
El desplazamiento de la cultura escrita hacia la cultura de la imagen, la televisión y el espectáculo empezaba a ser palpable en los tiempos pre-Internet. Fue difícil de imaginar, sin embargo, lo que estaba por venir. El pleno despliegue de Internet y de las redes sociales, como todos sabemos, ha tenido inmensas implicaciones, para bien y para mal. Pero los impactos negativos han sido considerables, especialmente por el deterioro de la trama intelectual, ética y política del tejido social en el que nos movemos.
La pérdida del interés por los hechos, la crisis de la veracidad y la renuncia a los criterios de autoridad bien fundada nos consumen hoy. Vivimos tiempos marcados por la desinformación y la posverdad. Se ha producido una explosión inmensa de recursos tecnológicos, psicológicos y hasta financieros que potencian las posibilidades de sembrar la duda y de facilitar la manipulación. Muchos políticos aprovechan esta circunstancia y se refugian en un peligroso y efectista histrionismo mediático.
Día a día, observamos con inquietud la trivialización de acontecimientos de gran importancia y nos sorprendemos ante la falta de reacción social. Decir que las cosas se explican simplemente porque vivimos en burbujas distintas no parece ser suficiente para esclarecer o acometer todo eso que nos deja perplejos.
Fue el profesor Anthony Oettinger a quien primero oí hablar del deterioro del discurso público y del surgimiento de una cultura mediática y social cada vez más centrada en la imagen, la apariencia y el espectáculo. Corría el año 1991 cuando este brillante y perspicaz informático, lingüista y matemático –entonces director del Programa de Harvard sobre Recursos de Información– señalaba con lucidez e inquietud el empobrecimiento de las capacidades intelectuales de los ciudadanos y el surgimiento de un contexto social nuevo que amenazaba con hundirnos en lo accesorio y lo insustancial.
Para insertarnos en esa realidad, nos introdujo al sorprendente autor Daniel Boorstin y su libro La imagen: una guía a los pseudoeventos en América, que había causado un gran revuelo en el medio norteamericano cuando lo lanzó, en 1962.
Boorstin había estudiado la evolución de los medios de comunicación y su relación con el cambio tecnológico a lo largo del último siglo. Los periódicos mensuales habían cedido paso a los semanarios y estos, a su vez, ante los diarios. Las noticias llegaban cada vez con más velocidad y los noticiarios de la radio y la televisión operaban ya varias veces al día, pero aun así, se necesitaba más y más información para satisfacer la inmensa demanda.
Uno de los elementos más notorios para llenar ese espacio fue lo que Boorstin describió como “pseudoeventos” –conferencias de prensa, reuniones estratégicas, entrevistas, cortes de cinta, comunicados de prensa; es decir, eventos mediáticos programados por políticos, asesores en comunicación o periodistas con el propósito de tener mayor presencia mediática, generar reacciones y comentarios o establecer posiciones y narrativas, diríamos hoy–, que a su vez dieran pie a nuevos acontecimientos noticiosos.
Otra peculiaridad señalada por este agudo historiador fue la irrupción en los medios de las así llamadas “celebridades”. Él las definió, paradójicamente, como personas que son “conocidas por ser muy conocidas” y cuyo aporte carece de trascendencia cultural, política, científica o social significativa, pero cuyas particularidades llamativas –propias o fabricadas– ayudan a llenar los espacios mediáticos, ahora tan necesitados de novedad constante.
Tras el análisis de las formulaciones de Boorstin, siguieron las muy perturbadoras disquisiciones de Neil Postman. Su obra Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del “show-business” (1985), introdujo una inquietante reflexión sobre lo que se podía otear en el horizonte. Su planteamiento cambió la perspectiva de muchos para siempre. Heredero de McLuhan, Postman sostiene que el surgimiento de la televisión y la cultura de la imagen poco a poco desplaza la preeminencia de la cultura tipográfica. Ese cambio produce un desarraigo de la lectura y de la fuerza de la palabra escrita.
Este fenómeno genera, a su vez, una seria transformación epistemológica: el empobrecimiento de las capacidades cognitivas de amplios sectores de la sociedad. Las repercusiones políticas y sociales de este cambio son críticas, pues diluyen el interés de la gente en la lectura y la producción de textos escritos, procesos estos que inevitablemente exigen destrezas cognitivas de alto nivel: capacidad de análisis y pensamiento complejo, capacidad interpretativa y de verificación, identificación de perspectivas, valoración de puntos de vista…
Este deterioro incide irremediablemente en el discurso público y en las interacciones sociales. La cultura de la imagen y la apariencia los empobrece y contamina.
Para quienes aún hoy no podemos soslayar estos temas, la aparición de Realidades embusteras: un análisis crítico de la desinformación, de Eduardo Ulibarri, constituye un aporte iluminador extraordinario. Estamos ante una obra de lectura obligatoria. Este riguroso periodista aborda el asunto con lupa y telescopio. Arranca su deliberación sobre estas delicadas cuestiones como lo hacen muchas grandes obras: in media res, en el meollo del asunto; las aborda desde el centro del acontecer. No nos deja espacio para ningún crescendo amortiguador. Va directo. El problema es complejo y el autor se propone dilucidarlo.
Ulibarri acomete el tema del surgimiento y la interacción de los nuevos ecosistemas comunicativos, las redes sociales y la desinformación como fenómenos generadores de “realidades embusteras”, término descriptivo que acuñó el autor.
Muestra cómo la desinformación es peor que la mentira porque siembra incertidumbre, fragmenta la identidad colectiva y debilita los anclajes que históricamente han aportado el conocimiento y la autoridad, producto de la formación sólida y la práctica de la comprobación.
El gran problema, nos dice, es que la desinformación vacía la realidad de referentes fácticos y “los rellena con otros creados a partir de versiones espurias”. Lo auténtico es distorsionado con el propósito de obtener “resultados a menudo inconfesables”. La desinformación tiene mil caras, infinitos recursos y objetivos perversos de los que podemos ser víctimas personal o socialmente.
Esta obra de Ulibarri es rigurosa, metódica, aguda. Podríamos decir que es casi taxonómica. El autor se ha tomado el trabajo de reflexionar sobre estos temas tan actuales y candentes, al mismo tiempo que se detiene a categorizar y explicar los distintos elementos que sustentan la nueva cultura de la desinformación y el desparpajo con el que se cultivan las apariencias y se articulan realidades fraudulentas e interpretaciones tendenciosas.
Gran aporte a la sociedad y a los ciudadanos pensantes ha hecho la Academia de Centroamérica al haber facilitado el desarrollo y la publicación de esta obra. Suponemos que las carreras universitarias de Ciencias Sociales y Tecnología han tomado nota y la han incorporado a su actividad formativa.
En el ámbito universitario, este trabajo tan detallado y lúcido es invaluable. Pero este libro ha sido pensado también para toda persona interesada en comprender el mundo en que vivimos y sus implicaciones.
La obra de Ulibarri nos conmina a observar la realidad y, ojalá, a transformarla, y nos obliga a pensar, a confrontar, a cuestionar, a intentar comprender. Nos llama a tomar posición y, por supuesto, en lugar de permanecer pasivos, a actuar en el ámbito personal y público.
No en vano el autor se ha tomado el cuidado de cerrar su obra con una síntesis para la acción que permita el logro de una sociedad más robusta y más integrada.
Clotilde Fonseca es exministra de Ciencia y Tecnología.