Culpen a mi padre, porque en mi inducción a la música durante mis primeros años, me inculcó la filosofía del mejor rock inglés y francés (Another Brick in the Wall, Part 2; La Bombe Humaine), pero no revisamos mucha materia del género en español. Así es como, muy adentrado en la experiencia de mi cuarta década, conocí a Fito Páez. Sí había oído varias de sus canciones, pues no hacerlo resulta imposible en Latinoamérica, pero nunca las había escuchado, menos disfrutado. Gracias a la bondad de mis colegas José y Francisco, pude hacerlo de la mejor manera imaginable el pasado viernes: un concierto en la Movistar Arena de Buenos Aires. El tercero con butacas agotadas en el año.
La magia de una obra de arte universal reside en su taladro perforador de espíritus que echa raíces en el corazón del espectador cuando sea, sin aviso. Me pasó con la canción Al lado del camino(1999). Una poesía tan vigente hoy como hace 27 años. Y tan vigente décadas antes de existir. En nuestra era de doomscrolling, inteligencias artificiales que muchos usan para no pensar y figuras de poder adscritas a la mentira y el maquiavelismo, los siguientes versos me supieron a himno de la humanidad. A mí y a 14.999 espectadores que sí se los sabían de memoria:
(...)
En tiempos donde nadie escucha a nadie
En tiempos donde todos contra todos
En tiempos egoístas y mezquinos
En tiempos donde siempre estamos solos
Habrá que declararse incompetente
En todas las materias del mercado
Habrá que declararse un inocente
O habrá que ser abyecto y desalmado
Yo ya no pertenezco a ningún ismo
Me considero vivo y enterrado
(...)
La letra sigue por un viaje de introspección. Rodolfo Páez, Fito, dimensiona las condiciones alienantes de la experiencia humana con una resignación serena, filosófica, no de derrota –“Hay que imaginar a Sísifo feliz”, sentenció Camus–. La canción más bien cierra con optimismo y rebeldía.
No noté cuándo se fueron el baterista, el bajista, el guitarrista, el tecladista, los tres metales y la corista, pero ya no estaban sobre el escenario. Entre la repetición de versos finales y el reconocimiento del público, la canción de cinco minutos se hizo de 10. Hacia el final, el cantautor se calló y se entregó a una inolvidable y argentina ola de coros futbolísticos: “Oéeee, oé oé oé, Fito, Fito”. Sentado sobre la banqueta de su piano blanco, rodeado por instrumentos sin custodios, su mirada se mecía de una gradería a otra. Cuando regresó al micrófono, agradeció: “Los aplausos son como un fuego”. Y, tras regalarnos esa breve guía para no claudicar en 2026, dio inicio a la segunda mitad del concierto.
Gracias a mi padre, desde muy joven, una de mis misiones en la vida es no ser un ladrillo más en el muro. Vaya que Fito no lo es.
Fito Páez llenó tres veces la Movistar Arena de Buenos Aires en 2026. Así lucía el foro una hora antes del show. (Fabrice Le Lous/La Nación) Agradecimientos finales de Fito Páez tras tocar la última canción de su repertorio: Mariposa Tecknicolor. (Fabrice Le Lous/La Nación)
Periodista. Director de La Nación. Antes fue director de El Financiero de Costa Rica y editor en La Prensa de Nicaragua. También fue consultor para Latinoamérica de Solutions Journalism Network (SJN). Ha sido jurado de los premios internacionales de periodismo Gabo, Roche y GDA. Especializado en periodismo de soluciones, reportajes y análisis.
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