
En 1914, la actriz canadiense Florence Lawrence ideó un sistema mecánico para anunciar que un automóvil iba a girar. Era un brazo que se levantaba desde el vehículo para advertir a los demás conductores. Años después, en 1925, Edgar A. Walz Jr. registró una patente para un sistema eléctrico intermitente. En 1938, Buick empezó a ofrecer direccionales como accesorio opcional en sus modelos. No fue sino hasta la década de 1960 que pasaron a ser un dispositivo de uso obligatorio.
Han pasado más de cien años de evolución tecnológica desde aquel brazo rudimentario hasta la discreta palanca ubicada a la izquierda del volante. Más de un siglo de perfeccionamiento mecánico para lograr algo simple: avisar antes de girar.
Y, sin embargo, en Costa Rica hemos decidido que es solo una sugerencia del fabricante.
La direccional es un dispositivo notablemente sencillo. No requiere capacitación especializada ni certificación internacional. Lo encontramos en vehículos eléctricos y de combustible. Chinos, coreanos, japoneses o europeos, en todos funciona básicamente igual: basta con mover una pequeña palanca hacia arriba o hacia abajo. Al hacerlo, una luz exterior comienza a parpadear, comunicando una intención futura. Y, como si fuera poco, al accionarla, el vehículo emite un sonido rítmico, casi pedagógico, un tic-tic-tic paciente y repetitivo, que insiste en recordarnos que hemos decidido avisar. No es inteligencia artificial. No requiere 5G. Es una cortesía luminosa y sonora.
Pero el conductor promedio parece regirse por una filosofía distinta: el giro debe ser una experiencia sorpresiva. Anunciarlo con anticipación sería arruinar la emoción. ¿Qué sentido tendría la vida vial si el carro de adelante revelara sus planes? La incertidumbre añade dramatismo a nuestras saturadas calles.
Hay, además, matices sociológicos. Generalmente, el conductor particular omite la direccional por descuido o por ese optimismo según el cual el universo sabrá acomodarse. El taxista, en cambio, practica una modalidad más creativa: gira primero y negocia después. La maniobra es una propuesta abierta que el resto del tránsito debe procesar en tiempo real.
Por su parte, el conductor de autobús parece operar bajo una concepción determinista del tránsito: su ruta está escrita. Sus paradas son destino manifiesto. No anuncia el giro porque el giro no es una posibilidad, sino una inevitabilidad. La direccional implicaría admitir que existe alguna alternativa. El bus no se detiene: ejecuta su designio. Y el resto del universo (vehículos, motos o peatones) debería haberlo sabido.
Y luego están las motocicletas... ¿Tienen direccionales?
Lo más revelador es que todos sabemos usar la direccional. La evidencia empírica es contundente: cuando hay un oficial de Tránsito visible, el dispositivo recupera súbitamente su funcionalidad. La palanca deja de ser ornamental y se convierte en protagonista. Es un milagro selectivo.
El problema es que el milagro presenta una limitación práctica: la aparición del oficial de Tránsito es un evento infrecuente, casi astronómico. Su presencia, como ciertos eclipses, se comenta más de lo que se observa y suele requerir una alineación favorable de factores cósmicos y presupuestarios.
Pero lo nuestro no es un problema técnico; es un problema con la anticipación. Mientras nos incomoda comunicar lo que vamos a hacer, por otro lado exigimos que los demás reaccionen antes de que ocurra nada. Y es que Costa Rica es, quizá, el único país donde el sonido parece viajar más rápido que la luz. El semáforo apenas insinúa el cambio a verde y ni siquiera ha terminado de despedirse del rojo, cuando ya suena el pito del conductor de atrás, como si poseyera información privilegiada sobre el futuro inmediato. No anunciamos nuestros giros, pero reclamamos que el de adelante arranque antes de que la realidad cambie.
Pero si la direccional representa el nivel básico de coordinación social, las luces de emergencia constituyen un estadio superior, cuasidoctoral, de sofisticación vial.
Ese botón triangular con símbolo rojo anuncia algo más complejo: “Voy a detenerme aquí, ahora, en este punto imprevisible del cosmos urbano porque me da la gana”. Sin embargo, pedir su uso constante sería ambición excesiva. Si aún estamos resolviendo el misterio de la palanca izquierda del volante, aspirar al dominio pleno del botón de emergencia podría desbordar nuestras capacidades organizativas.
Tal vez exagero. Después de todo, estamos hablando de una simple luz intermitente. Pero sospecho que la direccional es algo más que un accesorio mecánico. Es un gesto mínimo de coordinación social. Un reconocimiento de que no estamos solos en la vía. Una pequeña declaración de respeto anticipado.
Anunciar que vamos a girar no nos quita libertad. Nos obliga, apenas, a admitir que los demás existen.
Y quizá ese sea el verdadero esfuerzo.
m@mauricioparis.com
Mauricio París es abogado experto en tecnología, medios y telecomunicaciones.