
La contundente victoria de Péter Magyar en Hungría generó en todo el mundo una avalancha de comentarios que a veces suenan a publicidad ramplona: “¡Tu problema de ultraderecha populista desaparecerá con esta técnica secreta!”. Como si los acontecimientos en Hungría fueran prueba de que, para triunfar en las elecciones, basta apuntar a la corrupción del partido gobernante o unir a las fuerzas opositoras.
Por desgracia, si derrotar a los autócratas populistas fuera tan sencillo, ya hace mucho que los Viktor Orbán y Recep Tayyip Erdogan del mundo estarían derrocados. Aunque es verdad que la campaña multidimensional de Magyar ofrece muchas enseñanzas, son más complejas de lo que deja entrever la reciente andanada de generalizaciones apresuradas, y algunas tal vez no sean aplicables a países más grandes.
Como exmiembro del partido Fidesz, Magyar comprendió que el sistema electoral tenía dos vulnerabilidades. Fidesz contaba con que la oposición siempre estuviera dividida y daba por sentado que ningún retador obtendría apoyo sustancial en las áreas rurales, donde los secuaces de Orbán tenían la prensa local controlada (y a veces se sobornaba y amenazaba a los ciudadanos pobres para que votaran por el gobierno). Magyar se aprovechó de los dos supuestos.
Ya en las elecciones de 2022 los partidos de la oposición húngara se habían presentado unidos, llevando como candidato a primer ministro al popular alcalde de una ciudad con menos de 50 000 habitantes. Pero la coalición parecía demasiado heterogénea, lo que llevó a muchos a preguntarse qué políticas implementaría de resultar elegida. Además, como la oposición apenas hizo campaña real en las zonas rurales, que eligiera como candidato al alcalde de una ciudad pequeña pareció un mero gesto simbólico.

Magyar, en cambio, se pasó dos años recorriendo el país y celebrando varios mitines al día. Y lo mismo que Zohran Mamdani en Nueva York, complementó esta estrategia tradicional de política presencial con una hábil estrategia de redes sociales. En última instancia, la diferencia fue su presencia constante y creíble, incluso en pueblos pequeños, más que sus posiciones concretas sobre grandes temas como la inmigración.
Además, a Magyar también lo ayudó la suerte. Muchos movimientos de protesta en todo el mundo se muestran reacios a aliarse con partidos que puedan diluir su pureza moral, lo que pone límites al apoyo que conseguirán. Pero al ir ganando Magyar popularidad, algunos partidos más antiguos se retiraron de la contienda, y otros quedaron eliminados en la práctica el día de las elecciones. Eso le permitió enviar una señal de ruptura clara no solo con Fidesz (al que los ciudadanos empezaron a llamar “sucio Fidesz”), sino con todos los políticos tradicionales del establishment. Y al no haber sido parte de la oposición más antigua (en gran medida desacreditada), pudo movilizar a importantes sectores de la sociedad civil (además de ciudadanos particulares, que en muchos casos le dieron alojamiento y transporte en carro).
Magyar también supo instruir al electorado poniendo el acento en la corrupción, que presentó como un problema con efectos sobre la vida cotidiana de los húngaros. Estableció un vínculo directo entre el “Estado mafioso” de Orbán y el debilitamiento sistemático de la democracia y del contrato social; conectó el desmoronamiento de los sistemas de salud y educación húngaros con el desvío de fondos esenciales hacia aliados de Orbán, y la impunidad de ese saqueo con el hecho de que Fidesz había usado su control férreo del sistema político para subvertir el Estado de derecho.
Magyar prometió un ajuste de cuentas y no hace falta ser una persona muy vengativa para ver el atractivo del mensaje. Cuando la gente sufre cada día mientras una dirigencia cleptocrática se enriquece, la perspectiva de restablecer la rendición de cuentas puede generar muchísima energía política.
La economía húngara está prácticamente paralizada y con una crisis del costo de vida cada vez más profunda, lo que se debe en parte a la decisión de la Unión Europea de congelar la provisión de fondos de la UE a Hungría en respuesta a las violaciones del Estado de derecho por parte de Orbán.
Como esta importante causa de los problemas económicos de Hungría es bien sabida, Magyar pudo prometer una solución creíble: que Hungría se una a la Fiscalía Europea y cree un organismo especial para la recuperación de los activos robados.
Por supuesto, los remanentes del antiguo régimen probablemente opondrán resistencia. Pero además de tener una mayoría suficiente para cambiar la Constitución húngara, Magyar también puede volver la retórica del régimen anterior en su contra. Cuando, en 2010, Orbán obtuvo mayoría parlamentaria de dos tercios, declaró que una “revolución en las urnas” había legitimado su propuesta orwelliana de “sistema de cooperación nacional” (un Estado iliberal diseñado para consolidar el poder de Orbán). Ahora que consiguió más votos que Fidesz en cualquier elección, Magyar tiene un mandato creíble para desmantelar el proyecto de Orbán.
Ver la victoria de Magyar como reivindicación del centrismo es reconfortante, pero en tiempos en que el centro viene haciendo concesiones a la ultraderecha (en temas como la inmigración, los derechos transgénero y otros), sería un error pensar que esos posicionamientos son el modo de ganar elecciones.
Ganan quienes entienden cómo funciona el sistema político y cómo está amañado en su contra (una lección para el Partido Demócrata estadounidense, preocupado por la manipulación del trazado de distritos electorales y la interferencia de la administración Trump en las elecciones); quienes se organizan mejor que el bando contrario y transmiten mensajes con sentido (ordenar a los miembros del partido que publiquen un meme al día, como hizo Orbán, suena a falso) y quienes pueden crear símbolos potentes que expresen un sentimiento general de descontento.
Una imagen de estas elecciones que perdurará será la de multitudes de votantes opositores con disfraces y sombreros de cebra, en referencia a la colección de animales exóticos mantenida en un latifundio perteneciente al padre de Orbán.
Por edulcorado que parezca, este tipo de campaña negativa popular, combinado con la promesa creíble de una ruptura definitiva con el statu quo y de un futuro mejor, puede habilitar una victoria que destruya el aura de inevitabilidad en la que muchos populistas se han envuelto.
Jan-Werner Mueller es profesor de Política en la Universidad de Princeton y autor de 'Street, Palace, Square: The Architecture of Democratic Spaces' (que será publicado por Penguin Books en 2026). Copyright: Project Syndicate, 2026. Traducción: Esteban Flamini.