No había terminado –y no termino aún– de desear feliz año nuevo y me desayuno la operación militar de Estados Unidos en Venezuela, que atrapó a Maduro, el presidente ilegítimo. Así, ¡tas, tas!, se lo llevaron preso luego de meses de amenazas. Ni una lágrima derramo por un dictador corrupto y sanguinario, que debió haberse ido hace mucho, un individuo odiado que presidió un régimen corrupto y una hecatombe económica.
En conferencia de prensa, Trump dijo que Estados Unidos gobernará Venezuela hasta nuevo aviso (“we will run the country”). Veremos, dijo un invidente. Venezuela no es Panamá, pequeño país en el que la intervención militar de 1989 sentó las bases de una transición hacia una democracia desarmada.
La situación es inestable y cualquier cosa puede pasar. Sin embargo, la dictadura parece haber sobrevivido a Maduro, y un país de un millón de kilómetros cuadrados no se administra por control remoto. No pinta que la administración Trump tenga un diseño para lo que sigue. Una cosa dice Trump y otra su secretario de Estado. Quieren agarrar el petróleo, pero ¿pondrán una fuerza de intervención en el terreno?, ¿quién costeará la reconstrucción económica?, ¿y la transición a la democracia? A hoy, los gringos hablan con los herederos del Maduro… ¿Y la oposición democrática? Muy bien, muchas gracias.
Si todo pudiera reducirse al tema del dictador caído, bailaríamos en una sola pata. Sin embargo, enfocarse solo en eso es una gran ingenuidad. Las implicaciones geopolíticas de esta acción unilateral de Trump son graves: se ha cargado toda norma del derecho internacional (y del interno también) y ha mandado la señal de que, en su esfera de influencia, una potencia hace lo que le da la gana. Hemos vuelto al siglo XIX, la época de los imperios en competencia, pero con el armamento del XXI. Y aquella época terminó en una carnicería de dos guerras mundiales.
Hace 25 siglos, Tucídides, el primer historiador que se conoce, formuló este pensamiento: “Los fuertes hacen todo lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Se refería a la guerra entre Atenas y Esparta, que desangró a la antigua Grecia. Es decir, la ley de la jungla como norma aceptable de comportamiento internacional. En esas estamos. Nada bueno para un pequeño país desarmado como Costa Rica, que tendrá que ser muy astuto para no terminar devorado por la primera potencia que ponga los ojos en nosotros.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.