La caída del empleo juvenil en Costa Rica no afectó a todos los jóvenes por igual. Detrás de las cifras generales, empieza a aparecer un patrón mucho más preocupante: el mercado laboral parece haberse vuelto cada vez más excluyente para quienes no lograron terminar la secundaria.
Los datos de la Encuesta Continua de Empleo del INEC muestran un cambio muy marcado entre la prepandemia y el año 2026. En el primer trimestre de 2020, cerca de 102.000 jóvenes de 19 a 25 años que no estudiaban ni habían completado la secundaria se encontraban trabajando. Para el primer trimestre de 2026, la cifra había caído a aproximadamente 55.000. Es decir, el empleo entre jóvenes con rezago educativo prácticamente se redujo a la mitad en apenas seis años.
Mientras tanto, entre quienes sí completaron la secundaria, el panorama fue muy distinto. En 2020, alrededor de 92.000 jóvenes que ya no estudiaban tenían empleo. En 2026, la cifra ya rondaba los 127.000. Eso cambia bastante la interpretación del problema.
Los datos sugieren que el mercado laboral juvenil no se redujo de manera homogénea. Más bien, parece haberse reconfigurado rápidamente en función del nivel educativo de las personas jóvenes.
Durante años, Costa Rica mantuvo espacios de inserción temprana para jóvenes con baja escolaridad, especialmente en el comercio, los servicios, la construcción o en actividades informales. Muchos podían empezar a trabajar aun sin haber completado la secundaria. Hoy, esos espacios parecen estar desapareciendo progresivamente.
Parte de esto probablemente responde a transformaciones más amplias de la economía. Los sectores más dinámicos exigen niveles educativos más altos, habilidades digitales y una mayor capacidad de adaptación. Incluso muchos puestos operativos requieren hoy condiciones que antes no eran indispensables.
Pero independientemente de las causas específicas, el resultado parece claro: el costo laboral del rezago educativo está aumentando rápidamente. La secundaria dejó de ser una ventaja competitiva. En la práctica, parece haberse convertido en el requisito mínimo para no quedar excluido del mercado laboral juvenil. Y eso tiene implicaciones profundas. Porque cuando se combina el rezago educativo con menores oportunidades de inserción temprana, muchos jóvenes terminan atrapados en trayectorias laborales más precarias, informales y mucho más difíciles de revertir con el paso del tiempo.
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Andrés Fernández Arauz es economista.
