En medio del duro cachiporrazo al ego que se llevó el chavismo con la captura de alias Diablo, el copresidente subió a la tarima para arengar a la secta del arroz con pollo.
“¿Les da miedo la dictadura?”, preguntó. ”¡Nooo!”, contestó el corito de cuatro gatos. “¿Les da miedo que cierre el Poder Judicial?”, volvió a consultar. ”¡Nooo!”, fue la respuesta.
Esta no es la primera vez que el copresidente se apodera del estrado que, por elección popular, le correspondería usar a doña Laura Fernández para hablar a nombre del gobierno.
En realidad, en menos de tres meses, varias han sido las ocasiones en que doña Laura se queda a un lado de la tribuna para escuchar y asentir ante las palabras de su mentor.
Un inevitable déjà vu bombardea la mente en esos momentos, pues la postura corporal y los gestos que ella asume evocan claramente sus tiempos como subordinada en la Presidencia.
Lo cierto es que el copresidente ya no se baja de la tarima. A lo mejor no le satisfacen las intervenciones de doña Laura o, simplemente, no está dispuesto a cederle el protagonismo del todo.
También puede ser que necesite agarrar el churuco para marcar la cancha y para recordarle a su sucesora el tono populista y berrinchudo que dejó anotado en su manual de instrucciones.
En la pasada campaña electoral se había advertido de la posibilidad de que, al amparo de la bandera del continuismo, el poder formal quedara supeditado a un poder a la sombra en Zapote.
Las señales apuntan en esa precisa dirección en los albores del presente mandato. La omnipresencia del copresidente en los asuntos del Ejecutivo tiende a opacar la figura de doña Laura.
Ella ha mostrado, en ciertos momentos, destellos de algo parecido a un estilo personal. Pero parece que muy pronto la llaman a cuentas.
De repente, se transforma en un clon de cromosomas XX y empieza a lanzar epítetos altisonantes para alimentar a la secta del arroz con pollo y darles contenido a los influencers a sueldo del gobierno.
Doña Laura también ha intentado apagar los incendios provocados por el jaguar mayor, en especial, con el impopular tema de los impuestos y, en forma reciente, con la polémica alusión a la dictadura.
Pero el papel de escudera no le corresponde. Doña Laura debe concentrarse en dictar líneas de gobierno, impulsar soluciones concretas a los problemas del país y pedir cuentas a sus colaboradores.
Más bien, debería enmendarle la plana a un ministro que renunció a su obligación fundamental de negociar con la oposición y a otro que le dejó las finanzas públicas muy comprometidas.
La encrucijada para doña Laura es que se trata de la misma persona: el copresidente, a quien ella juró lealtad. Así marcha, en sus tres primeros convulsos meses, la administración Chaves-Fernández.

