Pertenezco a una generación que nació durante la Guerra Fría, cuyo mayor temor era la mutua aniquilación nuclear entre potencias, lo que, dichosamente, no sucedió. Su momento más crítico fue la Crisis de los Misiles de 1962, en Cuba.
Esta semana, con el terremoto en Japón, fue imposible no recordar lo ocurrido en 2011, cuando otro sismo fue seguido por un tsunami que afectó la planta de Fukushima. Asimismo, con la invasión a Ucrania surgió preocupación ante la posibilidad de que Rusia accediera a las instalaciones de Chernóbil, dos de las mayores tragedias nucleares de la historia.
Dada la complejidad del manejo de las plantas nucleares y las tragedias señaladas, el mundo se había movilizado progresivamente hacia el cierre paulatino o definitivo de la energía nuclear (como en Japón y Alemania). Sin embargo, esta tendencia ha dado un giro de 180 grados ante varias realidades, agravadas por el conflicto entre Rusia y Ucrania y, más recientemente, por el cierre del estrecho de Ormuz.
La argumentación es que las energías limpias, como la eólica y la solar, no son una alternativa completamente segura ni fiable debido a su intermitencia frente a la creciente demanda energética. A esto se suma la convicción, cada vez más extendida a nivel global, de que la “mejor alternativa” para avanzar en la descarbonización y enfrentar el cambio climático es la energía nuclear.
Una segunda conclusión reciente es que, lamentablemente, seguimos dependiendo a nivel global de los combustibles fósiles, sujetos a crisis y a interrupciones en el suministro de petróleo y gas por razones geopolíticas. Ejemplo de ello son las sanciones a Rusia (aunque hayan sido suspendidas temporalmente) y el cierre de Ormuz, por donde transita cerca del 20% de la energía mundial.
Tras la COP28, se firmó la Declaración para Triplicar la Energía Nuclear a nivel mundial para el año 2050, con el objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono y limitar el calentamiento global. A esta iniciativa se han sumado decenas de países.
Sin embargo, preocupa que esta decisión conlleve una serie de riesgos que deben prevenirse. Si bien se habla de modelos más seguros, pequeños y menos complejos (SMR), esperamos, por el bien de la humanidad, que realmente así sea. Además, existe el riesgo de que esta fuente de energía, con usos tanto civiles como militares, se convierta en motivo de confrontaciones geopolíticas o, peor aún, que caiga en manos de grupos extremistas.
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Nuria Marín Raventós es politóloga.
