Columnistas

El arte de decidir

Pocas veces hay que ser más cauto en una decisión que cuando urge cambiar un estado de cosas

Tomar decisiones en épocas de gran incertidumbre es siempre jugársela. Aun cuando se tenga buena información y asesoría, hay muchas cosas desconocidas y consecuencias imprevistas, pues el mundo tiene una complejidad mayor que la capacidad de la mente humana para conocer e imaginar. Por eso, es muy fácil, cuando los resultados están a la vista, entonar el “yo en su lugar hubiera hecho”, jugar el partido de ayer al día siguiente.

Hasta cuando uno examina críticamente una decisión tomada es necesario reconocer que el hecho de decidir “bien” es un arte elusivo. Implica un método de interrogación sobre el mundo que nos rodea y sobre nuestras propias creencias y supuestos (¿serán verdaderos y apropiados?).

Trae consigo una ética de la responsabilidad, que obliga a considerar los efectos sobre los demás y dar la cara por una resolución tomada. Es un arte porque requiere un fino sentido de la oportunidad para jugarse los cuartos en un momento dado, no antes ni después, sin que haya un libro que diga cuando una decisión es apresurada o tardía.

Reconocer y aprovechar una oportunidad requiere buen olfato e intuición. Aunque hay personas con talentos innatos —percepción, inteligencia, coraje o liderazgo—, la intuición es en gran medida resultado de una continua observación y aprendizaje, de abrir la mente a nueva información y creencias (incluidas las que no nos gustan) y de una gran curiosidad sobre lo que nos rodea. A muchos ese ejercicio les da pereza y prefieren la vía rápida del impulso y la fe.

Por eso, califiqué decidir como un arte elusivo. Con frecuencia las personas se enamoran de sus ideas y pasan por alto contexto y consecuencias, pues presumen que “todo saldrá bien”. Los dogmas —religiosos o seculares— son enemigos de la mente abierta y causantes de graves errores. También es elusivo porque a muchos les gusta la adrenalina del poder de decisión, pero huyen de los procesos deliberativos, a veces tortuosos y desgastantes, y no asumen las consecuencias de sus disposiciones. Si algo sale mal, siempre “fue Teté”.

Pocas veces hay que ser más cauto en una decisión que cuando urge cambiar un estado de cosas. Prudencia y ambición son una buena mezcla, aunque muchos no lo vean así. Las buenas razones para modificar una situación no implican una buena decisión. Escoger bien es un acto reflexivo y no discursivo, que se sostiene o se cae por su propio peso.

vargascullell@icloud.com

El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.

LE RECOMENDAMOS

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.