Relatar las locuras de quien tiene el poder absoluto es tan viejo como la historia del primer rey de Israel, Saúl. El poder puede enfermar, sin duda, y hacer tomar decisiones fuera de toda lógica o suposición.
Cuando el monarca absoluto entra en ese círculo vicioso, comienzan las conspiraciones para acabarlo o, cuando menos, se espera que su muerte ponga fin a tanta locura. Resulta muy instructivo entender que en los imperios antiguos se preveía la posibilidad de que el soberano perdiera la razón.
Alguien con la capacidad de aprobar leyes o abolirlas, de decretar guerras o de mandar a matar a quien le parece es un peligro en potencia. Por eso, existía en las cortes un personaje muy singular, que en la tradición hebraica se llama satán: un miembro de la corte que tenía el trabajo de interrogar con diplomacia al monarca acerca de la veracidad de sus opiniones o la conveniencia de sus decisiones.
En el libro de Job, este personaje aparece en la corte celeste y durante una de las asambleas divinas Dios le pregunta si ha notado la justicia de Job, con la que el Señor está muy complacido. Buscando evitar la simple confrontación, con ingenio, Satán hace una pregunta retórica: ¿Se está totalmente seguro que la justicia de Job sea intachable, no será que él tiene el interés de salvaguardar sus riquezas y posición social privilegiada, todo amparado por Dios? Sabemos lo que sigue, el Señor concede a Satán poner a prueba a Job.
Llama la atención que este personaje haya adquirido otras dimensiones en la literatura hebrea y cristiana, pero su función inicial nos tiene que hacer reflexionar. No hay un verdadero líder si no se deja interrogar por otros, porque así se coloca en cuestión su misma gestión. Es decir, el líder necesita abrirse a la crítica para autocriticarse, para encontrar caminos más justos y correctos.
Satán significa “acusador, rival, fiscal”, lo que denota claramente su función: evitar la locura del monarca. Su antónimo es el adulador, el que no busca la crítica en la gestión del liderazgo, sino que se refugia a la sombra del poder para sacar ventaja y colocarse en una situación de privilegio.
Saúl no tenía un satán que le permitiera pensar de manera diferente. David tenía a varios profetas que no siempre estaban dispuestos a colocarse al lado del rey, como cuando él planeó y ejecutó la muerte de Urías, todo para salvar apariencias y tomar como concubina a Betsabé.
El poder absoluto corre el riesgo de gobernar para sí mismo, aunque el discurso sea totalmente opuesto. No hay otra forma de evitar la locura que aceptar ser cuestionado y escuchar a otros que tienen un juicio fundado sobre las temáticas que nos interesan como sociedad e individuos.
Locura extrema
Tenemos al lado de nuestro país, apenas al cruzar la frontera, los ejemplos de lo que la locura de un dictador es capaz de hacer. ¿Acaso no es loco considerar a un nacido en el territorio nicaragüense como un extranjero sin derechos, una especie de enemigo infiltrado que hay que erradicar? Lo es mucho más cuando se ve con cuidado quienes son tratados así.
La locura lleva hasta el extremo de negar la realidad y de tergiversarla. Como cuando se expulsaba a las misioneras de Calcuta por ser una organización terrorista internacional.
El loco no mide el estado de su paranoia, no puede porque vive en el mundo de la irrealidad. No siente la presión objetiva de quien está al lado, porque solo escucha las alucinaciones que él mismo crea en su mente y sigue los dictados de una razón enferma y degradada. No hay duda, cuanto más narcisista un líder, más propenso es al contagio del virus de la locura.
Lo que pasa en Nicaragua, sin embargo, no es exclusivo de esa tierra. Con miedo vemos cómo se van alzando aquí y allá líderes que comienzan a ser contagiados, aunque ya otros no solo lo están, sino que, peligrosamente, amenazan con romper el equilibrio frágil de las fuerzas mundiales.
Pero junto con los locos tenemos que admitir que se comienza a tener miedo de ser el satán para nuestros tiempos. Siguiendo las imágenes metafóricas posteriores, que presentan al satán antiguo como el principio del mal, podríamos decir que este podría ser considerado el peligroso crítico de un orden enfermo.
Sí, ya es enfermizo aceptar sin más la acción de quien se presenta como dictador absoluto. Por eso, satán se percibe como una amenaza al orden interno, a la lógica de la armonía establecida por el líder. Pero estas ideas se tendrían que matizar mucho más.
No todo funcionamiento ordenado es sinónimo de paz y armonía social. Incluso en las sociedades con gran bienestar, el orden puede ocultar grandes contradicciones sociales. El miedo a destruir ese orden nos lleva a aceptar las incongruencias y las disfunciones del sistema como si fueran parte de la vida y males necesarios.
En este caso, la aparición de satán se parece a la de los profetas de Israel, que denuncian lo encubierto, sobre todo cuando está protegido por la bendición de una religión manejada por el Estado. Basta con recordar a Amós, que fue conminado a callar sus denuncias por el sacerdote Amasías, alegando que el santuario de Betel, donde el profeta comunicaba sus oráculos, era propiedad del rey Jeroboam y, obviamente, estaba a su servicio (Cf. Am. 7, 10-17).
El profeta resultaba ser satán porque, a pesar de no necesitarlo por su origen y posición social, obedece la voz de Dios que lo empuja a hablar con decisión en una tierra llena de injusticia.
Los desestabilizadores
Hay un satán, sin embargo, que en su deseo de total libertad es capaz de destruir sus sueños. Se trata de aquellos que no tienen en cuenta las consecuencias de su actuar violento en las personas comunes y corrientes. Me refiero a todos aquellos que, cansados de un sistema sofocador, presumen que deben ser tan locos como los dictadores.
Son los desestabilizadores que usan el terror como arma para ser tomados en cuenta. La voz de estas personas se ve ensordecida por la furia de sus bombas y violencia. Este es otro peligro social que hay que tomar en cuenta: las locuras del dictador no se combaten con otras locuras, sino con la argumentación razonada y fundada en la realidad.
Nos encontramos, empero, con otro satán, mucho más interesante y hasta desafiador, cuya palabra impulsa a buscar horizontes más trascendentes. Son aquellos que crean belleza crítica, discursos altruistas, reflexiones profundas y esperanzas trascendentes.
Son los satanes más peligrosos para los locos dictadores, porque su voz trasciende el tiempo. Aunque se hayan inspirado en el hoy, hablan del mañana y aun de pasado mañana. Poetas, artistas, escritores, religiosos nos recuerdan que criticar no es un menester inmediatista y chabacano. Exige de nosotros profundidad conceptual e imaginación futurista. Y, por ello, nos exige renuncias a veces difíciles de asumir con miras a un tiempo nuevo, en el que se vislumbra lo que muchas veces el realismo niega.
No es extraño que se dijera de Jesús que expulsaba demonios con el poder de Belcebú. Una gran contradicción, porque el expulsar demonios implicaba liberar a la tierra del mal, no hacer que reinara, como lo demuestran las palabras del Nazareno (Cf. Mc 3,22-26). Pero para quien está sediento de poder y lleno de locura, las acciones tendentes a liberar a los seres humanos de todo lo que no permite la plena realización es siempre señal de caos diabólico.
La realidad, en cambio, es todo lo contrario, lo diabólico (es decir, lo que separa, lo que miente) es mantener la pretensión de superioridad absoluta e incuestionable, es destruir la libertad del que piensa distinto, es cerrarse a la realidad. Para este mundo lleno de locos en el poder, anhelamos los nuevos satanes que, con su voz y coraje, resquebrajan las locuras del irracional absolutismo.
El autor es franciscano conventual.
