son instrumentalizadas para segregar y pueden derivar en censura, violencia verbal, moral e incluso física.
En contraste, las emociones democráticas promueven el respeto y la tolerancia. Por ello, difícilmente se verá a un líder populista en una actitud sobria y conciliadora cuando su objetivo es precisamente avivar emociones contrapuestas.
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Jaime Robleto es doctor en Derecho y máster en Derecho Penal.
