
Vamos debajo de una lluvia que ya lleva horas cayendo, cuando nos detiene el golpe. Un hombre se arrastra por el asfalto y otro sale asustado de su carro, con su teléfono en la oreja.
El pequeño cajón de la moto se desbarató con el golpe y dejó salir baterías, una botella con agua, cables, papel higiénico, un banano y decenas de tornillos que ruedan hacia abajo, hacia el zaguán.
Mientras se contempla adolorido el pantalón impermeable –destrozado por el arrastre– y trata de correr hacia la acera, otros conductores malhumorados pasan a toda prisa, actuando como si el accidentado fuera un estorbo.
Uno de ellos, también en una moto, aplasta el papel higiénico y lo deja como un pedazo de barro inservible; otro, con un carro, abate uno de los cables; uno más empuja la bota de hule que se le ha caído al accidentado.
Ni una pizca de preocupación; si acaso, algún asomo de curiosidad, pero casi ni eso.
No son tiempos de detenerse a contemplar al otro para algo más que no sea buscarle algún defecto del que sacar provecho.
Todo el mundo parece estar muy ocupado cargando su propia amargura y autocompasión como para tener ojos hacia afuera: hacia alguien más que no sea él mismo; hacia algún otro sufrimiento o interés que no sean los suyos.
Pero siempre la humanidad llega. Siempre hay alguien.
Su cuello está cubierto de tatuajes que no logro descifrar. Va vestido formalmente y carga una lonchera. Se afana en juntar pieza a pieza, corriendo tras las pequeñas arandelas antes de que caigan en la alcantarilla.
Al mismo tiempo, mira constantemente al motociclista, quien, para entonces, descansa recostado a una pared, intentando quitarse la otra bota sin lograrlo. Camina hasta él y se la zafa suavemente, antes de darle una palmada en la espalda y regresar a recoger los objetos.
Algo, siempre encontramos algo, que nos rescate de esta cosa tan sexy en la que se ha convertido ser una persona cínica e indolente.
Yo me quedo hipnotizada, quieta, viéndolo en su bondad, y él se percata, de forma que elige ser mi vecino bajo el breve techo que me cubre para tomarse un descanso. Ahora soy yo quien le da una palmada en la espalda. Me sonríe con una emoción que le correspondo.
Creo que no pude dejar de mirar, contemplativa, la escena porque estaba ocupada, llenándome la vida de una chispita de esperanza.
Este primero de febrero, votemos por quien le dé una palmada en la espalda al país, no por quien viene aplastando aquello que nos queda.
isabelgamboabarboza@gmail.com
Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera.