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La necesidad de entablar conversaciones de paz para Ucrania

La guerra de Ucrania se está librando tanto en el campo de batalla como en el contexto geopolítico más amplio, y Rusia parece tener la oportunidad de ganar en ambos frentes.

En el terreno, el despliegue del ejército ruso parecía al principio ineficaz y anticuado. Pero eso ha sido lo habitual para Rusia desde las invasiones napoleónicas de 1812. Mediante una combinación de barbarie y numerosas tropas —”La cantidad tiene una cualidad propia”, decía Stalin— por lo general el país se las ha arreglado para capear la ola.

En efecto, en la Ucrania de hoy, lo que se ha convertido en una brutal guerra de desgaste está produciendo lentos pero constantes avances rusos.

En lo geopolítico bien puede estar ocurriendo un cambio similar en favor de Rusia. Se está desvaneciendo la actitud decidida de Occidente de defensa de sus valores. Aunque en la reciente cumbre de Madrid los miembros de la OTAN proyectaron unidad, Europa parece cada vez más dividida en torno a Ucrania.

Los países de Europa del este, junto con Finlandia y Suecia, ven a Rusia como una amenaza inmediata, e incluso existencial. Pero para países como Italia, España y hasta Francia, las preocupaciones de seguridad más inmediatas se encuentran en el norte de África y el Sahel, además de la posibilidad de una nueva crisis de migrantes. Y entre una inflación en ascenso y un menor crecimiento económico, la sostenibilidad política de las sanciones económicas está lejos de ser segura.

En Italia ya se está dando un cambio político. Los dos mayores partidos en el Parlamento —el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga— se oponen al envío de armas a Ucrania y expresan su voluntad de sacrificar territorio ucraniano a cambio de unas relaciones económicas normales con Rusia.

En España, el gobierno liderado por los socialistas apoya a Ucrania también con el envío de equipos militares. Pero ya se ven grietas en la coalición con el pacifista Podemos, que se opone a este enfoque.

En cuanto a Francia, la izquierda en ascenso de Jean-Luc Mélenchon y la cada vez más sólida derecha de Marine Le Pen —que juntos privaron al presidente Emmanuel Macron de una mayoría parlamentaria en las elecciones del mes pasado— proponen una solución diplomática que no resulte “humillante” para Rusia.

La guerra de Ucrania plantea a Alemania su dilema más difícil en décadas. Desde que el canciller de la Alemania occidental Willy Brandt lanzó su Ostpolitik hacia el bloque soviético a finales de 1960, la cuestión de una “coexistencia pacífica” con Rusia y Europa del este ha sido central para el pensamiento estratégico germano.

Esto ayuda a explicar la resiliencia de los vínculos del ámbito energético entre Alemania y Rusia, que han superado tantos desafíos y crisis.

En lugar de cortar lazos con Rusia, la Unión Europea ha decidido abrirse a una mayor integración con Ucrania y Moldavia. Esta decisión no solo implicará altos costos financieros; lo más probable es que el presidente ruso, Vladímir Putin, se sienta tan amenazado con una UE democrática a sus puertas como lo está con la ampliación de la OTAN.

Sin duda, Putin sabe que para que el cambio estratégico de Europa sea creíble esta tendrá que aumentar su poder militar. Pero ¿por cuánto tiempo estarán los europeos dispuestos a sostener un alto gasto militar?

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, disfrutaron de una cultura de consumo y satisfacción que los dejó muy mal preparados para las perturbaciones que podría acarrear pasar a estar en pie de guerra.

El Reino Unido es un caso aparte, no solo por su vocación militar y sus aspiraciones de ser una potencia global, sino también porque se encuentra en plena crisis política tras la renuncia del primer ministro Boris Johnson, que parecía ver la guerra como una útil distracción de sus problemas autoinfligidos.

Pero eso no significa que los británicos vayan a dar la espalda a Ucrania. Aunque el secretario de Defensa Ben Wallace anunció que no tiene intenciones de competir por el liderazgo, su condición de favorito temprano sugiere que hay un fuerte apoyo público para el involucramiento del país en Ucrania.

Más allá de Europa, la campaña de Occidente contra Rusia no siempre ha encontrado un gran apoyo, incluso entre aliados y socios. Aunque la India profundizó su cooperación estratégica con Estados Unidos —junto con Australia y Japón— a través del grupo Quad, se ha negado a unirse a las sanciones occidentales contra Rusia, su principal proveedor de equipamiento militar.

Más aún, las peticiones del presidente estadounidense, Joe Biden, a Arabia Saudita para que amplíe su producción petrolera, a fin de limitar los precios del crudo, hasta ahora han caído en oídos sordos.

Si bien las políticas energéticas primaron en la agenda de la visita de Biden a Oriente Medio la semana pasada, resulta improbable que logre lo que buscaba. Su temprano desprecio al volátil gobernante de facto del Reino, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán, debilitó su capacidad de influencia.

Hasta Marruecos, que en el 2020 obtuvo el reconocimiento de Estados Unidos de su soberanía en el Sahara Occidental, se abstuvo en la votación del 2 de marzo en las Naciones Unidas que condenó la invasión rusa a Ucrania.

La falta de apoyo a las sanciones occidentales no se basa exclusivamente en consideraciones geopolíticas. Si bien la campaña occidental está perjudicando a Rusia, también contribuye a un alza en los precios globales de la energía y los alimentos que daña particularmente a las economías en desarrollo.

Se cierne sobre el mundo el fantasma de una devastadora recesión económica. Y, a largo plazo, es probable que la militarización de Occidente del orden internacional que controla acelere un proceso de desvinculación que amenaza con destruir la cooperación de Occidente con potencias como Rusia y China, y la pérdida de influencia que esto conllevaría.

Occidente no logrará, ni de cerca, el tipo de derrota resonante de Rusia que desea. Lo que ha obtenido hasta ahora con su política hacia Ucrania es un estancamiento militar que con el tiempo se inclinará a favor de Rusia, con consecuencias catastróficas para Ucrania y otros países, y una crisis alimentaria y energética global en aumento.

Si bien Occidente debería seguir apoyando a Ucrania, llegó el momento de negociar un alto al fuego y entablar conversaciones de paz de verdad. Por supuesto, eso incluye negociaciones entre Ucrania y Rusia para decidir el destino de los territorios ocupados por Rusia. (Un plebiscito sobre el futuro de la región del Dombás oriental es un posible resultado).

También, implica negociaciones encabezadas por la OTAN sobre un sistema de seguridad más general para Europa.

Un resultado así no es lo ideal, particularmente porque arriesga producir solo una pausa en la lucha, más que una paz duradera. Pero las consecuencias de seguir el curso actual podrían ser mucho peores.

Shlomo Ben Ami, exministro de Exteriores de Israel, es el autor de Prophets Without Honor: The 2000 Camp David Summit and the End of the Two-State Solution (Profetas sin honor: la Cumbre de Camp David del 2000 y el fin de la solución de dos Estados).

© Project Syndicate 1995–2022

El periodista tico-colombiano, Héctor Guzmán, regresó a Costa Rica hace una semana tras haber estado 100 días en zona de guerra porque se fue a Europa a cubrir la invasión de Rusia a Ucrania.
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