
Mi hija menor es generosa y atenta. De vez en cuando, al final del día, subo al cuarto y me tiene la luz de la mesa de noche encendida, las pantuflas dispuestas y el pijama exhibido en la cama. El gesto expresa esa noción de interdependencia: todos estamos sosteniéndonos, los unos a los otros, a través del cuidado. Cuidar y ser cuidados es lo que, literalmente, nos mantiene a todos con vida.
La socialización que empieza en casa y sigue en cada espacio de la vida ha establecido roles diferenciados para hombres y mujeres. Feminista como me considero, nunca querría que las niñas dejen de tener bebés de plástico para cuidar. Lo que me encantaría es que los chicos también cuenten con un objeto para explorar la belleza que significa ofrecer cuidado al otro.
¿Qué consecuencias tiene una socialización carente de esos ensayos de cariño y empatía? Mi propuesta es que lo que una persona aprende cuidando a otros hace que tenga mayores habilidades para hacerse cargo de sí misma en la adultez. Y, tal vez, que los problemas que atribulan a los hombres son un indicio de que no cuidar a otros les impide aprender a cuidarse.
Por una actividad, una habilidad
A los varones se les socializa para explorar más allá de los confines de su casa. A las niñas se les asigna un mundo más pequeño, justamente por ser mujeres: por ejemplo, se les prohíbe salir de casa para protegerlas del abuso sexual o porque se les asigna trabajo doméstico.
Esta (im)posibilidad de exploración resulta en la adquisición (o no) de habilidades. Según un estudio de Schug y otras (2022), la exploración redunda en que los hombres tengan mejores habilidades espaciales a gran escala, es decir, que puedan ubicarse mejor en barrios. La investigación aclaró que la diferencia desaparece en esas comunidades donde también se les permite explorar a las niñas, lo cual comprueba la relevancia de la socialización frente a otros factores.
Este hallazgo es clave: lo que hacemos desde pequeños moldea nuestras habilidades. Y si explorar nos afina el sentido de la ubicación, ¿qué ganamos al cuidar?
Mientras los chicos están explorando el mundo, muchas niñas están haciendo trabajos de cuidados. Según un estudio reciente de Unicef y ONU Mujeres, las adolescentes dedican, en promedio, una hora diaria más que sus pares varones al trabajo doméstico y de cuidados, es decir, siete horas semanales más.
Las infancias no deben asumir nunca el trabajo de los adultos, porque esto atenta contra su derecho a la educación y la recreación. Sin embargo, en cualquier grupo humano, todos debemos contribuir al grupo de acuerdo con nuestra edad. Que los chicos también atiendan las necesidades de la familia es, quizá, parte de cómo se aprende a ser un adulto funcional.
Autocuidado delegado
Según la Cepal, en la región, las mujeres dedican casi un 20% de su tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que los hombres, apenas un 7%. Se trata de una desigualdad que compromete los derechos de las mujeres: a la independencia económica, a una vida libre de violencia, al tiempo propio, y que exige respuesta urgente del Estado.
Con esa realidad tan apremiante, hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿qué le pasa a quien nunca aprende a cuidar? Los hombres no cargan con consecuencias tan visibles, pero me parece razonable pensar que esa habilidad no desarrollada termina siendo, con el tiempo, la raíz de muchos de sus problemas.
Los hombres sufren de males específicos de su género. Por ejemplo, a nivel global, entre el 75% y el 80% de todos los suicidios corresponden a hombres. La OMS ha dicho que los hombres acuden significativamente menos a servicios de salud, incluyendo cuando están con tuberculosis o con una alta carga de VIH. Estar enfermo y no ir al médico es un cuidado básico que muchos no se están prodigando.
En la región, los varones también tienen más conductas de riesgo que desembocan en que, por cada ocho homicidios, siete sean de hombres, sufran el doble de cirrosis hepáticas y experimenten tres veces más traumatismos en accidentes de tránsito.
Muchos hombres evitan el trabajo doméstico y ahora se sabe que tampoco suelen hacerse cargo del trabajo emocional, dos dimensiones básicas del cuidado, tanto del propio como del de otros. Y las mujeres parecen estar tomando nota: una investigación de Pew Research encontró que, en 30 años, el deseo de las muchachas de casarse cayó 22 puntos porcentuales, mientras que en los varones se mantuvo igual.
Una investigadora de Stanford, Angelica P. Ferrara, acuñó el concepto de “mankeeping”, para explicar el trabajo emocional que las mujeres hacen para proveer a las necesidades sociales y emocionales de los hombres en su vida, por ejemplo, animarlos a que llamen a su mamá o planear una actividad para que socialicen. Tareas básicas para cuidar de sus propios vínculos resultan imposibles de ejecutar para algunos.
Aquí, nos ayuda un lugar común: nunca es tarde para aprender. Los hombres pueden decidir involucrarse más en la crianza y moldear estos comportamientos en sus hijos varones, asumir más trabajo en casa –incluyendo las tareas invisibles de organización–, hacer voluntariado en la comunidad y, en general, ofrecer más ternura. En ese camino, pueden contribuir a desmontar la opresión que las mujeres y niñas viven y, con suerte, también aprender a ver por sí mismos.
Cuidar es una tarea compleja que requiere expresión del afecto, previsión, gestión de recursos, empatía, regulación de emociones y mucho más. También es una actividad que nos define como humanos: nuestra especie sigue sobreviviendo no por fuerza o ingenio, sino por nuestros complejos vínculos de cuidado y cooperación.
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Andrea Vásquez R. es comunicadora social especializada en Inclusión y Equidad.
