Armando González R.. 19 enero

Hay gente para todo. Es una afirmación trillada, pero se demuestra con facilidad. La Sociedad de la Tierra Plana, dedicada a desmentir la esfericidad del planeta, es prueba irrefutable. Hay grupos convencidos de la “mentira” del alunizaje y la influencia mundial de sociedades secretas financiadas por la fortuna bancaria de los Rothschild.

No debe sorprendernos, entonces, el grupo obstinado e ignorante de sinceros negadores del cambio climático o de sus causas documentadas. Pero hay otros, no tan sinceros —igualmente obstinados y menos ignorantes— sin reparo para fingir escepticismo frente a la evidencia científica y la experiencia práctica. Lo hacen por egoísmo y ambición.

Australia es un ejemplo inmejorable de la colisión entre la avaricia, la ciencia y la experiencia. Sus bosques arden, inusualmente secos por falta de lluvia. En diciembre, sufrió temperaturas récord, como los 48,9 grados de un terrible día en las afueras de Sídney o los 43,6, en Canberra. Los científicos notan la presencia, más frecuente y violenta, del dipolo del océano índico, fenómeno climático similar a El Niño, y lo relacionan con el calentamiento global.

Pero Australia es la principal exportadora mundial de carbón. En consecuencia, ocupa el tercer lugar entre los proveedores de gases de efecto invernadero en forma de combustible fósil. Solo la superan Arabia Saudita y Rusia, según el informe de The Australia Institute, prestigiosa organización dedicada al estudio y la investigación.

Hay un fuerte incentivo en la política australiana para anotarse con la negación, no importa la ciencia ni la experiencia. Craig Kelly, un parlamentario conservador, lo hizo de la forma más torpe y, quizá, sincera. Rechazó toda relación entre el cambio climático y los incendios que quitaron la vida a decenas de personas y millones de animales. El gobierno de su partido condenó la cruda insensibilidad del diputado, pero no abandonó la negación discreta, discernible en las acciones y en los silencios.

Hace unos años, era común escuchar la ridiculización de los ecologistas como ingenuos (o babosos) defensores de los pajaritos. Solo los más estúpidos se atreverían a insistir en ese argumento ahora que sabemos de la pérdida de 3.000 millones de aves, en los últimos 50 años, en Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, todavía es negocio hacerse el tonto sin enfrentar abiertamente la realidad ni provocar gratuitamente a quienes insisten en señalarla.

agonzalez@nacion.com

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.