Columnistas

El resentimiento

El rencor desvela y es conceptualizado por quien lo siente como justicia y lealtad a una causa

El resentimiento mueve al mundo, pienso en ocasiones. Se trata de un enojo enconado contra una persona, un grupo, una institución o el país, con la excusa de que es el origen de los males propios.

Dicha alteración del ánimo procede de la vejación y la impotencia padecidas en la propia existencia, como lo ilustra despiadadamente la novela Humillados y ofendidos, del escritor ruso Fiódor Dostoyevski.

Teniendo en consideración su causa, se puede afirmar que su fin es político, persigue la búsqueda de la reivindicación mediante la protesta. Es una manera de hacer duelos y decir algo sobre el sufrimiento vivido.

Las palabras de un entrevistado para una investigación que realicé en la Universidad de Costa Rica (UCR) sirven para ilustrar lo que digo.

De acuerdo con su relato, en la comunidad donde se crió solo cuatro personas tenían dinero. El resto eran trabajadores que vivían de un mísero salario. Describió las condiciones laborales como explotación y aseveró que cuando alguien pasaba en un vehículo debían hacerse a un lado porque “se lo echaban encima”.

“El rico siempre ha tratado de traer al pobre debajo del zapato”, agregó. Existe otra clase de gente que detallaré más adelante.

Para el filósofo alemán Friedrich Nietzsche el resentido no es ni franco, ni ingenuo, ni honesto, ni derecho consigo mismo, “su alma mira de reojo; su espíritu ama los escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende de callar, de no olvidar, de aguardar, de empequeñecerse y humillarse transitoriamente”.

En este caso, su fin último es la venganza, ejercida mediante una hostilidad encubierta.

Para John Steiner, de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, dicho afecto se acumula en la medida que se mantiene como un secreto y, a veces, está acompañado de una cualidad adictiva y una satisfacción perversa.

Además, según él, la venganza se acompaña y justifica mediante la sensación que tiene el resentido de que en realidad se trata del ejercicio de un derecho y un deber del cumplimiento de una justicia y la lealtad a una causa.

En este caso, resultan útiles las palabras de otra persona que entrevisté para la misma investigación, quien me contó que durante la guerra civil de 1948, él vivía en la finca de la abuela solamente con una señora que les cocinaba y que, ante el peligro de ser atacados por el ejército, en las noches se iban a dormir al monte. “Debido a eso... yo vivía con sangre en el ojo”, reconoció.

Los resentimientos suelen deberse a asuntos familiares, religiosos, ideológicos o de clase, y los sienten todas las personas casi por cualquier razón.

Alguien es capaz de experimentar un largo y espeso enojo debido a un buen trabajo, una pareja, un viaje, una publicación o un reconocimiento al otro, pero también porque piensa que no se le comprende bien, que se le juzga o trata injustamente y no se le da el reconocimiento que merece.

Me parece que a algunas personas que decidieron no votar, o votaron por Rodrigo Chaves, las movió el resentimiento hacia un grupo social y político, encarnado en la figura de José María Figueres.

No pocos de los cientos de tuits y videos en TikTok publicados contra las declaraciones de Kattya Granados, madre de la presentadora Keyla Sánchez, muestran un resentimiento social dirigido contra una parte de la población —la que escala económicamente— y adquiere con ello, según la misma lógica, el poder de salir impune.

El rencor del que hablo se caracteriza por la paciente espera. Quien lo siente suele tener la determinación de esperar que el objeto de su resquemor esté en una posición vulnerable —como estar aspirando a un cargo público, por ejemplo— para vengarse.

Es posible que algo de eso ocurra, como vemos en las redes sociales, donde se disparan los ataques contra candidaturas, como pasó durante las elecciones.

En ellas, se difundió el rumor de que una de las candidatas de las fórmulas presidenciales era una mala persona, hipócrita y manipuladora. Quien lo hizo argumentó que “la conocía bien”.

Al ataque se sumaron otras acusaciones, todas, hasta donde pude ver, de mujeres que daban “testimonio” de lo mismo. El objetivo final de esos actos me quedó claro: lograr que no fuera elegida, es decir, vengarse de ella.

En este ejemplo, es probable que primero se tratara de una amargura personal (“sacada de clavo”) que se convirtió en algo colectivo contra el éxito de una mujer.

De hecho, este modus operandi está muy en uso en las redes sociales: un grupo se pone de acuerdo para atacar a alguien lanzando primero una acusación individual —a veces anónima, alegando la peligrosidad de esa persona— y luego se le unen otras falsas denuncias que pretenden convencer a quien lea que es cierto lo que se publica sobre él.

En otras ocasiones, dando muestras de una gran fidelidad al patriarcado, los ataques de mujeres contra mujeres siempre son contra su cuerpo y de tipo moral: su forma de ser y comportamiento.

Quienes actúan motivados por el rencor son fáciles de identificar, generalmente, tal es el caso de los millones de mensajes que pululan en el mundo virtual.

Pero es un reto advertirlo si actúan con aparente agradecimiento a las críticas, adulan al objeto de su odio y le sirven de mil maneras, mientras, igual que el emperador Galba en el hermoso poema del poeta griego Constantino Cavafis, entrenan un ejército.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR y está en Twitter y Facebook.

Isabel  Gamboa Barboza

Isabel Gamboa Barboza

Doctora en estudios culturales y sociales, dedicada a la docencia universitaria y a la investigación del sufrimiento y el vínculo social, las desigualdades entre mujeres y hombres y los discursos culturales acerca de la pobreza, la salud, la enfermedad y el poder, entre otros.

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