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Lo que tenemos

La primera vez que estuve frente a tanques y militares fue en Chile, y casi me desmayo ante tal muestra de poderío bélico

Hace muchos años, mientras caminaba como turista por las calles de Santiago, de repente me asaltó un terror: estaba frente a La Moneda, sede de la presidencia de la República de Chile, que se hallaba custodiada por decenas de militares y varios tanques de guerra.

Mi fuerte impresión al estar por primera vez en mi vida ante tal poderío bélico la provocó, sin duda, el hecho de que aquí, en Costa Rica, no tenemos ejército.

Está relacionada, también, con mi experiencia personal con la policía local, que ha consistido, básicamente, en pedir y recibir direcciones, o indicaciones acerca de si una zona es peligrosa para transitar en ciertas circunstancias y unas capacitaciones que me correspondió darles sobre prevención del hostigamiento sexual callejero y el diseño de programas curriculares.

Estoy consciente de las denuncias de abuso policial, algunas formalizadas y otras en el plano del rumor, y sé que habrá, como en todo grupo humano, personas abusivas y violentas, pero de ahí a escribir “Tombos asesinos”, como dice un grafiti pintado en el centro de San José, hay una distancia insalvable: nuestra institucionalidad es una en la cual la violencia que ejerce el Estado es —citando al historiador francés René Girard— legítima. Nos guste o no, dicha violencia no atraviesa ciertos límites.

Lo que el mismo autor llama violencia impura proviene, por el contrario, de la ciudadanía: en las carreteras, las casas, los colegios y las redes sociales; todos espacios generosos en muestras variadas de agresión.

No tener ejército se vuelve algo aún más trascendental si miramos hacia algunos países de Latinoamérica, donde esa institución es instrumentalizada por líderes populistas y autoritarios contra el pueblo que tuvo el mal cálculo de elegirlos.

Sin bien la ausencia de esa organización no protege del todo contra ese tipo de liderazgos, sí minimiza sus herramientas de opresión.

Cuenta nuestro país con muchos otros hechos de los que podemos fácilmente presumir, tal es el caso de la presencia contundente de miles de estudiantes pobres —provenientes de poblaciones urbanas marginadas y de zonas rurales alejadas y empobrecidas— en las aulas de las universidades públicas, que brinda una vida buena a quienes ni siquiera se atrevían a soñar con ella.

Sé que existen muchísimas personas que son excluidas del sistema educativo por mecanismos perversos relacionados con la pobreza, los embarazos en adolescentes, el aislamiento humillante en el que tenemos a tantas comunidades —sobre todo donde habitan personas racializadas— y un doloroso etcétera.

Sin embargo, podemos aprender de las inclusiones, tomando las lecciones de lo que hemos hecho bien para realizar un esfuerzo que debe, sin duda, ser más categórico, que elimine la brecha.

Tengo en estos momentos en mis aulas a una gran cantidad de jóvenes que estudian Sociología debido a que, con nuestros impuestos, el Estado puede otorgarles una beca.

Es probable que la mayoría de ustedes que me leen posean estudios universitarios gracias a una beca que nuestro estado social les dio. Somos un país con gente educada por la solidaridad social, que de otra forma jamás habría obtenido un título, un trabajo y condiciones para vivir bien, pero que tiene el reto y la obligación urgente de no seguir dejando por fuera a nadie, de mejorar la formación de quienes enseñan y equipar con servicio de internet de banda ancha a escuelas y colegios.

Es razón para alegrarse contar con una organización política asociada a una solidez democrática que hace posible un gobierno que, como establece la Constitución Política, “es popular, representativo, participativo, alternativo y responsable”, y se resguarda en la existencia e independencia de nuestros tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Eso es así pese a que la Asamblea se llena cada vez más de políticos que, al parecer, están ahí con poca vocación de servicio público y más por ansias de hacer uso de las prerrogativas inmorales —como gasolina a discreción— que nos rompen la fe.

Los gobiernos se ven involucrados en cuestionamientos por su falta de transparencia. La impunidad se vuelve insoportablemente cada día más común en la administración de justicia.

Del mismo modo, podemos celebrar el avance del país en derechos humanos, lo que incluye una legislación que protege jurídicamente a las mujeres de la violencia y fomenta su participación política, como por ejemplo la Ley de Promoción de la Igualdad Social de la Mujer, la Ley contra la Violencia Doméstica o las reforma del Código Electoral para fijar cuotas para la participación de mujeres en puestos de elección popular.

Además, gozamos de reconocimiento internacional por nuestras políticas ambientales, cuyo ejemplo más notorio es la protección constitucional y la suscripción de numerosos tratados ambientales internacionales y programas, tales como el Plan Nacional de Descarbonización.

Sí, sé que la delincuencia, el mal estado de la infraestructura vial, el aumento del desempleo, la pobreza, el oportunismo y la corrupción de algunos funcionarios nos agobian, pero no nos dejemos llevar por el pesimismo y el cinismo, y recordemos que somos igualmente lo que hemos logrado.

Nos asiste la dicha de vivir en medio de nuestros acuerdos y desacuerdos: somos una diversidad étnica que en estos días nos tiene en modo bribri, con el añita mikilona, junto con prácticas racistas.

Somos la Negrita que convive con Jehová y el ateísmo. Una cultura apolínea, con su barrio Escalante verde, sensible, orgánico; pero también dionisíaca, con el Desampa, el pinta y el chata. Somos Sandra Kauffman, Elizabeth Odio, Franklin Chang, Víctor Carvajal, Melissa Mora y Bryan Ganoza, el Cabro más Macabro.

Estoy clara de que tenemos prácticas xenófobas, chovinistas, sexistas y endogámicas, y que nos cuesta tolerar las diferencias y sentimos desconfianza frente a las personas de fuera de nuestro círculo. Que, como dijo la nunca suficientemente citada Yolanda Oreamuno, muchos costarricenses también son “hipócritas envidiosos, vagos y mediocres”.

Pero hoy, que es el día que es, no deseo hablar de eso. Lo que quiero es hablar de aquello que debemos cuidar: lo bueno que tenemos.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR. Siga a Isabel en Twitter y Facebook.

Isabel  Gamboa Barboza

Isabel Gamboa Barboza

Doctora en estudios culturales y sociales, dedicada a la docencia universitaria y a la investigación del sufrimiento y el vínculo social, las desigualdades entre mujeres y hombres y los discursos culturales acerca de la pobreza, la salud, la enfermedad y el poder, entre otros.

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