Meses atrás, durante una consulta, una madre me dijo algo que ningún algoritmo habría podido registrar. Los exámenes de su hijo estaban bien. Los signos clínicos no mostraban nada alarmante. Sin embargo, ella insistía en que algo no estaba bien. Ella tenía razón.
Los médicos sabemos que la ciencia es indispensable, pero también que hay dimensiones de la experiencia humana que no caben completamente en una lista de resultados. Escuchar, interpretar, acompañar y comprender siguen siendo parte esencial del cuidado.
Pensé en ello mientras leía la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas. Aunque muchos la han presentado como un documento sobre inteligencia artificial, me parece que su preocupación central es otra. No pregunta qué podrán hacer las máquinas en el futuro. Pregunta qué tipo de seres humanos queremos seguir siendo.
Vivimos una época fascinante. La inteligencia artificial está transformando la medicina, la investigación y, prácticamente, todos los ámbitos de la vida. Como usuaria frecuente de estas herramientas, puedo afirmar que han representado una ayuda extraordinaria. Me permiten acceder más rápidamente a información, organizar ideas y ahorrar tiempo en tareas que antes consumían muchas horas. Ese tiempo recuperado tiene un valor enorme. Porque la productividad no debería ser un fin en sí mismo.
Para mí, el mayor beneficio de la inteligencia artificial es que me permite dedicar más tiempo a aquello que realmente importa: pensar mejor, escuchar más y estar más presente para las personas. A veces hablamos de la relación entre los seres humanos y la inteligencia artificial como si fuera una competencia. Pero quizá la pregunta correcta sea otra: ¿qué tareas queremos delegar para poder dedicar más tiempo a aquello que solo nosotros podemos hacer?
Si la tecnología nos libera de tareas mecánicas para permitirnos acompañar mejor, reflexionar con más profundidad o cuidar con mayor atención, entonces no nos está haciendo menos humanos. Nos está dando más espacio para serlo. La encíclica papal plantea una advertencia que merece atención. El riesgo no es que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes. El riesgo es que olvidemos aquello que no puede reducirse a datos, métricas o procesos automatizados.
En medicina, convivimos diariamente con esa situación. Podemos acceder a información cada vez más sofisticada y a tecnologías extraordinarias. Pero ninguno de esos avances sustituye la confianza que una familia deposita en quien cuida a su hijo, ni la responsabilidad moral que implica tomar decisiones en condiciones de incertidumbre.
León XIV recuerda que la dignidad humana no depende de la productividad ni de la eficiencia. Hay aspectos esenciales de nuestra existencia que no pueden cuantificarse: la conciencia, la libertad, la empatía y la capacidad de reconocer la vulnerabilidad propia y ajena. Octavio Paz nos recuerda, a través de la otredad, que la humanidad comienza cuando reconocemos al otro como alguien más que un dato.
Quizá por eso, en tiempos en que ponemos bajo discusión los algoritmos, los modelos y los avances tecnológicos, debamos poner Bajo la lupa al ser humano. Solo así podremos darle el mejor uso posible a la inteligencia artificial.
Quizá eso es lo que el Papa ha querido recordarnos: que mientras admiramos lo que las máquinas pueden llegar a hacer, no olvidemos aquello que solo los seres humanos podemos ser. Porque el verdadero progreso no consiste únicamente en construir tecnologías más poderosas, sino en utilizarlas para cuidar mejor, comprender mejor y acompañar mejor a los demás.
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María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
