Corre el año 1938. Schuschnigg, canciller austríaco, acude a entrevistarse con su homólogo alemán en el Berghof, la residencia vacacional de este último, quien lo ha llamado.
Sentado frente a Adolf Hitler, al principio el austríaco no sabe qué decir. Entonces, musita algo alusivo a las singulares características del lugar, pero el Führer le interrumpe sin contemplaciones: “¡No estamos aquí para hablar de las vistas ni del tiempo!”.
El escritor que reproduce el hecho, Éric Vuillard, apunta que en esta grosera situación no hay decencia, solo un arte de convencer, una manera de obtener lo que se desea: “Aquí lo que impera es el miedo”, agrega.
El alemán presenta un acuerdo repleto de exigencias que el austríaco debe firmar: “Este es el proyecto, no habrá negociación. ¡No cambiaré una coma!”. Schuschnigg dice que está dispuesto a firmar, pero objeta de manera prudente y hasta pusilánime que, según la Constitución de su país, él no tiene atribuciones para comprometerlo como dispone el acuerdo, de modo que con su firma no se va a adelantar nada.
Es sorprendente: al oírlo, Hitler parece desorientado, como si no acabara de entender lo que sucede. “Las objeciones de derecho constitucional lo rebasaban… El derecho constitucional es como las matemáticas, no permite hacer trampas… El derecho constitucional existe, y no es para las termitas y los ratoncillos, no, es para los cancilleres, los auténticos hombres de Estado, ¡porque una norma constitucional les cierra el camino tan poderosamente como un tronco de árbol, o un cordón policial!”.
Pero se llamaba a engaño el brillante abogado austríaco que creía haber atrapado al pequeño agitador ignorante. Lo cierto es que la inviolabilidad de la Constitución, su integridad y entereza, puede ser un obstáculo o una ventaja. Por un lado, depende de lo que diga, y de otro, de quién la ponga a hablar. En el primer caso, el poderoso tratará de fabricar a su antojo la voluntad de quienes la produzcan para que obedezcan sus necesidades; en el segundo, de hacer lo mismo con aquellos a quienes les encarga decir la última palabra acerca de lo que significa.
Al final del camino, todo depende de la voluntad del poderoso, como lo ilustra el hecho de que al cabo de la anécdota, Hitler se salió con la suya y obtuvo más de lo que pretendía.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
