
El Informe de Riesgo Político América Latina 2026 –editado por Jorge Sahd y Daniel Zovatto y publicado en enero pasado por el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile– cumple su sexto año consolidado como una herramienta valiosa para gobiernos, organismos internacionales, empresas e inversionistas que buscan orientación estratégica acerca de los principales desafíos, amenazas y oportunidades, en un tablero global y regional crecientemente volátil e incierto.
Trump 2.0 y la redefinición del orden hemisférico
En el nuevo “desorden” internacional hobbesiano, caracterizado por el debilitamiento del multilateralismo y la sustitución del orden liberal basado en reglas hacia una lógica de poder duro y áreas de influencia de las grandes potencias, el factor externo más determinante para nuestra región es la política exterior de Trump.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional junto con el llamado “Corolario Trump”, consagran la actualización de la Doctrina Monroe bajo los principios de la denominada “Doctrina Donroe” y “America First”.
Las acciones en el mar Caribe y la captura del dictador Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero, y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo, inauguran una fase peligrosa. El mensaje es claro: el hemisferio occidental deja de ser concebido como un espacio de asociación estratégica y pasa a ser definido, en palabras de Trump, como “nuestro hemisferio” (nuestro quiere decir de Estados Unidos).
Desde la óptica del riesgo político, el caso venezolano configura un mayúsculo factor de inestabilidad sistémica. El fin de Maduro y el nombramiento de su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, como presidenta interina acompañada de los mismos personajes del gobierno anterior –lo que representa un cambio de liderazgom pero no de régimen–, ha desplazado de momento las prioridades: garantizar estabilidad en alianza con el chavismo y la gestión del sector petrolero por encima de la transición democrática.
Venezuela se convierte en un epicentro geopolítico y laboratorio de las nuevas políticas de Estados Unidos en el hemisferio. La manera como se resuelva tendrá repercusiones profundas en un momento de fragmentación regional.
Pero China y la Unión Europea también importan. Beijing seguirá intentando mantener y ampliar su presencia en América Latina, pero un Estados Unidos más asertivo (Trump acaba de convocar a siete presidentes latinoamericanos a una cumbre en Mar-a-Lago, el 7 de marzo) obligará a varios países a recalibrar sus vínculos.
En paralelo, la firma del Acuerdo UE–Mercosur –más allá de los desafíos que subsisten para su entrada en vigor– refuerza la dimensión geopolítica birregional, mientras que la próxima elección del secretario general de la ONU podría abrir una ventana estratégica para la región en el plano multilateral.
La agenda electoral
Cuatro países (Costa Rica, Perú, Colombia y Brasil) efectuaron o efectuarán elecciones generales, y no se descartan comicios en Haití si las condiciones de seguridad lo permiten. Estos procesos tendrán lugar en un entorno de crecimiento mediocre (2,4% promedio regional) con pobreza, desigualdad e informalidad aún elevadas, malestar social, desafección ciudadana, fragmentación y polarización.
En materia política, coexisten democracias resilientes, sistemas estancados, regímenes en deterioro o en retroceso y gobiernos abiertamente autoritarios, todo ello acompañado de una institucionalidad débil, niveles de corrupción estancados y una gobernabilidad desafiante.
Los resultados serán decisivos, ya que permitirán evaluar si se consolidan tendencias recientes: voto de castigo a los oficialismos y si el actual giro a la derecha continúa en 2026 o se detiene. Los resultados en Colombia y, sobre todo, en Brasil serán determinantes.
Los riesgos
El ranking regional de riesgos políticos para 2026 dibuja un escenario particularmente exigente para América Latina, resultado de la convergencia entre debilidades estructurales internas, dinámicas regionales y crecientes tensiones geopolíticas y geoeconómicas.
Por tercer año consecutivo, el principal riesgo es la expansión del crimen organizado y la captura del Estado. En segundo lugar, se ubican la violencia política y la erosión democrática, factores que debilitan el Estado de derecho y distorsionan la competencia electoral. El tercer riesgo es la vulnerabilidad fiscal, marcada por elevados niveles de endeudamiento y un margen de maniobra acotado para los gobiernos.
El cuarto es la instrumentalización política-electoral de la migración en varios países. El quinto riesgo es la fragilidad ante el cambio climático. El sexto proviene del debilitamiento del sistema internacional y la redefinición del comercio global. El sétimo riesgo es la creciente presión de Estados Unidos y China, que reduce los márgenes de autonomía regional y pone fuerte presión sobre determinados países.
El octavo es la escalada de tensiones regionales ante una política estadounidense más asertiva, junto a la debilidad de los mecanismos hemisféricos para hacerle frente. El noveno riesgo es la creciente balcanización latinoamericana, que limita la capacidad de diálogo, coordinación y respuesta colectiva. Finalmente, el décimo es la falta de capacidad de la región frente a la inteligencia artificial, debilidad que amenaza la competitividad futura, refuerza nuevas dependencias estratégicas –incluido el peligro de un colonialismo digital– en un mundo de acelerada transformación.
Reflexión final
América Latina enfrenta en 2026 un tablero –global y regional– en extremo complejo, volátil y exigente. Sin embargo, el momento no es solo defensivo. Si la región logra dinamizar el crecimiento, profundizar el desarrollo, fortalecer la calidad de su gobernanza democrática y actuar con mayor coordinación y autonomía estratégica, la disrupción global también puede convertirse en una oportunidad de reposicionamiento.
Como bien resalta el reciente informe de JP Morgan, América Latina podría estar ante una coyuntura estratégica: la transición energética, la revolución tecnológica y la reconfiguración de las cadenas globales de valor refuerzan su posición como proveedor clave de energía, alimentos y minerales críticos, así como destino atractivo para el nearshoring.
En síntesis, la disyuntiva para nuestra región es clara: actuar como sujeto político en el nuevo orden internacional o resignarse a seguir siendo un territorio en disputa. En este escenario, la responsabilidad de las élites es mayúscula: o sentarnos a la mesa o ser parte del menú.
zovattopersonal@yahoo.com / @zovatto55
Daniel Zovatto es director y editor de Radar Latam 360.