Cada año, casi dos millones de personas pierden la vida a causa de la violencia, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta triste realidad afecta sobre todo a la población de entre 15 y 45 años; sin embargo, nadie está exento: ni el bebé ni el anciano.
La violencia, como fenómeno social, es uno de los principales obstáculos para alcanzar una buena calidad de vida. La población se desgasta en todos los sentidos. Cambios de conducta, tendencia al aislamiento, desconfianza, individualismo, fobias y aparición de trastornos psicológicos graves son solo algunas de las innumerables consecuencias que deja este flagelo.
En Costa Rica, la violencia como enfermedad social está asociada a múltiples y complejos factores, entre ellos los económicos, sociales y educativos. Lo que percibimos es que, desde una perspectiva de contención, el Estado abandonó hace mucho tiempo a sus ciudadanos. Ese abandono se refleja en la falta de políticas globales y coherentes, así como en la ausencia de seguimiento continuo que permita enfrentar de manera frontal la violencia en todas sus manifestaciones, mediante planes de prevención y tratamiento eficientes, y no simples campañas oportunistas impulsadas por intereses personales inescrupulosos y carentes de conocimiento sobre la temática.
La delincuencia crece día a día y, a su paso, deja una secuela de muerte, dolor e impotencia. Factores como el consumo de alcohol y drogas, y el avance del narcotráfico y el sicariato alimentan esta espiral de violencia.
En la acera del frente queda una sociedad paralizada por el horror, observando estupefacta la violencia cotidiana, con víctimas mortales y otras que sobreviven, aunque su recuperación física y mental no sea fácil.
Frente a este panorama, la sociedad debe tomar partido. Necesitamos recuperar nuestros espacios sociales, volver a ser solidarios con nuestros conciudadanos y demostrar, con acciones, nuestra disposición de reconstruir la confianza y creer nuevamente en una sociedad pacífica.
Pero lo primero que debemos hacer es cambiar nuestra actitud y abandonar el silencio cómplice, porque, como dijo Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz: “El silencio estimula al verdugo, nunca al que sufre”.
rsolismep@gmail.com
Rocío Solís Gamboa es psicóloga con más de 40 años de experiencia en educación, niñez y adolescencia y violencia escolar. Fundó y dirigió la Contraloría de los Derechos Estudiantiles del MEP. Fue viceministra administrativa y viceministra académica del MEP, presidenta de la Comisión Unesco Costa Rica y miembro de la Junta Directiva del PANI.
