Columnistas

La así llamada educación práctica

Deberíamos pensar en lo práctica que puede resultar una formación aparentemente impráctica

En un excelente discurso pronunciado en la Uccaep, el presidente electo, con un tono evidentemente despectivo, formuló la siguiente afirmación: “La educación… muy bonito formar seres humanos que sepan de filosofía, que sepan de tantas cosas tan bellas que nos da el intelecto humano…”.

El esfuerzo fundamental, agregó, debe ser “crear capacitación para tener éxito en el mercado laboral” para ser competitivos.

Con esas frases, se comprometió a mejorar la capacitación para fines laborales. El propósito resulta inobjetable si se orienta a mejorar las habilidades para desempeñar puestos de trabajo, de quienes se han quedado sin posibilidades de lograrlo, por rezago en su formación.

Por desgracia, sus palabras parecieron referirse a la normalidad de la educación, desbordando, así, el ámbito al que debieron circunscribirse.

Entrenar, capacitar, habilitar para ciertas tareas... dedicar los esfuerzos a imponer una educación “práctica” no es educar, en sentido estricto.

El presidente olvidó que la formación en esas cosas bellas —incluida la filosofía— constituye una parte fundamental de la preparación de nuestra fuerza laboral de alto nivel, como corresponde a un país competitivo internacionalmente.

Si subordinamos la educación pública a la capacitación para fines inmediatos, no pasaremos de ser un país de producción masiva, con poco valor agregado, abatido por la desigualdad.

Deberíamos pensar en lo práctica que puede resultar una formación aparentemente impráctica.

Lo anterior no supone eliminar el cultivo de destrezas para fines laborales… siempre que se entienda que su valor es relativo a circunstancias particulares y que no puede constituir lo central de la formación.

Mientras grandes grupos siguen atados a una formación que los prepara para el pasado y para realizar tareas elementales, pequeños grupos ligados al poder económico preparan a sus hijos de manera refinada.

Sería injusto decir que eso es lo que busca el señor Chaves. De seguro quiere exactamente lo opuesto… El problema es que la vía que señaló lleva adonde no debemos ni queremos ir.

Antes se decía que la educación debe dar a los jóvenes un machete, para enfrentar la vida. El modelo del trabajador era el campesino que cortaba ramas, vástagos y monte.

El término significó, antes de caer en el olvido, capacitarse para obtener un trabajo que brindara recursos económicos para la sobrevivencia.

La tesis de preparar para el uso del machete, en sus versiones actuales, es dañina. Costa Rica debe apuntar a objetivos más ambiciosos y la educación pública escolarizada —de vuelta a la normalidad— debe llevar a tantos alumnos como sea posible a altos niveles de formación.

Quienes solo puedan realizar esos trabajos relativamente simples de los que muy pronto se encargarán los robots se quedarán rezagados.

Pero, en esto, no solo está en juego el interés individual: la carencia de recursos humanos altamente calificados le impone un límite a nuestro crecimiento.

En Costa Rica, la demanda de recursos humanos de alto nivel tiende a crecer más rápido que su disponibilidad. Los negocios, ya sea por inversión extranjera directa o por iniciativas locales, encuentran una grave limitación cuando chocan con las deficiencias en la preparación de la gente o en su falta total.

El desarrollo de punta al que aspiramos entrará en un callejón sin salida si no tomamos, en el campo educativo, las medidas urgentes que se requiere.

Si no lo hacemos, perderemos nuestra más grande ventaja competitiva, que consiste en la disponibilidad de recursos humanos calificados.

Pero hay algo más. No podemos dejar en manos de instituciones privadas de calidad la preparación de las élites empresariales, técnicas y científicas, sin dañar gravemente el equilibrio social.

Será imposible sobrevivir, como sociedad equilibrada, con dos educaciones diferentes, una de alta calidad para los ricos y otra de baja calidad para los pobres.

De seguir por esa vía, perpetuaríamos la pobreza y la desigualdad entre quienes más tienen y quienes carecen de casi todo, y, algo más, destruiríamos la armonía social. Requerimos, no solo ofrecer educación a todas las personas, sino ofrecerles educación de calidad.

La escuela debe dotar al alumnado de capacidad para adaptarse a las necesidades del futuro y facilitar, así, la reconversión a lo largo de la vida.

Debe fomentar el conocimiento científico y consolidar valores sólidos. Una buena educación —¡bienvenida la filosofía!—, desarrollará el pensamiento estricto, la capacidad lógica y los principios éticos.

El dominio de los medios de expresión, la informática, el conocimiento de la historia, el disfrute del arte… en fin, estas y muchas cosas importantes y duraderas repercuten en la calidad de la producción. ¡Cuánto exporta Italia gracias a su refinamiento estético!

Al gran economista Robert Reich le debemos la introducción del término analistas simbólicos. Son personas que, gracias a una educación esmerada, se enfrentan con soltura a problemas abstractos, son creativas, efectúan observaciones sobre la interioridad de los otros, planean, prevén, tratan de comprender numerosos aspectos del mundo en términos científicos o estéticos y desarrollan una comprensión de los problemas éticos y psicológicos, políticos y sociales. Ya no sorprende que corporaciones exitosas de Europa contraten filósofos como consejeros.

Son ellos, los analistas simbólicos, quienes resuelven problemas matemáticos, lógicos, efectúan proyecciones, crean cuadros de predicción de acontecimientos o entienden aquellos que los demás formulan; en fin, poseen una formación rigurosa que trasciende, en mucho, la simple capacitación para las necesidades del momento: a ellos les pertenece el mundo.

Necesitamos muchas mujeres y muchos hombres con capacidad de estudiar y solucionar los problemas más complejos, que pueden lanzarse sin temor a competir en cualquier terreno, dentro y fuera del país.

Ellos tendrán los mejores puestos de trabajo y sus condiciones de vida serán superiores. De ellos dependerán los demás… Sí, así como se oye. Por eso, más vale cuidar la formación integral de las personas en la educación pública.

La buena formación debe buscar la igualdad hacia arriba y no hacia abajo. Ahí reside el verdadero secreto de la democracia.

Hace décadas, muchos nos comprometimos políticamente con hacer de Costa Rica una sociedad de oportunidades, y el país ha avanzado en esa dirección.

Satisface que el presidente se adhiera a ese ideal. Las capacidades y la vocación deben determinar el camino que modele la vida de las personas, por eso, la escuela debe abrir posibilidades, no cerrarlas. Si estas ideas se tomaran en serio, avanzaríamos más ágilmente en la dirección correcta, para bien del país.

pachecof@me.com

El autor es exministro de Educación.

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