Columnistas

La tercera orilla del río

Una lectura del cuento de João Guimarães Rosa remite a la incertidumbre, la memoria y hasta la muerte

Será la coyuntura, esta imprevista circunstancia, el hecho de que los tiempos que corren a menudo no parece que corren, sino que se estancan. O será algo común y ordinario: que después de tan irrevocables ausencias como he sufrido, ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño, como dijo Alonso Quijano el Bueno a quienes lo acompañaban en la hora de su despedida, cuando le volvió la cordura.

Será por eso, o por obra de la casualidad, o de un destino manifiesto, que cuando releo La tercera orilla del río, del brasileño João Guimarães Rosa, tengo la impresión de que no soy el sujeto que descifra un objeto, en este caso el cuento, como hace cualquier lector que encara un texto, sino que la relación se invierte, el relato se anima y es ahora el sujeto que habla por su cuenta sin reparar en mí, con un lenguaje polifónico cuyos desconcertantes sentidos no comprendo.

La historia da para poco: un hombre deja a su mujer y a sus hijos y se va a vivir en un bote en el centro del río; no obstante, apunta un crítico literario, logra, por medios simples e intensos, crear para el lector la imposible promesa de su título, una tercera dimensión de la realidad, la tercera margen, que se hace patente y se convierte en experiencia, se encarna en la imaginación.

El cuento nos remonta al mito de Caronte, que conducía a los muertos al inframundo, cruzando el río Aqueronte, y les cobraba por eso. Pero el barquero de João Guimarães Rosa permanece a medio camino entre las dos orillas y de este modo sortea la muerte, o la engaña, aunque para hacerlo se vea precisado a vivir en ninguna parte, como un espejismo.

Tal vez la tercera orilla del río es la incertidumbre. O la memoria. Quizá el barquero aprendió del consejo de Sancho Panza a su señor en la hora postrera, cuando este le ha dicho: «Perdóname amigo de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo», a lo que Sancho responde llorando: «No se muera vuesa merced y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía».

carguedasr@dpilegal.com

El autor es exmagistrado.