Toda leyenda tiene un origen. Algunas nacen de hechos extraordinarios. Otras, simplemente, de repetir una historia suficientes veces.
Cuenta la leyenda que, en el Reino de las Pasiones Eternas, vivía doña Influencia, conocida por sus poderes curativos. Desde el Castillo de San Inocencio, dedicaba sus días al cuidado de los niños que llegaban desde todos los rincones del reino. Le gustaba el fútbol. No porque aspirara a dar órdenes ni a decidir fichajes, sino porque había descubierto que pocas cosas ayudan más a ganarse la confianza de un niño que preguntarle por su equipo favorito antes de examinarle la garganta.
Con los años, aprendió que el fútbol servía para algo más: compartir una sonrisa. Disfrutaba conversar con sus pacientes sobre los partidos del fin de semana y, de vez en cuando, intercambiar bromas amistosas con seguidores de otros estandartes del reino, convencida de que las rivalidades deportivas son mucho más llevaderas cuando se acompañan de buen humor.
Por eso, se sorprendió cuando empezó a escuchar historias sobre sí misma. Según algunos cronistas, podía decidir contrataciones sin firmar contratos, influir en el Gran Maestre sin reunirse con él y alterar decisiones sin haber sido invitada jamás a una reunión.
La leyenda cobró fuerza cuando don Marcelino, duque del Valle Desencantado, no logró ingresar a la prestigiosa Orden de los Dragones. Mientras algunos pensaban que la decisión había sido tomada por quienes dirigían la Orden, sir Marcelino ofreció una explicación más interesante: “La responsable había sido doña Influencia”, vociferó.
Los cronistas lo escribieron. Los pregoneros lo difundieron. Los Bufones de la Ronda, siempre atentos a las historias más entretenidas que a las más verificables, lo repitieron con entusiasmo.
–¿Y escucharon también a doña Influencia? –preguntó tímidamente un joven escudero.
Los bufones lo miraron sorprendidos. Aquella posibilidad nunca había formado parte del libreto.
Pasaron los años. Doña Influencia adquirió poderes cada vez más impresionantes. Si un delantero fallaba un penal, era ella. Si un dirigente cambiaba de opinión, era ella. Si llovía demasiado, era ella. Si no llovía, también era ella.
Cansada de que los Bufones de la Ronda siguieran repitiendo la historia e interrumpieran sus más importantes tareas, decidió investigar. Avezada en ciencia y fiel al método científico, salió a buscar evidencias. Buscó contratos. No encontró ninguno. Buscó cartas, mensajes, conjuros, actas o consultas. No encontró nada.
–Qué extraño –pensó–; si realmente yo tuviera el poder de decidir contrataciones a distancia, habría convencido a la Orden de los Dragones de traer desde un lejano reino a sir Cristianus de los Siete Balones de Oro, noble y atractivo caballero.
Intrigada, compareció ante la Ronda de los Notables. Allí preguntó cuándo había sido consultada sobre contratos o fichajes. Nadie respondió.
Entonces, una noble y venerable anciana levantó la mano.
–Perdone, doña Influencia, pero si usted decidió el destino de sir Marcelino en la Orden de los Dragones, ¿al menos alguien tuvo la prudencia de preguntarle al Gran Maestre de la Fortaleza Púrpura?
Los presentes guardaron silencio.
–Ahora que lo menciona —susurró el Cronista Menor–, creo que nunca se le preguntó.
La anciana sacó una enorme lupa.
–Tal vez llevamos años observando la leyenda y no los hechos.
Doña Influencia sonrió. Comprendió que hay relatos tan cómodos que terminan independizándose de la realidad. Mientras regresaba a su castillo, pensó que quizá el mayor de los poderes no era influir sobre los demás. Quizá era lograr que una excusa sobreviviera al paso de los años.
Porque, después de todo, hay quienes prefieren creer una pequeña mentira antes que reconocer una gran verdad.
Al buen entendedor... basta con poner la historia Bajo la lupa.
avilaaguero@gmail.com
María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
