Columnistas

Escenografía judicial

‘El juicio de los 7 de Chicago’ es una película para analizar ciertos horrores judiciales

Buscando aquí y allá una diversión trivial para escapar de asuntos tan reputados y graves como los primeros pasos del gobierno, la clasificación y el repechaje, una de estas tardes di con una película de cuya existencia no tenía noticia, mal cinéfilo como soy.

Se trata de El juicio de los 7 de Chicago, ejemplo notable de los horrores a que conduce el proceso judicial cuando se mezclan, en un coctel perverso, la razón de Estado, los prejuicios de toda clase, la discriminación étnica, la brutalidad policial, la liviandad de la justicia y la docilidad social. De trivial, nada.

El asunto, como saben los que la han visto, es el juicio contra siete acusados de conspiración a causa de las protestas contra la guerra de Vietnam. Tuvo lugar en aquella ciudad, en 1969, aunque para hacer digerible un filme así producido, hará cosa de dos años, ha debido dejarse correr el tiempo.

El relato me traspuso a un tiempo y un lugar cercanos, a temas más generales como el de la opacidad de la justicia institucional, incluyéndose en esta perspectiva no solo la actividad de los jueces, sino especialmente la de los auxiliares de la justicia, cuando se convierten en portavoces unilaterales del proceso.

Me recordó también la alianza convencional entre la escenografía y el ejercicio de una función pretendidamente imparcial: se dice que fue Salomón el primero que desplazó el juicio, que naturalmente se celebraba bajo los árboles, al interior de un recinto majestuoso, donde cada quien representa un rol previamente diseñado y actúa con arreglo a formas preestablecidas. ¿Hay que atribuirle, de paso, la fundación de la moderna arquitectura judicial, de las salas inaccesibles a la observación pública, como el recinto donde celebra sus sesiones la Corte Suprema?

Hoy, hay indicios exuberantes de que se ha revertido el principio de inocencia y ha declinado la primacía de la declaración judicial de culpabilidad. Asistimos casi cotidianamente a la representación pública de una suerte de juicio de banquillo, que castiga con la degradación social por la sola enunciación de la acusación, el anuncio de que se recaba la prueba y se acuerdan medidas cautelares. Uno se pregunta qué rasgos lesivos del debido proceso perviven en la escenografía judicial que sumados a un clima social hostil agrava el perjuicio causado a las personas durante el enjuiciamiento.

carguedasr@dpilegal.com

Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPIlegal.

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