
Los perros nos acompañan desde hace miles de años. Mucho antes de las ciudades, antes de la agricultura e incluso antes de muchas de las estructuras sociales que hoy conocemos. Dicen que fueron lobos menos temerosos los que comenzaron a acercarse a los campamentos humanos en busca de alimento. Con el tiempo, ambos aprendimos a convivir.
Ellos desarrollaron una extraordinaria capacidad para leernos. Nosotros, una profunda necesidad de sentirnos acompañados. Y así comenzó una de las relaciones más antiguas y exitosas entre especies distintas.
Hoy podríamos decir que muchos perros ocupan una posición privilegiada. Al menos algunos de ellos ya no tienen que preocuparse por sobrevivir; somos nosotros quienes corremos para cubrir sus necesidades. Por eso, la veterinaria de mis “perrijos” me dijo alguna vez, medio en broma y medio en serio, que “los perros son los nuevos hijos, y las plantas, las nuevas mascotas”.
Y aunque no todos estemos de acuerdo con la nueva realidad de perros que pasean en cochecito, usan ropa o son objeto de celebraciones de cumpleaños, lo cierto es que cumplen un rol profundamente importante en nuestras vidas y en nuestra sociedad.
Existe una historia que siempre me conmueve. Un perro viejito está muriendo en el veterinario mientras la familia llora desconsoladamente, preguntándose por qué los perros viven tan poco. Entonces, el hijo menor responde: “Yo sí sé. Es porque los perros vienen al mundo ya sabiendo amar”.
Más allá de si la historia es real o no, encierra una verdad profunda. Hay algo en los perros que parece acercarse muchísimo a lo que los seres humanos más anhelamos recibir: amor sin condiciones.
Nuestros amigos no nos juzgan, no nos critican, no nos preguntan si somos exitosos o si tomamos las decisiones correctas. Están ahí en las buenas y en las malas. Tal vez le ha pasado estar triste y que su perro simplemente venga y se siente a su lado. O que apoye la cabeza sobre su pierna sin decir nada. Sin intentar arreglarle la vida. Sin darle consejos. Solo está acompañando.
¿Acaso no es eso lo que todos buscamos en el fondo? Ser vistos, aceptados y queridos tal como somos.
Muchas personas, incluso, logran sentir más compasión por los animales que por otros seres humanos. Yo misma recuerdo llorar de niña viendo la película Danza con Lobos, cuando morían caballos y perros, mucho más que por las personas que mataban. ¿Y qué dice eso de nosotros?
Tal vez, que la compasión existe en nosotros, pero aún no la hemos desarrollado del todo.
El médico y autor Gabor Maté habla de cinco niveles de compasión. El primero (1) es la compasión ordinaria: la capacidad de sentir el sufrimiento del otro. Luego (2) viene una compasión más profunda, basada en la curiosidad y el entendimiento, donde dejamos de juzgar para preguntarnos genuinamente por qué alguien sufre.
Después, aparece (3) la compasión del reconocimiento: comprender que las heridas, miedos y reacciones que vemos en otros también existen en nosotros. Eso rompe la ilusión de superioridad moral. Más adelante (4), está la compasión de la verdad: la disposición a mirar honestamente el dolor, el trauma y las limitaciones humanas, porque sanar requiere dejar de escapar de aquello que duele. Y finalmente (5), la compasión de la posibilidad: la capacidad de ver más allá del comportamiento actual de una persona y reconocer su potencial de transformación.
¿Cómo sería el mundo si nos miráramos así unos a otros? ¿Y si nos miráramos así a nosotros mismos?
Pero, quizá, la lección más importante que los perros pueden enseñarnos no tiene que ver solo con el amor, sino con la presencia.
Eckhart Tolle escribe que los animales, especialmente los perros, siguen conectados a un estado natural de presencia que los seres humanos hemos perdido en gran medida. Ellos no viven atrapados en pensamientos constantes sobre el pasado o el futuro. No pasan horas reviviendo discusiones, preocupándose por lo que vendrá o imaginando versiones alternativas de sus vidas. Simplemente, habitan el momento. Quizás por eso estar cerca de ellos puede ser tan calmante.
La mayoría de nosotros vive casi permanentemente dentro de la mente. Incluso cuando alguien nos habla, muchas veces estamos pensando en qué responderemos después. Escuchamos para reaccionar, no para comprender. Tal vez por eso los perros se sienten tan distintos. Porque cuando están con nosotros, realmente están con nosotros.
Hoy lo invito a intentar algo simple. Aunque sea por unos segundos, trate de no ser absorbido por sus pensamientos y simplemente observe. Sienta su cuerpo. Escuche los sonidos a su alrededor. Note el espacio donde está. Respire sin intentar cambiar nada.
Y en su próxima conversación con alguien, intente escuchar de verdad. No solo las palabras del otro, sino también sus emociones y necesidades. Sin corregir. Sin apresurarse a dar consejos. Sin asumir que tiene la razón. Solo esté presente.
Porque, quizá, ahí empieza el amor verdadero.
Los perros, en el fondo, parecen entender algo que nosotros olvidamos: que la vida ocurre ahora. Y que, aunque usualmente vivamos algunos años más que ellos, nuestra existencia también es breve.
Al final, probablemente no será tan importante todo lo que dijimos o logramos. Lo que quedará serán los momentos compartidos. Cómo hicimos sentir a otros. Y quizá, cómo nos sentimos mientras estuvimos aquí sea lo único que realmente nos llevemos.
aimee_lb@yahoo.com
Aimée Leslie es gestora ambiental y doctora en transiciones hacia la sostenibilidad.
