Más del 70% de la población mundial utiliza redes sociales durante al menos seis horas al día y casi una cuarta parte del PIB del planeta corresponde a la economía digital, dominada por cinco todopoderosas Big Tech. Nunca ha habido en la historia humana tanto poder reunido en tan pocas manos, y al alcance de un dedo.
El problema es que ese dedo no es nuestro. A pesar de la ideología de la autonomía comunicativa (“yo soy el productor de mi mensaje sin intermediarios”) y del individualismo, la única injerencia real que tenemos sobre el ecosistema digital es desconectarnos. Y el mecanismo está hecho para que sea muy difícil hacerlo.
No es exagerado decir que “los modos en que imaginamos el mundo están modelados por la gestión algorítmica que esas plataformas hacen de lo que se muestra en ellas”, como diría el comunicólogo Nick Couldry. Emulando a McLuhan, el algoritmo es el mensaje. Ya no vemos el mundo, vemos el mundo que los algoritmos quieren que veamos.
Pero este aspecto fáustico de las tecnologías es dramáticamente pernicioso para los niños. Según numerosos estudios, el uso intensivo de las pantallas está relacionado con el fracaso escolar. En Francia, los colegios correlacionan el tiempo promedio en pantalla con el rendimiento, y se ha comprobado que los estudiantes con peores resultados pueden llegar a utilizar hasta 16 horas el celular. Como diría un amigo, ¿y hay vida ahí afuera?
Las consecuencias del uso abusivo van desde efectos cognitivos, como la polarización social y política y la dramática reducción de la concentración y de la atención, a la depresión y la ansiedad, la distorsión de la autoimagen, el ciberacoso, la ludopatía y la sensación de riesgo que lleva al mundo criminal.
La adicción a las redes sociales es un hecho comprobado y un problema de salud pública. No es un problema individual. Las redes son una especie de drogas de diseño, que actúan a partir de estímulos constantes que liberan dopamina, que es el neurotransmisor que controla el centro cerebral de la recompensa y el placer.
Por esa razón queremos más y más likes, más y más reels, más y más rápido, en un scrolling permanente e infinito que secuestra la sensación de placer y produce depresión.
Hace 50 años, el escritor argentino Julio Cortázar publicó Fantomas contra los vampiros multinacionales (1975), una historieta sobre la relación perniciosa entre las corporaciones y las dictaduras suramericanas. Fantomas fue un personaje de la edad de oro del cómic mexicano cuyo perfil terminó de definir el polifacético escritor costarricense Alfredo Cardona Peña, director de la mítica editorial Novaro.
Empero, aquella realidad analógica y bipolar es un cuento de hadas a la par de la actualidad. Hoy, las corporaciones dominan el mundo, pero lo hacen a partir de mecanismos infinitamente más sutiles.
El histórico acuerdo de Meta (Facebook e Instagram) por $18.000 millones para sortear un juicio que le hubiera podido costar diez veces más es fundamental al aceptar que las redes sociales y tecnologías digitales deben regularse, y abre la puerta a una gobernanza global en materia digital.
A la par de los acuerdos judiciales, de la prohibición del uso en países como Australia y del marco regulatorio que propone la Unión Europea, es importante que tanto los Estados como la sociedad civil y los padres de familia comprendan que no podemos entregarle el control de nuestra vida a la tecnología. Es indispensable legislar, pero también promover un cambio cultural en favor de la alfabetización digital y el autocontrol.
carlos.cortes.z@gmail.com
Carlos Cortés es escritor y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).