Columnistas

La implosión de la historia

Sería un error decir que la historia simplemente se está repitiendo

Se supone que los filósofos comprenden los acontecimientos y los fenómenos desde un punto de vista bastante distanciado de una postura subjetiva, ya que lo hacen teniendo en cuenta modelos teóricos y precedentes que les son de utilidad. Sin embargo, la situación en Ucrania ha hecho que para mí sea difícil tomar dicha distancia.

Además de que más de la mitad de mi familia proviene de Ucrania, desde hace tiempo he estado preocupado, tanto filosófica como personalmente, por las amenazas nucleares y radiactivas, concentrando mi atención en la planta de energía de Chernóbil y el uso de armas nucleares.

No obstante, las circunstancias actuales exigen tener un pensamiento claro. Como sostuve en mi libro publicado en el año 2021, Senses of Upheaval, más precisamente en un capítulo titulado “El colapso inconcluso de la Unión Soviética”, necesitamos desarrollar “una filosofía sólida de la historia” que sea capaz de dar cuenta de “brechas históricas, así como de procesos subterráneos prolongados y desfases temporales entre causas y efectos”.

La urgencia de esta tarea en la actualidad se ha tornado en dolorosamente evidente. Estamos presenciando el resultado del desfase temporal entre el fin oficial de la URSS en el año 1991 y sus legados remanentes no solucionados.

Esos legados remanentes no solo son responsables de la guerra en Ucrania, sino también del conflicto de lenta ebullición entre Armenia y Azerbaiyán en Nagorno Karabaj, y del trágico destino de Bielorrusia. Asimismo, el arsenal nuclear soviético que Ucrania aceptó transferir a Rusia poco después de convertirse en un Estado independiente se encuentra constantemente al acecho como trasfondo.

Pero las implicaciones históricas de la guerra del presidente ruso, Vladímir Putin, en Ucrania, son aún más complejas que el legado aún indeterminado del colapso soviético.

Para los observadores europeos, la invasión de Rusia es una reminiscencia del comportamiento de la Alemania nazi en el año 1939. A los propios ucranianos, de manera invariable, les trae a la memoria recuerdos de catástrofes nacionales anteriores: desde el Holodomor de los años 1932-33 y la Segunda Guerra Mundial hasta la pesadilla del desastre de Chernóbil de 1986. Y a los rusos, las censuras más estrictas y otras medidas represivas internas han despertado recuerdos relacionados con el estalinismo.

Pero esta no es una situación en la que la historia simplemente se repite. La repetición implica ciclicidad y ritmos temporales definidos, sin ni siquiera llegar a mencionar que también implica la finalización de lo que se está repitiendo. Sin embargo, muchos de los problemas subyacentes a la guerra de Putin son colas de cometas de acontecimientos incompletos del pasado, que van desde la disolución de la Unión Soviética hasta los efectos persistentes de la lluvia radiactiva.

Lo que estamos presenciando en Ucrania, por tanto, son volteretas que llevan a que los acontecimientos caigan hacia dentro de sí mismos, es decir, la convergencia de diferentes líneas temporales en un único fenómeno destructivo.

La invasión rusa tiene sus raíces en el colapso soviético, el desastre de Chernóbil y las dos guerras mundiales, así como en el genocidio ucraniano y la represión estalinista de los años treinta.

Toda esta historia se concentra y condensa en la guerra actual, del mismo modo que el material fisionable de una bomba atómica “se comprime de repente en un tamaño más pequeño y, por tanto, adquiere una mayor densidad”. El núcleo del estallido de las hostilidades es una implosión histórica.

Los tres modelos clásicos para explicar el movimiento de la historia han incluido la caída conservadora, que lamenta la pérdida de la grandeza pasada; el progreso liberal, que celebra la trayectoria ascendente de las condiciones de vida y la libertad humana; y la repetición cíclica (la cual a veces se combina con el primer o segundo modelo en una espiral) de destrucción y rejuvenecimiento “por agua o fuego”, como en el Timoteo de Platón.

Pero la implosión presenta una cuarta opción, una que también toma prestado de la física para describir cómo la historia se dobla bajo el peso de legados remanentes no solucionados.

En cierto sentido, el cuarto modelo combina elementos de los otros tres, enfrentando visiones conservadoras contra liberales y exhibiendo aspectos de repetición, debido a las fuerzas centrípetas desatadas en una implosión.

Por eso, escuchamos ecos simultáneos sobre “la restauración” del glorioso pasado imperial de Rusia; la marcha “irreprimible” hacia la libertad de mercado y la democracia en Ucrania; así como el mantra incansablemente repetitivo que pregona que la “La historia se repite”.

La implosión de la historia también es palpable en las crisis medioambientales actuales. La sexta extinción masiva que ahora está en curso no es una mera repetición de las cinco anteriores. También, da señales sobre el colapso histórico de la especie humana (junto con otras innumerables especies).

En la era del Antropoceno, este colapso es autoinducido y, por tanto, lleva todas las características de una implosión. Tanto la crisis climática como el régimen de Putin se derivan de nuestra propia dependencia de los combustibles fósiles, lo que sugiere que pertenecen al mismo paradigma histórico más amplio.

La perenne interrogante sobre la acción política, “¿qué se tiene que hacer?”, no se puede plantear de manera seria sin, por lo menos, comprender a grandes rasgos el contexto histórico.

¿Es la guerra en Ucrania un retroceso temporal para la continua marcha de la libertad en el mundo? ¿Es un obstáculo temporal para la restauración atávica de la Rusia imperial? ¿Invierte lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, ya que ahora los defensores de la patria se encuentran en la posición de ocupantes? ¿O hay algo más en marcha en suelo ucraniano en el año 2022?

Una característica de la implosión de la historia es que atrae a todo y a todos hacia dentro de su vórtice. Si la guerra en Ucrania es una señal reveladora de esta implosión, es ingenuo pensar que las hostilidades que se desarrollan en suelo ucraniano se limitan a solo ese territorio, incluso si todavía es demasiado temprano como para hablar de una tercera guerra mundial.

La presencia de la amenaza nuclear en el conflicto, que incluye tanto las centrales eléctricas como las armas, es un síntoma de la falta de limitaciones temporales y espaciales del conflicto.

Así como Europa y Estados Unidos vieron inicialmente al SARS-CoV-2 como un problema de salud regional en China, ahora la posición “defensiva” de la OTAN pasa por alto la amenaza transnacional de la lluvia radiactiva o el uso de armas biológicas o químicas.

Cuanto antes se comprenda en profundidad la lógica (o la carencia de lógica) de la implosión histórica, mejor podremos comprender lo que se debe hacer.

Estamos al final de una era definida por una aguda sensación de haber llegado al “fin de la historia”. Por ahora, de lo único de lo que podemos estar seguros es de que, expresándolo en palabras de Bertolt Brecht, “porque las cosas son como son, las cosas no se quedarán tal como están”.

Michael Marder es profesor investigador de Filosofía en la Universidad del País Vasco.

© Project Syndicate 1995–2022

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