
Un francés, Raphaël Graven, murió hace un tiempo durante una transmisión en vivo que lo mostró sufriendo maltratos por parte de otros streamers. Es un caso extremo que simboliza cómo la crueldad se está volviendo prestigiosa y genera ganancias a muchos.
Todas las personas podemos ejercer violencia, pues es un universal antropológico, como señaló la académica alemana Gesa Lindemann. En ese contexto, la vida online es el escenario absoluto para ello.
Es, asimismo, un patrimonio que los autoritarismos, como el que intenta inscribirse en Costa Rica, han sabido capitalizar para aumentar su poder.
No es que la realidad ocurra exclusivamente en las redes sociales –aunque una parte de ella se produzca ahí–, sino que su poder reside también en mostrar lo que acontece en otros ámbitos; por lo general, independientemente de que algo suceda en la privacidad, puede acabar exhibiéndose en la red.
El aumento del odio en las plataformas y la cantidad de gente que responde positivamente a publicaciones donde se intenta dañar a alguien, o se muestra directamente el daño, son una advertencia sobre el descrédito del diálogo como una solución a nuestros problemas individuales y colectivos. Eso, algo que debería preocupar a nuestros gobernantes, es usado por ellos en beneficio propio.
El prestigio de la ferocidad se mide en los millones de views (cantidad de veces que se reproduce un video), engagement (cantidad de gente que interactúa con el video), y likes, que se traducen en mayor notoriedad, más seguidores, un caudal político y, probablemente, una mayor sensación de importancia personal.
La rudeza de la vida online es, naturalmente, responsabilidad de cada persona individual, pero sobre todo de grandes grupos, como la clase política, que debería atenderla con urgencia para encontrar salidas a la violencia social.
El partido oficialista ha sabido mantener la opinión pública a su favor en mucho debido a la cizaña que propaga de unos contra otros, incluso frente a medidas que perjudicarían a sus propios simpatizantes: desde el deterioro democrático hasta las posturas extremas en seguridad y política exterior.
El país parece estar tomando decisiones geopolíticas muy marcadas, asociándose a agendas militarizadas y dejando de priorizar la solidaridad con los migrantes para recibirlos como deportados, aceptando el papel de tercerizar un asunto migratorio.
En lo cultural, la elección dejó en el poder a un partido que cuestiona la democracia con palabras y con actos, y cuya cara más visible ejerce públicamente una grosería en el trato que, al parecer, resulta inspiradora para alguna gente, incluyendo a su sucesora.
“¿De qué sirve que la estemos funando (exponer públicamente) si ella no tiene capacidad de darse cuenta de lo mal que está en su opinión?”, escribieron decenas de personas en una publicación contra la nieta de una personalidad pública hace unos meses. “¿Y quién dice que lo hacemos para que cambie? Lo que queremos es humillarla, quemarla”, concluyeron, triunfantes.
¿Vivimos una transformación de nuestro relato histórico de paz y neutralidad por uno de miedo, odio y control?
En el fondo, me parece que algo de esto se reduce a asuntos particulares (¡con origen social, claro, pero siempre de elección individual!): miedo, envidia, ultraje y resentimiento; la humillación por el lugar que se ocupa en el mundo o por el que se cree que poseen otros.
Si esto es cierto, en este mar narcisista, tal vez nos sirva recuperar la distinción del sociólogo estadounidense Charles Wright Mills sobre las inquietudes personales y los problemas públicos.
Aunque no pueden separarse de manera tajante, las inquietudes personales serían ese miedo, la envidia y el sentimiento de ultraje, o la fantasía de la que vienen acompañados dichos sentimientos de que un partido o un individuo logrará hacerles sentir menos amargura.
Los problemas públicos, en cambio, serían el viraje que el país parece estar dando en su seguridad, política exterior y su cultura, bases de su democracia; y ¡cómo no! el hecho de que la actual presidenta obedezca la línea déspota de su antecesor.
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Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
