Cuenta Leila Guerriero que en su infancia, cuando tenía ocho, nueve o diez años, le permitieron leer cierta novela gracias a que juró que pasaría por alto las páginas marcadas como prohibidas porque había escenas de sexo, páginas que, sin embargo, ella leyó “con dedicación”.
¿Qué sería de nosotros si la escritora argentina hubiera cumplido su juramento sin atreverse a violarlo? Por suerte ella era, dicho en sus propias palabras, una mezcla terrible, tozuda y libertaria, que se preguntaba cómo ser obediente y sumisa y no ser infeliz. Recuerdo lo que se decía de Talleyrand: a los siete años, cuando fue enviado al colegio, se le ordenó obedecer y creer; sin embargo, todos sus instintos y su inteligencia le inducían a desobedecer y a poner en duda.
Supongo que el principio que hace posibles el conocimiento y la comprensión es la transgresión, la ruptura con la regla establecida. Claro que tiene riesgos: ya los anuncia la leyenda bíblica del árbol del conocimiento del bien y del mal, árbol que a juicio de la mujer primigenia, ella también una mezcla terrible, temerosa y díscola, era bueno para comida, una delicia para los ojos y apetecible para alcanzar sabiduría.
No hace mucho, una universidad prestigiosa retiró la novela “El ferrocarril subterráneo” del escritor neoyorquino Colson Whitehead, con el argumento de que era “un libro problemático en el desarrollo de los alumnos”. Vamos a ver: al principio de la novela, nos enteramos de que el padre de uno de los personajes fue apresado en su aldea africana y conducido como esclavo al mar, pero no aguantó el ritmo de la marcha y los negreros le reventaron la cabeza y abandonaron el cadáver junto al camino. Así sigue la historia, poco más o menos, hasta el final. ¿Es tan perniciosa su lectura que se justifica impedirla, como pudiera serlo, por ejemplo, la lectura de los episodios que cuentan lo sucedido a Liam Conejo, Good y Pretti? ¿También habría que prohibirla?
No lo sé. Aunque sí lo sé. “Abrid los ojos y observad todo lo que podáis antes de cerrarlos para siempre”, escribía alguien. Siendo muchacho, presté un libro y no me lo devolvieron porque el papá del prestatario dijo que era maligno y lo destruyó. Se trataba de Eróstrato, el relato de Jean-Paul Sartre alusivo a quienes cometen actos atroces para ser recordados.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
