Hace unos días, leí un artículo de MedicineNet titulado “How to Break Your Phone Habit” (Cómo romper el hábito del teléfono) y me pareció un tema importante para compartir con ustedes.
El artículo recomienda apagar las notificaciones, establecer límites o mantener el teléfono fuera del dormitorio. Mientras lo leía, pensé que detrás de esos consejos existe una pregunta más compleja: ¿por qué nos cuesta tanto dejar de mirar el teléfono cuando sabemos que no hay nada urgente esperándonos?
El aparato permanece sobre la mesa, silencioso. Nadie ha llamado. Aun así, la mano se mueve casi por sí sola: lo toma, lo desbloquea y busca algo que, unos segundos antes, ni siquiera sabía que necesitaba.
Revisamos el correo, las noticias y alguna red social. Cuando levantamos la mirada, han pasado varios minutos y resulta difícil explicar qué fuimos a buscar.
No siempre tomamos el teléfono porque lo necesitamos. A veces lo hacemos porque hemos aprendido a responder a su llamada, incluso cuando no suena.
Sería fácil atribuirlo a falta de disciplina. Pero muchas aplicaciones utilizan alertas, colores llamativos, desplazamiento infinito y recompensas impredecibles para conseguir que regresemos. Al teléfono le basta con mantener abierta la posibilidad de que algo esté ocurriendo sin nosotros.
Tampoco todo uso prolongado es una adicción. El investigador australiano Saqib Nawaz propone distinguir entre uso útil, ineficaz y problemático. No basta con contar las horas: importa qué hacemos, cuánto control conservamos y qué actividades estamos desplazando.
En 2025, Christoph Pieh y sus colaboradores publicaron en BMC Medicine un ensayo en estudiantes jóvenes que limitaron el teléfono a un máximo de dos horas diarias durante tres semanas. Observaron mejorías pequeñas o moderadas en bienestar, estrés, sueño y síntomas depresivos. Pero, terminada la intervención, el tiempo de pantalla aumentó rápidamente.
La atención no es infinita. El tiempo en la pantalla se lo restamos al descanso, a la lectura, a una conversación o a la posibilidad de observar lo que sucede alrededor.
También debería preocuparnos cuando hablamos de niños. Solemos controlar sus horas de pantalla, pero pocas veces examinamos con igual severidad nuestra conducta. Los niños aprenden no solo de las reglas que les imponemos, sino de la atención que les ofrecemos. La escena se ha vuelto cotidiana: un niño habla mientras el adulto asiente sin levantar los ojos del teléfono.
Jay Olson, Dasha Sandra y sus colaboradores estudiaron medidas sencillas como desactivar notificaciones, retirar aplicaciones de la pantalla principal, utilizar la escala de grises y mantener el teléfono fuera del dormitorio. Pueden ayudar, pero ninguna configuración sustituye la pregunta esencial: ¿estoy utilizando el teléfono o estoy respondiendo a él?
No se trata de rechazar la tecnología ni de convertir cada distracción en una enfermedad. Se trata de recuperar la capacidad de decidir dónde ponemos nuestra atención.
Tal vez la verdadera libertad digital no consista en abandonar el teléfono, sino en poder dejarlo sobre la mesa –silencioso, inmóvil, con la pantalla apagada– sin sentir que una parte de nosotros ha quedado atrapada dentro. La atención más valiosa es la que centramos en las personas que nos rodean.
avilaaguero@gmail.com
María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
