Días atrás murió alguien a quien conocí poco, casi nada. Cuando lo observaba en el espacio de sus actividades ordinarias, concentraba mi atención en lo que él hacía; lo mismo pasaba a los que ahí estaban. No es que me lo propusiera; ocurría. Viéndolo ir de acá para allá, gestualizando y hablando a unos y otros, la conversación decaía y la gente solo metía ruido de nuevo cuando él salía de la escena. Tenía carisma.
Apenas supe de su muerte y escuché su biografía, sospeché sin mala voluntad de que ese relato fuese cierto. Yo creía saber cosas muy diferentes, pero de pronto todas quedaban desmentidas por lo que se aseguraba que había sido su llamativa vida. Nadie, que yo supiera, podía dar testimonio directo de lo sucedido, porque todos, hasta los más cercanos, le habían conocido tarde o de oídas, gracias a sus propios relatos. ¿Y si se había fabricado una biografía?
Entonces caí en cuenta de que hay tres categorías de personas: los que, a pesar suyo, proyectan una biografía que la gente adopta como versión verdadera de su vida; los que se proponen construirla deliberadamente y suman gestos para ser definidos de cierta forma por la gradería, y aquellos que quieren ser como todo el mundo y cuya principal ocupación es mantenerse alejados de los problemas.
Me gusta el abuelo, un personaje de las primeras páginas de El mago del Kremlin, de Giuliano da Empoli, que pertenece a la primera categoría. Era ajeno a todo lo que ocurría en la política soviética de principios de los años cincuenta; su biografía lo tenía sin cuidado, pero “se habría dejado colgar antes que renunciar a una frase ingeniosa”.
El depuesto presidente venezolano, ahora cada vez más anodino, pertenece a la segunda categoría. De él podría decirse, como decía aquel mismo autor de la mayoría de los poderosos, que “extraen su aura de la posición que ocupan. A partir del momento en que la pierden, es como si los hubieran desenchufado de la corriente”.
Está claro que el que se lo propone y tiene arrestos para ello puede construirse una biografía con mejor o peor buena fe. Ya lo hizo don Quijote, un personaje tan real como cualquiera que haya existido, que se imaginaba coronado por el valor de su brazo “por lo menos del imperio de Trapisonda”.
carguedasr@dpilegal.com
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.