
Las grandes batallas ideológicas del siglo XX se libraron alrededor de una pregunta: ¿deben las economías ser gobernadas principalmente por los mercados o por los gobiernos?
Hoy, la historia está dando un veredicto incómodo para ambos bandos.
Estados Unidos, el otrora epítome del sistema capitalista, ha interferido fuertemente en las fuerzas del mercado, cuando fábricas de automóviles o bancos han estado quebrados, para salvarlos con la mano visible del Estado. Por otra parte, y más revelador aún, ante la fortaleza y competitividad del capitalismo de Estado chino, los últimos tres gobiernos estadounidenses (Trump-Biden-Trump) han seleccionado a dedo empresas y sectores considerados estratégicos (champions) para bañarlos en subsidios y protegerlos con aranceles a las importaciones. Más aún, recientemente, el gobierno se ha convertido en propietario de una pequeña porción de acciones de ese tipo de empresas.
De acuerdo con los dogmas promovidos por los gurús académicos del neoliberalismo, por los políticos de derecha de los países ricos y de aquellos obedientes en nuestros países, China debió haber sido un enorme fiasco, por no atender las recetas emanadas de esos dogmas. Y, de acuerdo con sus propias prédicas, la mejor forma para que Estados Unidos derrotara la economía china debería ser desregulando y liberalizando aún más las fuerzas de la oferta y la demanda.
Pero la gran paradoja es que Estados Unidos decide enfrentar a la economía china imitando un poco su modelo intervencionista, el mismo que debería haber conducido a un rotundo fracaso. Irónicamente, el país que durante décadas recomendó -y hasta obligó- al mundo reducir el papel del Estado es ahora el que recurre al Estado para defender su liderazgo industrial y tecnológico.
Si las fuerzas del mercado eran realmente el mecanismo más eficiente para asignar recursos, ¿por qué Estados Unidos ha llegado a la conclusión de que esas fuerzas son insuficientes para enfrentar a China? ¿Por qué responde a un modelo intervencionista con más intervención estatal?
Más allá de la valoración que merezca cada una de estas políticas, la implicación intelectual es evidente: incluso el principal defensor mundial del poder casi mágico de la mano invisible acepta ahora que no siempre se puede confiar en ella y que China representa un desafío económico imposible de ignorar, no a pesar de su intervencionismo en las fuerzas del mercado, la mano visible del Estado, sino, quizá, debido a ello.
De manera sorprendente, una evolución paralela ocurre en el extremo opuesto del espectro ideológico. Cuba ha aprobado recientemente profundas reformas económicas que abren amplios espacios a los mercados, a la empresa privada y a incentivos asociados a las ganancias. Las reformas transforman de manera sustantiva el sistema económico instaurado por la Revolución, lo cual también plantea una pregunta incómoda.
Si la propiedad estatal generalizada y la planificación central constituyen el modelo económico superior, ¿por qué Cuba ha considerado necesario incorporar mecanismos de mercado para superar sus persistentes dificultades económicas? ¿Por qué recurrir a la iniciativa privada y a los incentivos de mercado en vez de profundizar la planificación central si esta, de acuerdo con sus consignas y panfletos, era la ruta al desarrollo?
Así, dos países que durante décadas simbolizaron filosofías económicas opuestas están avanzando hacia un punto de encuentro. Ambos han decidido, para salir de dificultades, imitar parcialmente el modelo que habían criticado y que es el que practica precisamente el causante de sus problemas.
Estados Unidos está ampliando la intervención estratégica del Estado y, si Cuba aplica las reformas anunciadas, estaría ampliando el espacio para los mercados y los empresarios. Ambos están reconociendo silenciosamente una realidad que durante mucho tiempo fue rechazada por sus respectivas ortodoxias: ni el mercado sin restricciones, ni la planificación central absoluta son capaces de resolver los desafíos del desarrollo.
Esto no sorprende en lo más mínimo a quienes hemos estudiado la historia económica de los países exitosos y fracasados, ni a los que hemos tomado en serio las profundas consecuencias de lo que la literatura económica denomina fallas de mercado.
Prácticamente todos los grandes casos de éxito económico han combinado mercado con Estado. Japón, Corea del Sur, Singapur, la isla de Taiwán, y China lograron su transformación mediante gobiernos activos que trabajaron junto con los mercados. Incluso las economías avanzadas con mayor tradición de mercado -como Alemania, los países nórdicos y aun Estados Unidos– nunca han dependido exclusivamente de mercados completamente desregulados.
Aunque se cometiera el grave error de pasar por alto el tema de la distribución del bienestar, los Gobiernos deben estar abiertos a interferir con las fuerzas del mercado, seleccionar y apoyar sectores estratégicos, y mantener en manos del Estado ciertas actividades productivas. Es de esperar que, ante los hechos, los sectores neoliberales así lo comprendan. El debate debe centrarse en dónde y cómo hacerlo: en qué sectores, durante cuánto tiempo, con qué intensidad y con qué grado de transparencia y rendición de cuentas.
De igual manera, es de esperar que las izquierdas, las que han visto el modelo económico de la Revolución Cubana con admiración y fuente de inspiración, ahora comprendan que los mercados son importantes y que sus prejuicios contra la empresa privada han estado equivocados. Los mercados crean datos importantes para la toma de decisiones y los divulgan a cero costo, premian la innovación y fomentan la eficiencia. El desafío consiste en identificar dónde funcionan adecuadamente y dónde existen fallas –monopolios, externalidades, economías de escala, bienes públicos– que requieren de activismo gubernamental inteligente y visionario.
Durante décadas, el debate ideológico redujo esta complejidad a consignas. Un lado proclamaba que el Estado era casi siempre el problema; el otro sostenía que eran los mercados. Los acontecimientos en los mismísimos países que han idolatrado esos extremos los están enterrando. La política económica que funciona no es la que obedece a dogmas y consignas, sino la que es fundada en el estudio.
La lección que nos dejan Estados Unidos y Cuba es que las ideologías fracasan cuando, para proteger sus certezas, ignoran la evidencia. No importan las excusas y declaraciones con que se justifiquen sus líderes –y sus adeptos seguidores allende sus fronteras– para salvar la cara; las acciones suelen revelar más que las palabras.
La historia podría recordar este momento como el símbolo del derrumbe de la certeza intelectual que durante mucho tiempo separó al capitalismo y al socialismo. Eso sí, no se trataría para nada del fin de la historia planteado por Fukuyama, cuando, ante la desintegración de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, concluyó que hacia delante seguiría triunfante y en solitario el capitalismo de mercado y que los debates ideológicos de la humanidad se habían resuelto. Se trataría, más bien, del fin de las interpretaciones oportunistas esparcidas precisamente por personas como Fukuyama.
El futuro probablemente no pertenecerá ni a mercados sin límites ni a Estados omnipresentes. Pertenecerá a las sociedades capaces de energizar mercados competitivos, de fomentar emprendimientos, de corregir las fallas del mercado, de utilizar al Estado no como sustituto de los mercados, sino como socio en el proceso de desarrollo nacional y de consolidar instituciones públicas productivas (esto, por mucho, siendo lo más importante).
En Estados Unidos y en Cuba, la realidad –más que las ideologías y la fe– ha tomado las riendas en el diseño de la política económica. Ante la encrucijada a que los han llevado sus dogmas, han escogido terminar el recreo, los juegos de poses, ponerse serios y acometer la difícil tarea de gobernar sin seguir recetas. Esas son grandes noticias.
ottonsolis@ice.co.cr
Ottón Solís es economista. Ha sido diputado, ministro y candidato presidencial.