
De entrada, confieso algo: detesto las motos. No necesariamente a quienes las conducen, pero sí a lo que ocurre con ellas en carretera. Lo digo con la misma honestidad con la que uno admite que no soporta al cuñado o los audios de WhatsApp.
Y siento que no soy el único. En Costa Rica hay más de 800.000 motocicletas registradas. Eso equivale aproximadamente a una por cada cinco personas. No es que uno tenga la impresión de que hay motos por todas partes: es que, estadísticamente, las hay.
La motocicleta se ha convertido en el vehículo democrático por excelencia. Comprar un carro requiere un crédito bancario, una prima, cierta estabilidad financiera y una cochera. Comprar una moto, en cambio, requiere, básicamente, una visita a un almacén de electrodomésticos, “copia de la cédula por ambos lados”, un fiador embarcado y una cuota mensual a 120 meses plazo. Algunas cuestan menos que un televisor grande y vienen en cilindradas que oscilan entre una licuadora industrial y el motor de una motoguadaña.
Además, la motocicleta tiene otra ventaja: produce ingresos al instante. El auge de los servicios de reparto ha transformado la moto en una herramienta de trabajo inmediata. Lo que antes era un medio de transporte hoy es también un pequeño activo productivo.
El resultado es visible en cualquier presa del país.
Mientras los automóviles permanecen inmóviles, las motocicletas avanzan a toda velocidad con el convencimiento de que entre carriles existe una motovía exclusivamente para ellas. Ese carril es invisible para los demás conductores y no existe en la ley de tránsito, pero para el motociclista es tan incuestionable como que la presa empeora los viernes de quincena.
Y luego está el fenómeno del semáforo.
Usted quedó de primero cuando la luz se puso en rojo. Tiene la satisfacción del primogénito, de liderar el tráfico por unos instantes. Un pequeño triunfo en medio del caos vial. Pero dura poco. En menos de diez segundos, empiezan a aparecer motocicletas por ambos lados de su carro. Una, dos, cinco… hasta que hay diez estacionadas delante suyo en menos de un minuto.
Mientras esperan el cambio de luz, conversan entre ellas, aceleran un poco, revisan el siguiente pedido que les entró por la app o intercambian impresiones sobre lo caliente que está el día o que ya viene el agua.
El semáforo se pone en verde… y la conversación continúa. Ni se le ocurra interrumpir ese coloquio con un bocinazo, porque, además de un aguacero de improperios, existe la posibilidad de que alguno decida reconfigurarle el retrovisor con una patada y escabullirse entre el tránsito con total impunidad.
Otra escena frecuente ocurre en las intersecciones.
Un conductor amable cede la vía a otro vehículo para girar a la izquierda con un cambiecito de luces. El segundo conductor agradece el gesto y comienza a avanzar lentamente. Todo parece una pequeña victoria de la civilización. Nos sentimos casi nórdicos, hasta que aparece una motocicleta adelantando la fila de carros a toda velocidad por su motovía e impacta contra el bumper del vehículo que hace la maniobra de giro. Resultado: motociclista proyectado en el aire como un misil.
El conductor que aceptó el gesto de cortesía descubre que acaba de convertirse en protagonista de una causa por lesiones culposas. Ambulancia, policía, fiscalía, etcétera. Es una amarga lección vial: hasta la cortesía vial es riesgosa.
Hay también un momento que revela otra curiosa psicología del tránsito. Ocurre cuando dos motociclistas avanzan a toda velocidad por su respectiva motovía imaginaria en sentidos opuestos… hasta que ambas motovías se encuentran de frente. El resultado suele ser una colisión entre dos imprudencias que se encuentran de frente. Tan previsible como inevitable por la súbita intervención de la realidad física en un sistema que hasta ese momento parecía sostenerse únicamente por el optimismo del motociclista.
Pero sería injusto reducir el fenómeno a una simple molestia para los conductores. Hay un dato que merece atención. En Costa Rica, aproximadamente la mitad de las muertes en carretera corresponden a motociclistas. El vehículo que mejor sortea la presa es también el que paga el precio más alto cuando algo sale mal.
Tal vez por eso el motociclista encarna una paradoja interesante. Es el actor más ágil del tránsito y, al mismo tiempo, el más vulnerable. Se mueve con libertad entre los carros, pero esa libertad ocurre a pocos centímetros de la gravedad. Lo curioso es que a veces parece no saberlo.
De vez en cuando ocurre algo desconcertante: aparece un motociclista responsable. Circula por el centro del carril, no zigzaguea entre los carros y no va consultando el celular. Es, francamente, un conductor prudente de motocicleta. Quizá es alguien que ya experimentó en carne propia la desagradable sensación de ser proyectado por los aires y decidió mejorar su relación con la física. Y lo curioso es que, en ese momento, uno descubre otra paradoja: ese motociclista responsable también termina molestándonos. Porque entonces uno se pregunta: si va a conducir como un vehículo normal… ¿para qué anda en moto?
Las motocicletas no van a desaparecer. Son baratas, eficientes y, para miles de personas, una forma legítima de ganarse la vida. La pregunta es si aprenderemos a convivir con ellas entre millones de carros, cientos de tráileres, bicis sorteando los taxis parqueados en su ciclovía, algunos scooters y hasta caballos, todo en una infraestructura diseñada para carretas, sostenido por un pacto tácito: que los reflejos del otro sean suficientes.
Como dije al inicio, detesto las motos, hasta cuando una noche de lluvia llega un motociclista empapado que acaba de atravesar media ciudad para entregarme mi entero de chop suey seco y me saluda con una sonrisa. Y, en ese momento, uno recuerda que detrás –o encima, más bien– de ese enjambre de motos que tanto irrita a los conductores, hay también miles de personas que arriesgan su integridad todos los días para que los demás podamos darnos el lujo de no salir de casa. Entonces, uno toma su chop suey, dice gracias, y por un instante deja de odiar las motos.
M@mauricioparis.com
Mauricio París es abogado.