
En el Valle Central del Bosque existía una institución particularmente respetada: el Tribunal del Roble. Desde hacía generaciones, los animales acudían a él cuando surgían disputas sobre tierras, aguas o derechos de paso. Su prestigio descansaba en la idea de que sus integrantes actuaban con independencia, prudencia y apego a las normas del bosque. Eso era cierto, porque desde tiempos inmemoriales, sus miembros, sin importar la especie a la que pertenecieran, velaban por el bien común.
Por eso, cuando se acercó el final del mandato del Gran Magistrado Búho, la atención de todos se dirigió hacia la elección de quien habría de sucederlo.
Nadie hablaba abiertamente de una competencia. Al contrario. Los posibles aspirantes insistían en que el único interés era preservar la estabilidad institucional.
–La institución está por encima de cualquier interés personal –repetía el Ocelote en cada actividad.
–Lo importante es la continuidad de los principios del Tribunal—afirmaba la Garza Jurista.
–Las personas pasan; la institución permanece– agregaba el Mono Congo, siempre dispuesto a ofrecer una frase apropiada para cada ocasión. Nadie sabía que se reunía en secreto con animales influyentes.
En las sesiones formales, reinaban la cortesía y el respeto. Las diferencias parecían mínimas. Pero en los corredores, en los almuerzos discretos y en las conversaciones posteriores a las audiencias, se desarrollaba una realidad distinta.
El Ocelote cultivaba relaciones con los miembros más veteranos del Tribunal. Con frecuencia, les recordaba antiguos fallos compartidos, consensos alcanzados en momentos difíciles y la importancia de la experiencia para dirigir una institución compleja.
La Garza, mientras tanto, construía una red más amplia. Escuchaba inquietudes, acercaba posiciones y ofrecía espacios de participación futura. Su principal fortaleza era convencer a cada grupo de que tendría voz en una eventual administración suya.
El Mono Congo prefería otra estrategia. Mantenía estrecho contacto con secretarios, asistentes y observadores externos. Rara vez era el primero en hablar, pero casi siempre era presto en enterarse de lo que ocurría; su red de contactos se asemejaba a una telaraña.
Las alianzas comenzaron a multiplicarse. También las sospechas.
Algunos magistrados descubrieron que el Ocelote había transmitido mensajes distintos a grupos diferentes sobre la futura integración de comisiones y salas especializadas.
Varios apoyos de la Garza se sintieron incómodos al saber que ella negociaba simultáneamente con sectores que mantenían posiciones opuestas sobre asuntos clave para el Tribunal.
Y el Mono Congo, convencido de que su momento había llegado, empezó a comportarse como si la elección fuera una formalidad. Aquello despertó recelos incluso entre quienes inicialmente simpatizaban con él.
Poco a poco, la cordialidad pública comenzó a ocultar una creciente desconfianza privada, pero, para el exterior, se guardaban las formas.
Los saludos continuaban siendo impecables. Las fotografías seguían mostrando armonía. Los comunicados institucionales hablaban de unidad. Sin embargo, detrás de cada gesto amable se multiplicaban los cálculos, las conversaciones reservadas y las interpretaciones sobre quién apoyaba a quién.
La situación alcanzó su punto más delicado cuando empezaron a circular versiones sobre compromisos adquiridos en privado. Nada podía demostrarse con certeza, pero el simple rumor bastó para erosionar la confianza entre varios integrantes del Tribunal.
Lo que había comenzado como una competencia discreta se transformó en una compleja red de alianzas frágiles, favores pendientes y lealtades inciertas. Llegado el día de la elección, ocurrió algo inesperado.
Después de varias rondas de deliberación, ninguno de los tres aspirantes logró reunir el respaldo suficiente. Entonces emergió el nombre de la Lechuza Serena, una magistrada respetada por su independencia y por haberse mantenido al margen de las maniobras de los distintos grupos.
Su candidatura comenzó como una solución provisional. Terminó convirtiéndose en la opción de consenso. Cuando se anunció el resultado, el Ocelote, la Garza y el Mono Congo fueron los primeros en aplaudir. Las felicitaciones fueron impecables. Las declaraciones públicas, también.
Pero muchos comprendieron que la verdadera historia de aquella elección no estaba en las actas oficiales, sino en los meses previos de negociaciones silenciosas, apoyos cambiantes y rivalidades cuidadosamente disimuladas bajo el lenguaje de la institucionalidad.
Al asumir la presidencia, la Lechuza Serena pronunció unas palabras que algunos interpretaron como una reflexión y otros, como una advertencia: “La independencia de un tribunal no depende únicamente de sus normas. También depende de la capacidad de sus integrantes para recordar que los cargos son temporales, mientras que la credibilidad de la institución pertenece a todos”.
Desde entonces, en el bosque se recuerda que las disputas más intensas rara vez se libran con gritos. A menudo se desarrollan entre sonrisas, formalidades y silencios cuidadosamente calculados.
En la tradición de Esopo, La Fontaine, Samaniego y Monterroso, la fábula es una historia breve que confía en la inteligencia del lector y encierra una moraleja sujeta a interpretación. No es necesario tomarse la vida tan en serio; hasta el momento, nadie ha salido vivo de ella. Contemplo con una melancólica condescendencia a quienes, supinamente, se colocan en una posición de superioridad moral y apego al poder.
