Jaime Daremblum. 24 marzo

Cuando era niño, escuchaba en cada esquina y en mi hogar sobre diversas epidemias. Mis padres intentaban en esos tiempos explicarme, lo mejor posible, el mortal camino de un resfrío mal cuidado. Nuestras viviendas, protegidas por la Meseta Central, eran nuestro mundo.

Cuanto uno más se adentra en las noticias, en pronunciamientos de hospitales y gremios científicos, más se convence de que hay una plaga, pero de mentiras.

Llegué así a la secundaria. De la mano de ese cambio, para mí existencial, vino otra marejada de plagas mucho más serias: el sarampión, la varicela, la tosferina, las paperas y, horror de horrores, la poliomielitis. Teníamos el consejo sabio de nuestros profesores, armados ya de conocimientos más profundos de la ciencia, y el consuelo de las vacunas en ciernes en Estados Unidos. Aun así, quedó un vacío que no acaba de colmarse. Los sabios del siglo XIV, en sus tratados médicos sobre el brote de la muerte negra en Europa, postularon que la felicidad elevaba el espíritu del hombre y fortalecía su mente y cuerpo de manera que no sucumbía al contagio. De ahí, el impacto del Decamerón: diez jóvenes florentinos tomaron refugio de la peste en una villa aislada para contar historias de amor. Esta, precisamente, es la premisa del Decamerón, de Giovanni Boccaccio: diez noches, cien historias de amor erótico, trágico y en farsa, durante la cuarentena del brote de la plaga en Europa. Seis siglos más tarde, el libro es número uno en ventas de literatura italiana, informa Amazon.

En Estados Unidos, se registran faltantes de equipos hospitalarios y aditamentos clínicos esenciales en esta época de pandemia. Cada día, en la prensa, hay quejas sobre esos déficits. Las principales denuncias provienen de gremios de médicos y enfermeras que deben enfrentarse a contagios graves, pues su personal carece de mascarillas, guantes e instrumentos quirúrgicos durante largos periodos.

Cuanto uno más se adentra en las noticias, en pronunciamientos de hospitales y gremios científicos, más se convence de que hay una plaga, pero de mentiras. También uno se convence de que Donald Trump es el mayor impulsor de esas medias verdades, aprovechando los magnavoces de la Casa Blanca. Esto no tiene nada que ver con la política partidista, pero sí con la transparencia que de él se espera en momentos de crisis mundial.

El autor es politólogo.