
Los países y pueblos del mundo han convivido con las armas nucleares durante ocho décadas. Estas armas de destrucción inimaginable solo se han utilizado en dos ocasiones, cuando Estados Unidos lanzó bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki para acelerar el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Por supuesto, hubo sustos posteriores, sobre todo la crisis de los misiles en Cuba de 1962. Sin embargo, en general, las armas nucleares permanecieron en gran medida en un segundo plano durante la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética (seguida por Rusia) construyeron robustos arsenales que minimizaron cualquier ventaja de atacar primero.
Además de la disuasión basada en la destrucción mutua asegurada, los acuerdos de control de armas proporcionaron a ambos gobiernos la transparencia y la previsibilidad que necesitaban para evitar costosas y peligrosas carreras armamentísticas.
Todo esto ha cobrado mayor relevancia tras la expiración, hace pocos días, del Nuevo START, el último acuerdo de control de armas nucleares que limita los arsenales de Estados Unidos y Rusia. Fue precisamente el presidente ruso, Vladímir Putin, quien ofreció prorrogarlo de manera informal (ya se prorrogó una vez hace cinco años), pero el presidente estadounidense, Donald Trump, se ha mostrado indiferente, afirmando que “si expira, expira”.
Una de las explicaciones que se han dado para la postura de Estados Unidos es su descontento por el hecho de que China no esté incluida en la arquitectura formal del control de armas. Sí, China posee el tercer arsenal nuclear más grande y de más rápido crecimiento del mundo, pero su deseo de alcanzar la paridad con Estados Unidos y Rusia significa que no firmará ningún pacto que la limite a una condición de segunda clase.
Además, China, pensando en Taiwán, bien podría creer que una de las principales razones por las que Estados Unidos no ha salido directamente en defensa de Ucrania es el respeto por la fuerza nuclear rusa. Pero hay argumentos de peso para incorporar a China al control de armas dentro de una década, y hay posibilidades razonables de que así sea.
Mientras tanto, la no prórroga del Nuevo START, por muy lamentable que sea, no es el fin del mundo. Ni Estados Unidos ni Rusia quieren una nueva carrera armamentística costosa y peligrosa. Sí, habrá cierta modernización y expansión de los arsenales, pero es muy posible que se mantenga un grado de transparencia, señalización e incluso estabilidad, y que finalmente se negocie un nuevo pacto formal.
Curiosamente, limitar la llamada proliferación vertical de los países que ya poseen armas nucleares –la expansión de los arsenales existentes– podría no ser el mayor reto al que nos enfrentamos en el ámbito nuclear. Por supuesto, es preocupante en casos como Corea del Norte, India y Pakistán, el archirrival de India, porque las condiciones que han sustentado la disuasión entre Estados Unidos y la Unión Soviética y entre Estados Unidos y Rusia no serán fáciles de replicar.
Pero podría decirse que más preocupante es la proliferación horizontal: otros países que buscan unirse a los nueve que actualmente componen el club nuclear: los cinco (China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos) reconocidos formalmente como “Estados poseedores de armas nucleares” en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear, e Israel, India, Pakistán y Corea del Norte.
Un posible Estado con armas nucleares es Irán. Los ataques militares israelíes y estadounidenses del año pasado retrasaron el programa de Irán, pero no redujeron sus ambiciones. Por el contrario, la incapacidad de disuadir los ataques bien podría haber aumentado la determinación de Irán de seguir adelante.
Queda por ver qué pueden lograr las conversaciones que se están llevando a cabo en Omán o, muy posiblemente, nuevas acciones militares. Es esencial que las ambiciones de Irán sigan frustrándose, ya que un Irán con armas nucleares podría ser más agresivo en el uso de fuerzas proxy en toda la región. Y es casi seguro que incitaría a varios países de la región, entre ellos Turquía, Arabia Saudita y Egipto, a desarrollar o adquirir sus propias armas nucleares. La perspectiva de que la región menos estable del mundo se llene de armas nucleares es escalofriante.
Para los países de Europa y Asia, hay otros dos factores que aumentan su interés por las armas nucleares. Uno es la preocupación por las amenazas que plantean Rusia, China y Corea del Norte. Rusia ha iniciado una brutal guerra de agresión contra Ucrania y ha hablado de forma amenazante sobre el uso de armas nucleares y la alteración del mapa político de Europa. Corea del Norte nunca ha renunciado a su objetivo de controlar toda la península coreana. China busca afirmar su control sobre Taiwán y su primacía en la región.
La creciente preocupación por las ambiciones, intenciones y capacidades de los países que buscan cambios fundamentales en los acuerdos geopolíticos existentes coincide con las crecientes dudas sobre si Estados Unidos seguirá proporcionando disuasión frente a tales amenazas. Las alianzas han sido una herramienta eficaz de no proliferación durante décadas, pero la administración Trump ha puesto en tela de juicio los compromisos de Estados Unidos. La alternativa a la dependencia de Estados Unidos para muchos –para Corea del Sur y Japón en Asia, y para varios países de Europa– será la autosuficiencia nuclear.
El principal riesgo es que un país que desarrolle o adquiera armas nucleares pueda provocar un ataque preventivo por parte de un vecino que no esté dispuesto a ver cómo un adversario percibido se convierte en una amenaza tan grande. E incluso si esa transición puede tener lugar sin que ello conduzca a una guerra, las pequeñas fuerzas nucleares pueden provocar un ataque en una crisis, o su introducción temprana (“mejor usarlas antes de perderlas”) antes de que sean atacadas y destruidas.
Tenemos que cambiar nuestra forma de pensar sobre las armas nucleares. Nos hemos acostumbrado demasiado a ellas. Ha llegado el momento de sentirnos incómodos.
Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, es asesor sénior de Centerview Partners, y distinguido académico de la Universidad de Nueva York. Copyright: Project Syndicate, 2026.