
No la viví, no estuve ahí. Por eso no la recuerdo. Pero el caso es que, a lo largo de los siglos XVI y XVII, ocurrió una derrota histórica: las mujeres perdieron terreno en todas las áreas de la vida social. Dos ejemplos ilustran esta pérdida: Se les negó el control sobre sus cuerpos y fueron reducidas a la condición de no-trabajadoras.
En la Edad Media, las mujeres habían podido usar distintos métodos anticonceptivos y habían ejercido control sobre el proceso del parto. Sin embargo, en Calibán y la bruja (2010), Silvia Federici explica que, a lo largo de esos dos siglos, se fueron aprobando leyes que hacían hincapié en el matrimonio y penalizaban el celibato. Se le dio una nueva importancia a la familia y se observó el comienzo de la intervención del Estado en la procreación y la vida familiar.
La criminalización del control de las mujeres sobre la procreación demonizó cualquier forma de control sobre la natalidad y se comenzaron a imponer penas más severas a la anticoncepción y al aborto. Asimismo, se marginó a la partera y, con ello, se inició la Gran Caza de Brujas, una guerra contra las mujeres para degradarlas y destruir su poder social.
De la mano de lo anterior, la separación de las mujeres de los lugares de trabajo y del mercado sentó las bases necesarias para recluirlas en el trabajo reproductivo. Ocultar su condición de trabajadoras las convirtió en bienes comunes y les daba a los hombres libre acceso a sus cuerpos, su trabajo y sus mentes. En ese periodo, lo que, en la clase alta, le daba poder al marido sobre su esposa e hijos era la propiedad, mientras que la exclusión de las mujeres del salario daba a los trabajadores un poder similar sobre sus mujeres.
En aquel contexto, ganó terreno el supuesto de que las mujeres no debían trabajar fuera del hogar y solamente tenían que participar en la producción para ayudar a sus maridos. Pronto fueron significativos los cambios que se dieron dentro de la familia. Al comenzar a separarse de la esfera pública, se convirtió en la institución más importante para la apropiación y el ocultamiento del trabajo de las mujeres. El matrimonio era visto como la verdadera carrera para una mujer.
Para Federici, Wiesner y otras historiadoras, a partir de esas derrotas surgió un nuevo modelo de feminidad: la mujer y esposa ideal: casta, pasiva, obediente, ahorrativa, de pocas palabras y siempre ocupada en sus tareas. Para finales del siglo XVIII, la nueva mujer era una mujer domesticada.
Es bien conocido que, durante el siglo XIX, las mujeres libraron varias batallas contra la subordinación. Las principales luchas incluyeron el movimiento sufragista, el acceso a la educación formal y universitaria, derechos civiles sobre sus bienes y autonomía, así como la defensa de los derechos laborales de las obreras.
Ahora bien, no es exagerado decir que sí estoy viviendo, en cambio, y viendo muy de cerca, el retorno de la valorización de la subordinación como una condición femenina a elogiar, así como la renuncia (entre ciertos sectores de la población femenina) a la capacidad de gobernarse a sí mismas y la pérdida de la consciencia de su propia identidad. Tal parece que la invitación a las mujeres a que sean irrelevantes como individuos, pero utilizables como objetos, es parte, nuevamente, de la agenda mundial.
Dentro de este panorama aparece el fenómeno social de la tradwife –abreviatura del inglés traditional wife (esposa tradicional)– que alude a una tendencia o estilo de vida en el que algunas mujeres optan por asumir roles de género tradicionales. Dentro de este modelo, el hombre desempeña el papel de proveedor económico, mientras la mujer se dedica principalmente al cuidado del hogar, la crianza de los hijos y la atención de su esposo.
Esta subcultura es fuertemente impulsada en redes sociales por influencers de género femenino, que romantizan las labores del hogar, el matrimonio y la dependencia económica del hombre. Conviene recordar que, si las apariencias engañan, el primer engañado es el que aparenta.
Pese a que este fenómeno es relativamente nuevo, el deseo de las mujeres de agradar a los hombres no lo es. Simone de Beauvoir analizó extensamente las servidumbres femeninas y señaló cómo los privilegios económicos de los hombres, su valoración social, el prestigio asociado al matrimonio y la necesidad de contar con apoyo masculino han empujado históricamente a muchas mujeres a definirse y elegirse a sí mismas no por lo que son, sino por la forma en que los hombres las definen o las imaginan. Cabe destacar que, así como los pueblos crean a sus dioses a la medida de sus esperanzas y temores, algunas familias y sociedades moldean a las mujeres según sus propias carencias, expectativas y necesidades.
A pesar de ello, en el mundo real –que persiste pese a los esfuerzos de la publicidad, las redes sociales y ciertos influencers que pretenden saber mejor que nosotros lo que nos conviene– existen muchas mujeres que no desean participar en relaciones desiguales. También hay quienes no quieren asumir de manera abnegada el cuidado de sus esposos y muchas más que rechazan cualquier forma de sometimiento. La historia, ese hilo invisible que conecta unas generaciones con otras, nos recuerda las luchas que hicieron posibles esas conquistas y nos previene de organizar, por voluntad propia, nuestro propio remate de guillotina. Conviene tener presente que la libertad, de pronto, nos otorga un poder que no debería darse por sentado.
El resurgimiento de estas y otras formas de pensamiento y prácticas que creíamos ya superadas –como el terraplanismo o el creacionismo– debería obligarnos, inevitablemente, a preguntarnos: ¿qué sentido tiene desmontar lo que tanto nos ha costado construir para retroceder hacia aquello que ya habíamos dejado atrás?
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Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.