Columnistas

El lado oscuro de Robin Hood

Cuando hablamos de populismo, no hacemos referencia a una ideología concreta, sino a una empresa política que intenta hacerse con la máxima cuota de mercado

En 2011, Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith, investigadores de la Universidad de Nueva York, publicaron un libro muy interesante, con el sugerente título de El manual del dictador: por qué la mala conducta es casi siempre buena política.

Esta obra expone, con crudeza, la lógica del poder en las autocracias y en las democracias —salvando las diferencias entre unas y otras, por supuesto— y, con base en hechos históricos alrededor del mundo, concluye que, por lo general, los líderes están dispuestos a hacer cualquier cosa para mantenerse en el poder.

Aunque las tácticas para conseguirlo varían en función del sistema político, Bueno de Mesquita y Smith plantean que, para acceder al poder, un rival solo necesita hacer tres cosas: «En primer lugar, destituir al titular. En segundo lugar, hacerse con el aparato de gobierno. Y, en tercer lugar, formar una coalición de seguidores suficiente para sostenerlo como nuevo titular».

En el primer caso, pueden suceder varias cosas: que el dirigente del establishment muera en el cargo; que los miembros del antiguo régimen sucumban ante una oferta, suficientemente atractiva, del nuevo líder. O aplastar el sistema político vigente desde afuera, ya sea mediante una derrota militar infringida por una potencia extranjera o por una rebelión interna en la cual las masas se levantan, derrocan al dirigente y destruyen las instituciones existentes.

Sin embargo, en 2022 y para el caso concreto de las democracias como la nuestra, una política electoral populista, de izquierda o de derecha, bien empleada, puede ser suficiente para aplastar el sistema político desde afuera, sin necesidad de una bala.

Y enfatizo la palabra afuera porque la estrategia utilizada por el populismo es relativamente sencilla: reducir la sociedad a un conflicto moral, maniqueo y crónico, entre dos grupos homogéneos pero antagónicos: la élite burócrata malvada contra el pueblo soberano y bueno; el centro y la periferia; los ricos y los pobres. En síntesis, «ellos y «nosotros».

Pero ¿qué es lo que alimenta este sentimiento de separación? ¿Por qué siempre es el otro el causante de todos los males? ¿Por qué la única manera de generar un cambio consiste en emplear la mano dura y romper con todo?

El populismo, como estrategia para alcanzar el poder y hacerse con el aparato de gobierno, vende la idea de que la solución a todos nuestros problemas consiste en contar con un hombre fuerte y arriesgado a cargo del país: sí, en masculino, salvo pocas excepciones. Una especie de Robin Hood o bandido social moderno nacido de las frustraciones de una clase marginada, que considera que no hay leyes ni reglas en una sociedad injusta, sino el capricho de quien detenta el poder.

Según la teoría de los arquetipos de personalidad, del psicoanalista Carl Jung, Robin Hood representa al héroe libre y rebelde por naturaleza que, en su afán por redistribuir lo que por derecho le pertenece al pueblo, enfrenta los ataques indiscriminados de un establishment altivo, pero lleno de miedo. No se doblega ante el abuso y la criminalidad de los opresores, a pesar de que sobre él pese una sentencia de muerte.

En este punto, es preciso recordar que los arquetipos de Jung se mueven bajo la misma lógica de los opuestos invisibles Yang y Ying del pensamiento chino; es decir, manifiestan aspectos luminosos y sombríos, conscientes e inconscientes.

De esta manera, Robin Hood es capaz de dar su vida en nombre de la justicia, pero al mismo tiempo, teme ser percibido como débil o asustado. Por eso, nuestro héroe puede llegar a ser arrogante y arbitrario, así como adicto a la adrenalina, las peleas, los «refuegos» y la conspiración.

En un poema épico inglés de 1382, escrito por Geoffrey Chaucer y titulado Troilo y Criseida, se alude a Robin Hood de la siguiente manera: «Los sordos le quieren, aunque no sepan nada sobre él; pero dicen que nunca se le ha visto disparar con su arco».

Con las figuras populistas, que irrumpen en la escena política, pasa más o menos lo mismo que con Robin Hood. Se les quiere con poca información y cuando se les comprueba la existencia de faltas y fracturas en el discurso moral que pregonan, como acto reflejo, la coalición de seguidores lo niega o minimiza su importancia.

¿Por qué? Porque nuestra psique suele conectar rápidamente con personajes «comunes y corrientes» que, por un lado, nos ofrecen protección y reparación en tiempos inciertos y, por el otro, exhiben una fuerza aparentemente sobrehumana para enfrentarse, con éxito, a un sistema arbitrario e indolente. Fuerza de la cual nosotros carecemos.

La tipología de arquetipos de personalidad de Jung también resulta muy útil en el diseño de estrategias comerciales, como la dotación de contenido de las marcas y la segmentación de mercados.

Según los expertos en marketing, «la personalidad» de una marca es crucial para poder conectar emocionalmente con los clientes y cualquier otro público meta. Si la compañía en cuestión no la define con base en los objetivos corporativos, esa personalidad surgirá por sí misma, lo que no siempre es bueno para la cuenta de resultados.

Los partidos políticos, al igual que las empresas, también diseñan y ejecutan tácticas de marketing emocional con el fin de obtener réditos electorales y financieros. Para ello, es necesario trabajar a conciencia la definición de un buen storytelling electoral, así como las marcas personales de los candidatos presidenciales y otras figuras relevantes del partido. ¿Para qué? Para generar tendencias, aumentar audiencias y, por encima de todo, ganar elecciones y representación parlamentaria.

En resumen, cuando hablamos de populismo, no hacemos referencia a una ideología concreta, sino a una empresa política que intenta hacerse con la máxima cuota de mercado.

Ahora bien, la gasolina que alimenta el motor del populismo no se obtiene únicamente de un marketing político perverso. La desigualdad, la corrupción, la impunidad, la degradación del debate político y social, así como las dificultades de las instituciones democráticas para atender las demandas sociales, entre otros, continúan siendo los grandes lastres de la democracia moderna.

Y aunque el statu quo requiere un cambio y es válido optar por él, la solución de estos desafíos no puede depender únicamente de nuestros disparadores emocionales.

manuelaurena@gmail.com

Manuela Ureña Ureña cuenta con más de diez años de experiencia internacional en las Naciones Unidas y la Unión Europea. Oriunda de la zona de los Santos, asesora a pymes en el diseño y ejecución de estrategias de internacionalización, así como en el análisis de riesgos y relaciones institucionales asociados a ella. Es asidua lectora y fiel seguidora del músico canadiense Neil Young. Siga a Manuela en Facebook y Linkedln.

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